Hace poco alguien me preguntó:
“Magie, ¿por qué le hablas tanto a las mujeres solteras?”
La pregunta venía con cariño, pero también con curiosidad.
Y me hizo sonreír, porque para mí la respuesta es tan clara como el aire que respiro: porque me hubiera gustado que alguien me hablara así a mí.
A cuántas de nosotras no nos hubiera gustado recibir una palabra sabia,
no desde la teoría, sino desde la experiencia;
no desde la perfección, sino desde las cicatrices que ya sanaron.
Por muchos años, muchas mujeres —yo incluida—
vivimos repitiendo patrones, creencias y comportamientos que nunca cuestionamos.
Hicimos lo que vimos.
Creímos lo que nos dijeron.
Y obedecimos sin preguntar,
porque en nuestros tiempos cuestionar era sinónimo de rebeldía.
Pero un día los ojos se abren.
Y cuando eso pasa, una verdad duele y libera a la vez:
muchos de los consejos que recibimos no venían de corazones sanos,
sino de corazones heridos que solo sabían repetir lo que les enseñaron.
A veces seguimos ideas que suenan “correctas” pero no son bíblicas,
o cargamos expectativas que nadie puede sostener.
Y cuando la realidad no encaja con el ideal,
nos sentimos rotas, culpables o insuficientes.
Fue después de ver tantos matrimonios tambalear —incluso el mío—,
después de orar con mujeres agotadas por tratar de arreglar lo que nunca se construyó bien,
que entendí algo:
la mejor medicina no se administra cuando es tarde, sino antes de enfermar.
Por eso escribo a las solteras.
No para asustarlas, sino para amarlas preventivamente.
Porque la sabiduría no llega después del golpe; puede llegar antes,
si alguien se atreve a hablar con verdad y ternura.
La Palabra dice:
“Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar;
sobre ti fijaré mis ojos.” (Salmos 32:8)
Eso hace Dios cuando le permitimos guiarnos antes de elegir:
nos enseña el camino correcto y nos guarda de desviarnos por dolor o costumbre.
También escribo para las que ya están casadas
y en el silencio de su casa sienten que “algo no está bien”,
aunque no tengan palabras para explicarlo.
Para esas mujeres que oran preguntando:
“¿Soy yo el problema?”
y viven confundidas entre su fe y su frustración.
A ellas quiero decirles: no estás loca, no estás sola,
y no estás exagerando.
Dios no te creó para sobrevivir dentro de un vínculo que drena tu alma,
sino para caminar en un propósito donde ambos miran hacia el mismo destino.
He aprendido que la sanidad también puede ser preventiva.
Que a veces la mejor manera de salvar una relación futura
es dejar que Dios sane tu corazón presente.
Y que no hay nada más sabio que dejar que Él te forme
antes de que alguien más te prometa completarte.
Cita con tu Destino nació de ese lugar.
De las conversaciones que tuve con mujeres que soñaban con un amor maduro,
pero no sabían cómo identificar cuándo una relación construye o destruye.
Y de mi propia historia,
de las veces que el amor dolió más de lo que edificó.
Si hoy estás soltera,
no estás esperando “a alguien”,
estás siendo preparada para algo.
Y si estás casada y sientes que algo necesita sanar,
no es el final de la historia: puede ser el comienzo de una nueva.
Porque Dios no solo escribe destinos; también los redefine.
Oremos juntas
Señor, enséñanos a reconocer la sabiduría en los tiempos de espera.
A sanar lo que vimos mal, a soltar lo que aprendimos sin Ti,
y a caminar en relaciones que reflejen Tu amor y no nuestras heridas.
Guía a cada mujer —soltera o casada— a discernir el rumbo correcto,
y a encontrar paz en Tu propósito.
Amén.
Yo no escribo a las solteras porque me sobren palabras.
Escribo porque sé lo que duele caminar sin dirección,
amar sin discernimiento, o repetir lo que nunca funcionó.
Por eso Cita con tu Destino no es solo un libro sobre amor,
es un manual del alma para descubrir tu propósito antes de prometer tu vida.
Si estás en ese punto donde te preguntas:
“¿Cómo llegué aquí?” o “¿Qué debo hacer ahora?”,
quiero acompañarte.
Empieza este recorrido conmigo en citacontudestino.com
y deja que Dios te enseñe a elegir con los ojos del alma sanada,
no del corazón herido.
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