Manejas hacia el trabajo por la misma ruta de siempre.
Y de repente, sin saber exactamente cómo, ya llegaste. No recuerdas los semáforos, no recuerdas las vueltas, no recuerdas nada del trayecto. Tu cuerpo condujo todo el camino en piloto automático mientras tu mente estaba en otro lugar completamente distinto.
Lo mismo pasa cocinando. Terminas de preparar el almuerzo y no sabrías decir en qué momento picaste la cebolla o encendiste la estufa. Las manos sabían qué hacer. La mente estaba en otra parte.
Y es justo en esos momentos, cuando menos lo esperamos, cuando aparece.
Un pensamiento. Un recuerdo. Una conversación que se repite en la cabeza, con alguien específico, sobre algo específico. A veces es una conversación que realmente sucedió y que quedó incompleta. A veces es una que nunca sucedió pero que tu mente ha escrito y reescrito cientos de veces, con lo que pudiste haber dicho, con lo que la otra persona pudo haber respondido, con el final que nunca llegó.
Y lo peor es que muchas veces esa persona ya no está.
Falleció. Se fue lejos. O simplemente la vida y las circunstancias hicieron que ya no fuera sano ni posible volver a sentarse con ella a conversarlo. No hay llamada que puedas hacer. No hay café que puedan tomar juntas. El capítulo se quedó exactamente donde estaba, en puntos suspensivos, y tu mente sigue regresando a llenar esos puntos suspensivos una y otra vez.
No es que no lo hayas superado en el sentido de que sigas funcionando con normalidad. Manejas, cocinas, trabajas, sonríes. Pero hay una parte de ti que sigue ahí, en esa conversación que nunca cerró, reproduciendo escenarios que ya no tienen manera de resolverse en la realidad.
Y eso agota más de lo que parece.
Porque una mente que sigue regresando al mismo lugar sin encontrar cierre gasta energía que ya no tienes disponible para lo que sí está frente a ti. Sigues mirando hacia atrás mientras el presente sigue pasando sin que lo notes del todo.
El apóstol Pablo entendió esto de una manera que todavía sorprende. Filipenses 3:13-14 dice: «Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta.»
Una cosa hago, dijo. No dos ni tres. Una cosa. Y esa cosa era decidir, activamente, no quedarse mirando lo que ya no se puede cambiar.
No dijo que fuera fácil. No dijo que la memoria dejara de doler. Dijo que decidió no vivir ahí.
Yo entiendo lo que es cargar una conversación que nunca terminó de la manera que uno hubiera querido. Y lo que aprendí, después de mucho tiempo, es que cerrar un capítulo no siempre depende de la otra persona. A veces depende únicamente de la decisión de dejar de reescribirlo en tu mente.
Y si hoy reconoces ese lugar donde tu mente regresa cuando menos lo esperas, esa conversación que se repite sin que la hayas invitado, quiero que sepas que no tienes que resolverla para poder soltarla. Solo necesitas decidir, como Pablo, dejarla atrás para poder extenderte hacia lo que está delante.
Oremos.
Padre, hoy vengo por la mujer que sigue regresando en su mente a una conversación que nunca cerró. Que reproduce escenarios con personas que ya no puede alcanzar, palabras que quisiera haber dicho o que quisiera haber escuchado distinto. Tú conoces exactamente ese lugar. Hoy te pido que le des el descanso de soltar lo que ya no puede cambiar. Que su mente deje de gastar fuerzas en reescribir el pasado y empiece a usarlas para vivir el presente que tú le has dado. Ayúdala a decidir, como Pablo, olvidar lo que queda atrás para poder extenderse a lo que está delante. En el nombre de Jesús, amén.
Esa oración no borra la conversación de tu memoria. Pero te ayuda a dejar de vivir dentro de ella. Escribí Mujer Totalmente Nueva para acompañar ese proceso de soltar lo que ya no se puede resolver. El día 12 de ese devocional se llama No mires atrás. Porque hay una diferencia entre recordar el pasado y vivir atrapada en él. Y esa diferencia determina hacia dónde puedes avanzar.
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