Mi hijo llegó un día con los brazos llenos de cajas. No nos íbamos a mudar. Pero empezó a empacar todo con tanta prisa que cualquiera hubiera dicho que se iba esa misma noche.
Es de los que, cuando deciden orar por algo, no se quedan solo orando. Ese día había empezado a orar por una promesa muy concreta, y esa misma tarde ya estaba empacando, como si activara la fe con las manos.
Empacó su cuarto entero. Y ahí se quedó: en la misma casa, sin mudanza ninguna, pero con la mente, el corazón y las oraciones ya viviendo en lo que esperaba.
Pasaron días. Semanas. Meses. Yo veía su clóset vacío, pero lo veía abrir una caja, sacar lo que necesitaba, y volver a guardarla. Las cajas seguían ahí, empacadas, esperando.
Hasta que llegó el día de la promesa. Y él, como quien ya lo había ensayado mil veces, simplemente lo ejecutó.
Tú también, en algún momento, empacaste algo, aunque no hayan sido cajas de verdad. Cambiaste lo que tenías que cambiar. Dejaste ir lo que ya no servía. Te preparaste, oraste, actuaste como si lo que esperas ya viniera en camino.
Y tus cajas siguen ahí. Esperando un camión que no llega.
Al principio revisas la fecha todos los días. Después dejas de revisarla, porque duele menos no mirar. Y en algún momento empiezas a preguntarte si empacaste para nada. Si el cambio de adentro fue real, o solo fue ilusión, porque afuera nada se mueve.
Conocí, en la Palabra, a una mujer que esperaba algo así, pero no cajas: un hijo. Cada año iba al templo con su esposo, y su rival se lo restregaba en la cara, delante de todos, porque ella sí podía tener hijos y Ana no.
Ana hizo todo lo que se podía hacer. Oró con tanta angustia que el sacerdote pensó que estaba borracha. Prometió. Esperó. Y sus cajas, año tras año, seguían en la misma sala.
Hasta que la Biblia dice algo que cambia todo el peso de la espera: «el Señor se acordó de ella» (1 Samuel 1:19-20).
En hebreo, esa palabra, zakar, no es solo recordar de memoria, como quien busca un dato archivado. Es actuar. Es usar las manos, los pies, la boca para responder. Que Dios se acuerde de ti no es un sentimiento que Él tiene. Es un movimiento que Él hace.
No es que Dios se hubiera olvidado de Ana. La estaba preparando.
Puede que no sea que Dios se olvidó de tus cajas. Puede que las esté usando para prepararte para algo que todavía no puedes cargar.
Grabada te llevo en las palmas de mis manos, dice su Palabra (Isaías 49:15-16). No en la memoria, que se puede llenar de otras cosas. En las manos, que son las que actúan.
Esas cajas se pueden entregar tal como están, sin abrirlas antes de tiempo, sin desempacar por desesperación lo que ya decidiste cambiar.
Padre, hoy te entrego la espera, no solo lo que estoy esperando. Reconozco que a veces dudo si te acordaste de mí. Ayúdame a creer que este tiempo no es olvido, es preparación. Dame paciencia para las cajas que siguen en la sala, y fe para seguir empacando aunque el camión tarde. En el nombre de Jesús, amén.
Tus cajas siguen en la sala. Pero ya no son solo cajas empacadas: son la señal de que ya estás lista, aunque el camión todavía no llegue.
Por eso escribí Mujer Totalmente Nueva: para sostenerte mientras las cajas siguen en la sala, hasta que llegue tu día (mujertotalmentenueva.com).
Con amor y oraciones,
Magie de Cano
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