Llegaste primero. Te sentaste en el sofá de la sala de espera, tranquila, con esa seguridad silenciosa de quien sabe para qué vino.
Y entonces entró ella.
No dijo que era mejor que tú. No hizo falta.
Un saludo ligero, una mirada que te midió de arriba a abajo, la manera en que ocupó el lugar como si ya fuera suyo, y de pronto empezaste a dudar si merecías estar ahí. Por un momento, casi lo creíste. Continuar Leyendo »
