Creo que todas sabemos ese sentimiento.
Estás en una tienda, casi de paso, y de repente los ves. Ese par de zapatos que parece tener tu nombre escrito. No planeabas comprarlos. No estabas buscándolos. Pero ahí están, y algo en ti ya sabe que son tuyos antes de probártelos. Y cuando los pones, algo cambia. La postura. La actitud. La manera en que caminas hacia la puerta. Con ese par de zapatos puestos sientes que puedes con todo lo que se te atraviese ese día.
Lo que me encanta de los zapatos, y de ese sentimiento, es que no se trata solo del zapato.
Se trata del atuendo perfecto, de la ocasión que los merece, y sobre todo de la actitud que traen consigo. Ese par tiene el poder de hacer que te sientas invencible. Y aunque puede ser unos zapatos, puede ser un vestido, un peinado, unos aretes, ese accesorio que completa todo. Cada mujer sabe exactamente de qué estoy hablando.
Pero también conocemos el otro sentimiento.
El de la piedra adentro del zapato.
No importa qué tan perfectos sean los zapatos. No importa qué tan bien combinan con el atuendo. No importa que hayas alcanzado una nueva meta esa semana, que hayas sanado algo que antes dolía mucho, que estés caminando con más seguridad que nunca. Porque hay una piedra pequeña, casi insignificante, que se mete entre el pie y el zapato. Y molesta en cada paso. No te derrumba. Pero tampoco te deja estar completamente bien.
Y tú y yo sabemos de qué estoy hablando.
Para muchas mujeres la soltería se siente exactamente así. No como un fracaso. No como una tragedia. Sino como esa pequeña piedra que está ahí en cada celebración ajena, en cada pregunta de la familia en la cena, en cada momento en que todo está bien y sin embargo hay algo que roza. Que incomoda. Que se va metiendo más profundo con el tiempo aunque trates de ignorarlo.
Y lo más difícil no es la piedra en sí.
Es la pregunta que viene cuando finalmente la remueves y la ves en tu mano. Una piedrecita. Tan pequeña. Tan insignificante. Y sin embargo tan capaz de hacerte cojear.
¿Esto era todo?
Muchas veces le damos más peso a lo que no tenemos que a todo lo que sí tenemos. Y la soltería tiene esa capacidad cruel de hacerse más grande de lo que es, de meterse en conversaciones donde no la invitaron, de robarle protagonismo a todo lo bueno que está pasando en tu vida.
Pero hay algo que quiero que sepas.
El Salmo 16:11 no dice que en el matrimonio está la plenitud de gozo. Dice: «En tu presencia hay plenitud de gozo; en tu diestra, deleites para siempre.» No en el anillo. No en el apellido nuevo. En su presencia. Y eso significa que la mujer que tiene a Dios no está esperando su plenitud. Ya la tiene. Aunque todavía haya una piedra en el zapato.
La soltería no es el problema. Es el proceso.
Y hay una diferencia enorme entre las dos cosas.
Quiero que te detengas un momento antes de seguir. No para resolver nada. Sino para que lo que acabas de leer pueda asentarse. Porque lo que sientes es real. La incomodidad es real. Y también lo es lo que Dios tiene para ti al otro lado de este proceso. Y si hoy esa piedra pesa más de lo que debería, hay Alguien que quiere que se la entregues antes de que siga haciendo daño.
Oremos.
Padre, hoy vengo por la mujer que lo tiene casi todo en orden y aun así hay algo pequeño que molesta en cada paso. Que sonríe genuinamente y al mismo tiempo carga algo que no sabe bien cómo nombrar. Tú ves esa piedra. Sabes exactamente dónde está y cuánto tiempo lleva ahí. Hoy dile que su plenitud no está en espera. Que en tu presencia ya tiene todo lo que cree que le falta. Remueve todo pensamiento que le dice que está incompleta. Y donde la espera se ha vuelto demasiado pesada, dile que destino no es solo una promesa. Es también un proceso. Y que tú estás en cada paso de ese proceso con ella. En el nombre de Jesús, amén.
Esa incomodidad que sientes no es señal de que algo está mal en ti. Es señal de que hay algo bueno que todavía está siendo preparado. Escribí Cita con tu Destino para la mujer que está en ese proceso, la que camina bien, crece bien, y aun así siente esa piedra en cada paso. Porque destino es una promesa. Y también es un proceso. Y ninguna de las dos cosas llega antes de tiempo.
Recibe la palabra profética en tu correo electrónico.
