Hace algunos años, cuando mis hijos eran pequeños, pasamos frente a un parque donde estaban reforestando.
Daban la opción de sembrar un árbol en honor a tu familia. No era algo planeado. No era una actividad que estuviera en el itinerario del fin de semana. Simplemente estaba ahí, y dijimos que sí. Sembramos nuestro árbol, tomamos una foto, y seguimos el día.
En ese momento fue exactamente eso. Un momento bonito. Una actividad diferente.
Pero algo curioso pasó con el tiempo. Cada vez que pasábamos frente a ese parque, parábamos a echarle agua. Sin que nadie lo organizara. Sin que fuera una obligación. Simplemente lo hacíamos. Y con los años empezamos a buscar entre todos los árboles cuál era el nuestro. A intentar reconocerlo. A adivinar si ese de allá, el que ya tenía cierta altura, era el que sembramos ese día.
Han pasado décadas. Y todavía, cuando pasamos frente a ese lugar, seguimos intentando identificarlo.
Lo que empezó como una planta pequeña que cabía en las manos de un niño hoy es un árbol grande y fuerte. Y nosotros no lo vimos crecer. No hubo un día en que pudiéramos decir: hoy creció. Simplemente un día volteamos a ver y estaba ahí.
Así es la oración de una madre.
No siempre sabes si está cayendo en el lugar correcto. No siempre puedes distinguir tu árbol entre todos los demás. Hay días en que echas agua y no ves nada. Días en que te preguntas si algo está pasando debajo de la tierra que tus ojos no pueden ver. Días en que la fe se siente pequeña y el silencio de Dios se siente grande.
Y sin embargo sigues. Sigues pasando. Sigues echando agua. Sigues de pie en la brecha aunque nadie te confirme que está funcionando.
Jeremías 31:16 dice: «Reprime tu llanto, las lágrimas de tus ojos, pues tus obras tendrán su recompensa.» Dios no dijo que verías los resultados de inmediato. Dijo que tus obras tendrán su recompensa. Que lo que siembras en oración no se pierde. Que crece aunque no puedas medirlo.
Hay una verdad que encontré escribiendo este libro y que no he podido soltar: nuestras oraciones son semillas regadas con lágrimas en tierra fértil. Aunque no nos demos cuenta, crecen silenciosamente porque Dios las cuida.
Tu árbol está creciendo. Aunque hoy no puedas identificarlo entre todos los demás.
Y si hoy estás cansada de esperar, si la fe se siente pequeña y el silencio se siente grande, quiero que sepas algo antes de que sigamos. No estás sola en la brecha. Nunca lo has estado. Hay Alguien que ha estado contigo cada vez que pasaste frente a ese parque y echaste agua sin saber si era el árbol correcto. Que contó cada oración. Que guardó cada lágrima. Y que hoy quiere que te arrodilles no desde el agotamiento sino desde la certeza de que lo que sembraste importa.
Oremos juntas.
Padre, hoy vengo por la madre que ora sin ver resultados. Que echa agua día tras día sin saber si está cayendo en el lugar correcto. Que a veces se cansa y se pregunta si algo está pasando. Dile hoy que sus oraciones no caen al vacío. Que cada lágrima es una semilla. Que hay un árbol creciendo en silencio que ella sembró con sus rodillas y que un día será tan grande y fuerte que sus hijos, y los hijos de sus hijos, encontrarán sombra debajo de él. Que siga. Que no suelte. Que lo que no puede ver con sus ojos tú lo estás cuidando con los tuyos. En el nombre de Jesús, amén.
Esa oración no es el final del camino. Es el lugar donde el árbol sigue creciendo. Donde lo que no se ve con los ojos se sostiene con la fe. Si hoy algo de esta historia resonó en ti, hay un libro que escribí para la madre que sigue de pie aunque no vea resultados. El quinto capítulo se llama De pie en la brecha. Porque hay madres que no saben si su oración está funcionando, pero siguen de rodillas. Y esa fidelidad silenciosa es la que mueve el cielo. Como aquel árbol que sembramos sin saber lo que sería, tus oraciones están creciendo. Y un día, cuando menos lo esperes, voltearás a ver y estarán ahí.
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