Lo que escondemos bajo la alfombra del alma

Publicada el
Lo que escondemos bajo la alfombra del alma - Las Cartas de Magie

Todas tenemos ese rincón en casa donde terminan las cosas que no sabemos dónde colocar.
Una caja con recuerdos, una carpeta con papeles sin revisar, un cajón que nunca abrimos.
Sabemos que está ahí, pero mientras no lo veamos, no estorba.
Y aunque parece una solución temporal, tarde o temprano ese espacio empieza a llenarse de desorden.

El alma, a veces, funciona igual.
Hay dolores que no sabemos dónde guardar,
así que los empujamos debajo de la alfombra de la vida,
convencidas de que si no los miramos, dejarán de doler.

Pero no desaparecen.
Solo se esconden.
Y un día, cuando menos lo esperamos, tropiezan con nuestros pasos.

Hay heridas que no vienen de enemigos, sino de rostros familiares.
De una madre o padre que, en lugar de protegerte, te hirió con sus palabras.
De una amiga que usó tu confianza como arma.
De una figura espiritual que abusó de tu fe.
De alguien que conocía tus puntos débiles… y los usó.

Y lo más difícil no es el daño en sí,
sino la confusión que deja.
Porque cuando el golpe viene de quien debía cuidarte,
no solo se rompe la confianza: se fractura la identidad.

He escuchado a tantas mujeres decir:
“Perdoné, pero no sané.”
Y entiendo por qué.
Sanar este tipo de heridas no es olvidar,
es dejar que Dios entre a los lugares donde aún tiembla el alma.

Cuando escribí Mujer Totalmente Nueva,
pensaba en este tipo de heridas:
las que no se ven, pero te impiden confiar;
las que te hacen poner muros donde antes había ternura;
las que te convencen de que es más seguro no sentir demasiado.

Y entendí algo: para ser realmente nueva,
primero hay que permitir que Dios desarme lo que el dolor construyó:
las defensas, los silencios, los “ya no me importa”.
Porque sí te importa.
Y ese es el primer paso hacia la sanidad: reconocer que algo dentro de ti todavía sangra.

El amor de Dios no ignora tus heridas; las redime.
Él no te pide olvidar de un día para otro,
pero sí te invita a entregar lo que has estado cargando sola.
Porque no puedes convertirte en la mujer que fuiste diseñada para ser
mientras sigues construyendo tu vida alrededor de lo que te lastimó.

Quizás hoy sientes que algo se quebró para siempre.
Pero no fue tu valor lo que se rompió,
fue tu confianza.
Y Dios puede restaurar ambas cosas.

Él no niega tu historia, la transforma.
Y la mujer que saldrá de este proceso no será una versión remendada,
será una mujer totalmente nueva.

Señor, Tú sabes las heridas que no se ven.
Las palabras que aún duelen, las traiciones que aún pesan.
Hoy te entrego los pedazos de mi confianza.
Entra en mi historia con Tu amor,
y enséñame a perdonar sin perderme.
Hazme nueva desde adentro,
y recuérdame que lo que otros rompieron,
Tú puedes reconstruir con ternura y propósito.
Amén.

He estado ahí.
He llorado por heridas que no entendía,
he sentido el peso de las decepciones,
y he aprendido que Dios también sana las heridas que vienen de personas “buenas.”

No puedo prometerte que olvidarás,
pero sí que Dios puede sanar lo que parecía irreparable.

Eso es lo que comparto en Mujer Totalmente Nueva:
un recorrido de gracia, verdad y reconstrucción para el alma herida.
No es un libro de consejos,
es una conversación entre mujeres que aprendieron a vivir sin esconder el dolor bajo la alfombra.

Yo ya caminé ese proceso,
y quiero acompañarte a caminar el tuyo.

Empieza hoy en mujertotalmentenueva.com
y deja que Dios escriba contigo un nuevo capítulo,
uno donde el pasado ya no tenga la última palabra.





Recibe la palabra profética en tu correo electrónico.