No eres demasiado sensible, llevas demasiado sin soltar.

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No eres demasiado sensible, llevas demasiado sin soltar. - Las Cartas de Magie

Un día encontré a mi hijo en la cocina. A él le encanta cocinar, así que no era raro verlo ahí, pero lo que sí me llamó la atención fue que tenía los ojos completamente rojos. Con cara de concentración total, como si nada. Me acerqué y estaba picando cebolla. Y sin pensarlo mucho le dije: «Ya que estás en esas, échate una lloradita.»

Nos reímos los dos.

Porque hay algo verdadero en esa frase que va más allá del chiste. Y es que hay una cosa que une a toda la humanidad sin importar cultura, idioma o denominación: picar cebolla. Da igual cuántas veces lo hayas hecho o qué tan experimentada seas en la cocina. En algún momento los ojos empiezan a arder, las lágrimas brotan solas, y te quedas ahí frente a la tabla de picar sin poder hacer nada.

Pero me quedé pensando.

Cuántas veces necesitamos un pretexto para soltar lo que llevamos dentro. Cuántas veces la cebolla no tiene nada que ver con la cebolla.

Lo sabes porque te ha pasado.

No necesariamente en la cocina. Puede ser en el carro, cuando alguien te cierra el paso de una manera particularmente imprudente y de repente sientes una rabia que claramente no es proporcional a lo que acaba de pasar. O cuando tu hijo derrama un vaso de agua en la mesa y la reacción que sale de ti sorprende hasta a ti misma. O cuando una canción en la radio, una fecha en el calendario, una foto que apareció sin avisar, abre algo que llevabas semanas, meses, a veces años, cerrando con llave.

El detonador nunca es el problema.

El problema es lo que llevas dentro esperando que alguien le dé permiso de salir. Las conversaciones que no tuviste. El cansancio que no nombraste. El duelo que postergaste porque no había tiempo, porque había que seguir, porque los demás te necesitaban funcionando. Todo eso no desaparece porque lo ignores. Se acomoda. Busca espacio. Y cuando encuentra la grieta más pequeña, sale por ahí.

A veces la grieta es una cebolla.

Hay un versículo que probablemente ya conoces. Quizás lo has escuchado tantas veces que puedes recitarlo sin pensarlo. Proverbios 4:23 dice: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida.» Pero hay versículos que conocemos de memoria y que un día, en el momento exacto, dejan de ser solo palabras y se convierten en algo que te detiene. No dice que el corazón no sienta. Dice que lo guardes. Que lo cuides. Que lo atiendas. Porque de ese corazón, del que cuidas o del que descuidas, mana todo lo demás.

Y hay una diferencia enorme entre guardar el corazón y enterrarlo.

Guardar el corazón es atenderlo, conocerlo, permitirle que procese lo que le toca procesar. Enterrarlo es convencerte de que si no lo miras, no existe. Y lo que entierras sin procesar no muere. Fermenta. Y un día sale por la primera grieta que encuentra, aunque esa grieta sea una cebolla en la cocina un martes por la tarde.

Y si hoy reconoces algo de esto, si hay una parte de ti que sabe que llevas más de lo que muestras, que el último detonador no fue realmente el problema, quiero que te detengas aquí un momento.

No para resolver todo de una vez. Sino porque hay algo que yo aprendí de la manera difícil: lo que entierras sin procesar no muere. Fermenta. Y un día sale por la primera grieta que encuentra. Pero cuando finalmente abrí la puerta, lo que más me sorprendió no fue la cantidad de lo que había acumulado. Fue que Dios no se asustó de nada de lo que salió. Que estuvo ahí, esperando que yo abriera, para entrar y ordenar lo que yo llevaba años apilando detrás de ella.

Él hace lo mismo por ti. No necesitas las palabras exactas. Solo necesitas abrir la puerta.

Oremos.

Padre, hoy vengo por la mujer que lleva más de lo que muestra. Que ha postergado procesar lo que le duele porque había que seguir, porque no había tiempo, porque los demás la necesitaban entera. Hoy dile que puede abrir la puerta. Que lo que lleva dentro no te asusta. Que no tiene que tener las palabras exactas para traértelo, solo tiene que llegar. Entra a cada cuarto cerrado de su corazón. Ordena lo que ella no ha podido ordenar sola. Y donde haya emociones enterradas que se han convertido en peso, en reacciones que la sorprenden, en lágrimas que salen por cualquier grieta, sé tú el que sana desde adentro hacia afuera. En el nombre de Jesús, amén.

Esa oración es la puerta. Pero lo que hay detrás de ella es un proceso que toma más que un momento. Un proceso de adentro hacia afuera que vale la pena recorrer acompañada. Escribí Mujer Totalmente Nueva para acompañar ese proceso. El día 14 de ese devocional se llama Algo más que emociones. Porque hay una diferencia entre sentir y cargar. Y entre cargar y soltar. Y ese camino, el de aprender a guardar bien el corazón en lugar de enterrarlo, es el que lo cambia todo.

mujertotalmentenueva.com





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