¿Por qué tienes compasión para todos menos para ti misma?

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¿Por qué tienes compasión para todos menos para ti misma? - Las Cartas de Magie

Hay una mujer que conozco que tiene una capacidad que me asombra.

Cuando alguien a su alrededor comete un error, ella es la primera en entender. La primera en encontrar la explicación, la circunstancia, la razón detrás de la falla. Tiene una compasión que parece no tener fondo para las debilidades de los demás. Una paciencia que no se agota. Una generosidad con el error ajeno que es, honestamente, una de las cosas más hermosas que he visto en una persona.

Y sin embargo.

Cuando es ella la que falla, cuando es su propio error el que está sobre la mesa, esa misma compasión desaparece. No hay explicación que valga. No hay circunstancia que atenúe. El estándar que aplica para sí misma es completamente distinto al que aplica para todos los demás. Como si la gracia que reparte tan generosamente tuviera una sola excepción, y esa excepción fuera ella misma.

La he mirado y he pensado: ojalá pudiera darte mis ojos. Para que te vieras como yo te veo.

Porque lo que yo veo cuando la miro no es lo que ella ve cuando se mira. Yo veo a una mujer que ama profundamente, que se entrega sin medir, que sostiene a otros con una fortaleza que ella misma no reconoce como fortaleza. Pero ella ve los errores. Ve lo que faltó. Ve la distancia entre lo que es y lo que cree que debería ser. Y esa distancia, en su propio corazón, siempre parece demasiado grande.

No sé si te reconoces en ella.

Pero sé que muchas mujeres viven así. Con una doble medida tan normalizada que ya no la notan. Que perdonan a todos y se condenan a sí mismas. Que celebran los logros ajenos y minimizan los propios. Que cuando alguien les dice «eres increíble» saben instintivamente encontrar la razón por la que no es del todo verdad.

Y en algún lugar detrás de todo eso hay una pregunta que no siempre tiene palabras: ¿soy amada tal como soy, o solo cuando lo hago bien?

Dios respondió esa pregunta hace mucho tiempo. «Yo te amo con amor eterno. Por eso te he prolongado mi misericordia.» (Jeremías 31:3) No dijo que te amaría cuando mejoraras. No dijo que la misericordia dependía de tu rendimiento. Dijo eterno. Dijo antes de que hicieras nada para ganarlo, y después de todo lo que has hecho para perderlo.

Hay una diferencia entre saber que Dios te ama y dejarte amar por Él. La primera es información. La segunda es transformación.

Padre, hoy vengo por esta mujer que reparte gracia a manos llenas y no guarda nada para ella misma. Que tiene compasión para todos menos para la persona que más la necesita: ella. Tú la ves como yo la veo. Tú ves lo que ella no puede ver cuando se mira. Hoy habla más fuerte que esa voz interior que siempre encuentra el defecto. Dile que tu amor no tiene excepción. Que la misericordia que ella extiende tan naturalmente a otros también tiene su nombre escrito. Que ser genuinamente amada no es algo que se gana. Es algo que se recibe. Ayúdala hoy a abrir las manos y recibirlo. En el nombre de Jesús, amén.

Cuando escribí Mujer Totalmente Nueva, el segundo día del devocional lo llamé Genuinamente amada. Lo escribí para la mujer que sabe de memoria que Dios la ama pero que en algún lugar del corazón todavía no lo termina de creer. Treinta días para que esa verdad deje de ser solo información y se convierta en lo que siempre debió ser: el lugar desde donde vives.

mujertotalmentenueva.com





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