He visto a muchas mujeres darlo todo.
Por sus hijos, su esposo, su familia, la iglesia, el trabajo…
y poco a poco convertirse en las velas que alumbran a todos,
mientras se consumen a sí mismas en silencio.
No es que se pongan de últimas en la lista.
Es que, simplemente, ya no están en la lista.
Y cuando eso sucede, el cambio no es repentino.
Ocurre despacio, como una llama que se apaga con el tiempo.
Primero deja de cuidarse, después de ilusionarse,
y sin darse cuenta, la sonrisa se vuelve un gesto automático.
Ya no recuerdan la última vez que se compraron algo solo porque sí.
Ni cuándo hicieron algo solo por placer,
por gusto, por sentir que siguen vivas.
No recuerdan cuándo se miraron al espejo y se vieron mujer,
no solo madre, trabajadora, servidora o esposa.
Y lo más doloroso es que casi siempre creen que eso está bien.
Que así debe ser. Que ser buena mujer significa entregarse hasta desaparecer.
Pero no fue eso lo que Dios quiso para nosotras.
Hay un momento en la Biblia que siempre me ha conmovido.
Marta corre de un lado a otro, preocupada, ocupada, agotada.
María, en cambio, se sienta a los pies de Jesús y escucha.
Y cuando Marta se queja, Jesús no la reprende por servir,
sino por haber olvidado algo esencial:
“Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas.
Pero solo una cosa es necesaria…” (Lucas 10:41–42)
No era un llamado a dejar de servir,
era un recordatorio de que el alma también necesita ser cuidada.
De que si la fuente se seca, no hay agua para nadie más.
En Mujer Totalmente Nueva escribí sobre esto:
sobre cómo muchas de nosotras nos acostumbramos a vivir cansadas,
a sobrevivir entre responsabilidades,
a ignorar esa voz interna que dice: “tú también necesitas espacio, descanso, atención.”
No es egoísmo cuidarte.
Es obediencia.
Porque cuando una mujer se abandona a sí misma,
no solo se apaga ella, también se enfría el entorno que depende de su luz.
Tal vez hoy no recuerdas la última vez que reíste sin culpa,
o que soñaste sin medir si era “realista”.
Pero déjame decirte algo: ese brillo no se perdió, solo está dormido.
Y Dios tiene el poder de despertarlo otra vez.
Él no te creó para vivir por inercia, sino con intención.
Y no para existir solo en función de otros,
sino para reflejar Su gloria también en tu manera de vivirte.
Ser una mujer totalmente nueva no significa volverse otra persona.
Significa recordar quién eras antes de olvidarte.
Volver a sentirte amada, capaz, viva.
Y entender que cuidar de ti también es una forma de adoración.
Así que hoy, mírate con ternura.
Haz algo pequeño solo para ti.
Ora, pero también descansa.
Sirve, pero también sueña.
Porque el brillo que ves apagarse en tus ojos,
Dios puede encenderlo con una sola chispa de Su amor.
Oremos juntas
Señor, gracias por recordarme que yo también soy parte de Tu cuidado.
Devuélveme el brillo que el cansancio apagó.
Enséñame a descansar en Ti sin sentir culpa,
a cuidar de mí sin dejar de amar a otros,
y a recordarme que soy valiosa no solo por lo que hago,
sino por lo que soy en Ti.
Amén.
He estado ahí.
He vivido temporadas donde cuidé de todos menos de mí,
donde mi fe seguía firme, pero mi corazón se sentía vacío.
Por eso escribí Mujer Totalmente Nueva:
porque Dios también quiere restaurar a las mujeres que dan sin medida,
que aman hasta doler,
que olvidaron su propio nombre entre las listas de prioridades.
Este libro no es una teoría,
es un llamado a volver a ti,
a reencontrarte con esa versión tuya que aún sueña,
y permitir que Dios la haga florecer otra vez.
Empieza hoy en mujertotalmentenueva.com
y descubre que cuando Dios renueva a una mujer,
no le devuelve lo que perdió,
le entrega una vida que nunca imaginó.
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