Si pudiéramos grabar tus momentos más íntimos de oración de esta última semana y los reprodujéramos ahora mismo, ¿qué escucharíamos? No me refiero a las palabras religiosas que aprendimos a decir en la iglesia, sino al tono de tu corazón, a la emoción detrás de la voz, a la postura de tu espíritu.
A menudo pensamos que la oración es simplemente un canal para pedir cosas o desahogarnos. Pero si prestas atención, te darás cuenta de que tu oración es el espejo más honesto de tu vida.
La forma en que le hablas a Dios desnuda lo que realmente crees de Él en ese momento, más allá de lo que dices creer.
¿A qué versión de Dios le estás orando?
Es fascinante pensar que en la Biblia, Dios se presenta con muchos nombres, porque Él sabe que en nuestra humanidad necesitamos diferentes facetas de Su carácter para diferentes temporadas.
- Hay momentos donde necesitamos al Dios Guerrero (Jehová Sabaot), porque estamos bajo ataque y necesitamos autoridad.
- Hay momentos donde necesitamos al Dios de Paz (Jehová Shalom), porque nuestra mente es un caos.
- Hay momentos donde simplemente necesitamos al Padre (Abba), porque nos sentimos niñas asustadas.
El problema, amada, es que muchas veces, nuestras oraciones revelan que no estamos viendo ninguna de estas facetas poderosas. A veces, sin darnos cuenta, le oramos a un «Dios Pasivo» que parece no escucharnos. Otras veces le oramos a un «Dios Pequeño», hablándole con una angustia tal, que pareciera que nuestro problema es más grande que Su poder. Otras veces le oramos a un «Dios Lejano», como si estuviéramos a la deriva en un barco sin capitán, gritando al vacío esperando que alguien, quien sea, nos lance un salvavidas.
Tu Oración Revela tu Identidad
No te digo esto para juzgarte. Todas hemos estado ahí. Todas hemos sentido que el cielo es de bronce. Pero quiero invitarte a que te escuches.
Cuando oras desde la angustia absoluta, como si estuvieras desamparada, estás olvidando tu identidad de Hija. Una hija puede llorar, sí; pero una hija sabe que no es huérfana. Sabe que hay un Padre en la habitación.
Cuando oras exigiendo o reclamando con amargura, tal vez estás olvidando que Él es el Rey Soberano, y que Sus tiempos son perfectos, aunque no sean los nuestros.
Tus sentimientos son válidos. Dios no se asusta de tu dolor, ni de tu duda, ni de tu enojo. David, en los Salmos, le gritó, le lloró y le reclamó. Pero si observas bien, David siempre terminaba sus oraciones recordando quién era Dios. Empezaba en la cueva, pero terminaba en la Roca.
Recalibrando el Corazón
Hoy te invito a hacer una pausa antes de empezar a hablar. Antes de soltar la lista de peticiones o el llanto acumulado, pregúntate: ¿Con quién estoy a punto de hablar?
Si tu situación es de enfermedad, recuerda que hablas con Jehová Rapha (tu Sanador). Si tu situación es de carencia, recuerda que hablas con Jehová Jireh (tu Proveedor). Si sientes que el mundo se te cae encima, recuerda que hablas con el El-Shaddai (el Todopoderoso).
Cuando cambias tu visión de Dios, tu oración cambia. Ya no es el lamento de una víctima a la deriva; se convierte en la conversación de una mujer que, aunque está en medio de la tormenta, sabe exactamente Quién va en la barca con ella.
No permitas que tus circunstancias definan el tamaño de tu Dios. Deja que el tamaño de tu Dios redefina tus circunstancias.
Oración para Enfocar la Mirada
Señor, hoy vengo delante de Ti y reconozco que muchas veces mis oraciones han sido un reflejo de mi miedo y no de mi fe. He orado mirando la grandeza de mis problemas en lugar de mirar Tu grandeza. Hoy quiero conocerte más. No quiero orar a una idea lejana de Ti; quiero orar al Dios vivo que tiene un nombre para cada una de mis necesidades. Revélate a mi vida. Si necesito fuerza, sé mi Roca. Si necesito amor, sé mi Padre. Ayúdame a orar no desde la desesperación de quien está solo, sino desde la seguridad de quien es amada y escuchada por el Rey del Universo. En el nombre de Jesús, Amén.
Amada, tu voz tiene poder, pero ese poder se activa cuando sabes quién eres y con Quién hablas.
En Mujer Totalmente Nueva, te guío para que sanes esa percepción de Dios y de ti misma, para que tus oraciones dejen de ser un grito en el vacío y se conviertan en la herramienta que transforma tu realidad.
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