Me fui porque creí que lo sabía todo.
Porque pensé que la libertad era distancia,
y que crecer significaba dejar atrás todo lo que me formó.
Me fui con arrogancia,
pensando que podía construir una vida lejos de todo… incluso de Dios.
Y por un tiempo, lo intenté.
Los días eran largos.
Los amigos abundaban mientras los tiempos eran buenos.
Las decisiones eran rápidas.
Y el corazón… se iba endureciendo sin darme cuenta.
Pero cuando todo se vino abajo,
cuando me encontré solo, vacío, sin rumbo,
fue allí donde el silencio me obligó a escuchar…
y comencé a recordar.
Recordé tus palabras antes de que saliera por esa puerta.
Tus abrazos cargados de esperanza.
Tus oraciones que no entendía, pero que ahora resuenan como eco en este laberinto.
Y esa frase que parecía tan simple,
pero que hoy tiene un peso eterno:
“Un día, volverás. Y acá estaré… siempre con los brazos abiertos.”
Y volviendo en sí, dijo: ‘¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!”
— Lucas 15:17
Siento que no estoy listo aún.
Pero estoy recordando el camino.
A la distancia he vuelto a escucharte
en medio de este laberinto en el que me encuentro.
Y mientras busco entre ruinas,
una cosa me sostiene:
tus oraciones no me han soltado.
Lo que tú hiciste en lo secreto,
Dios lo está usando para alumbrar mi regreso.
Ese libro que vi tantas veces en tus manos,
las noches que te escuché orar sin saber si dormía,
las lágrimas que ocultaste mientras me veías alejarme…
Todo eso… está floreciendo ahora.
Y por eso te escribo, aunque sea con el alma:
gracias.
Gracias por no rendirte.
Gracias por creer por los dos.
Gracias por ser esa madre de rodillas que me está ayudando a volver,
aunque aún no hayas visto mis pasos en la puerta.
Señor, hoy oro por cada madre que aún está esperando.
Por cada corazón que clama en lo secreto,
por cada oración sembrada con fe,
por cada hijo que está lejos, pero no perdido.
Dales paz, fuerza, esperanza.
Recuérdales que Tú estás obrando,
incluso cuando parece que nada cambia.
Y que esas oraciones,
esas lágrimas escondidas,
están sembrando un camino de regreso.
Y si hay una madre leyendo esto hoy,
que sepa: no está sola.
Que hay otras como ella…
y que hay recursos como este libro,
que ha sido consuelo, guía y arma espiritual para muchas como tú.
Una Madre de Rodillas no solo ha sido un libro.
Ha sido una lámpara en la oscuridad para muchas madres.
Una guía cuando las palabras ya no alcanzan.
Un lugar donde tus lágrimas encuentran dirección…
y tu fe, nuevas fuerzas.
Tal vez aún no ves a tu hijo en casa,
pero puedes seguir alumbrando su regreso.
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