Todos tenemos una llave en la casa que ya no sabemos para qué sirve. Tú la tienes en algún cajón, guardada por si acaso, aunque hace tiempo dejó de abrir algo.
Yo tuve una llave así, pero no era de una puerta. Era la de un cuarto donde guardaba cada ofensa, cerrado con doble llave, para que nadie, ni siquiera yo, volviera a entrar ahí.
La entregué. Perdoné de verdad, no por obligación, sino porque entendí algo que nadie me había dicho antes: perdonar no es un favor que le hago a quien me ofendió. Continuar Leyendo »
