Te serviste el café. Alcanzaste a darle un trago, tal vez dos.
Después alguien te habló desde el otro cuarto, o sonó el teléfono, o te acordaste de algo que tenía que salir hoy.
Cuando volviste a la cocina, la taza seguía ahí, en el mismo lugar, fría.
Tú sabes cómo es. No es la primera vez.
Esa taza no se enfrió porque se te haya olvidado. Se enfrió porque algo más urgente se atravesó, otra vez.
Y si lo piensas, siempre es lo mismo lo que se atrasa. Lo tuyo. Tu comida, tu cita con el doctor, la llamada que llevas semanas sin devolver.
En algún momento aprendiste que lo tuyo puede esperar. Y como puede esperar, espera siempre.
Eso nadie lo ve. Se nota apenas cuando ya no puedes.
Cuando llegan las cuentas que no cuadran. Cuando la enfermedad te toca a ti o le toca a uno de ellos. Cuando un hijo te pide algo que no sabes cómo resolver y todo lo demás sigue pidiéndote lo suyo el mismo día.
Y ahí alguien te pregunta cómo estás y le contestas que bien.
Porque decir la verdad se siente como confesar algo. Como admitir que no sirves para esto.
Te ofrecen ayuda y dices que no, que ya casi terminas.
Ves a otra mamá que parece que sí puede con todo y piensas que a ella no le pesa igual.
Y llega el día en que el cansancio deja de sentirse como cansancio y se vuelve otra cosa: la sospecha de que si de verdad amaras lo suficiente, te alcanzaría.
Esa es la parte que casi ninguna dice en voz alta. No es solo que ya no puedas más. Es que te da vergüenza no poder.
Yo he estado ahí. En todos estos años cumpliendo con mi labor de madre ha habido momentos en que he tenido que sentarme a llorar y pedirle a Dios que renueve mis fuerzas.
Ahora mira otra vez la taza. Ahí sigue, donde la dejaste. No se echó a perder por esperar. Está fría, pero está.
Hay algo que no se acaba porque tú te canses.
Isaías le escribió a un pueblo agotado, gente que llevaba demasiado tiempo sosteniendo cosas.
Y cuando Dios les quiso explicar cómo los iba a consolar, escogió una sola comparación: «Como madre que consuela a su hijo, así yo los consolaré a ustedes» (Isaías 66:13).
Léelo despacio, porque va al revés de como lo lees siempre.
Tú eres la que consuela. Tú eres la que se levanta, la que revisa la fiebre, la que abraza hasta que se pasa el llanto.
Y Dios está diciendo que así, con esa misma ternura, te consuela a ti.
Él nunca te va a dar más carga de la que puedes soportar, y siempre te va a dar su fuerza para que dependas completamente de Él.
Depender no es la falla. Es la manera en que Él lo pensó desde el principio.
Y hay algo que a mí me tomó años entender: cuando alcanzas esa posición en la que no te avergüenzas por depender del Señor para todas las cosas, entonces su gloria, fuerza y poder vienen sobre ti.
No cuando ya puedes sola. Cuando dejas de tener que poder sola.
Así que agarra esa taza fría y ponla en la mesa. No es un reclamo que le llevas a Dios. Es lo que sueltas cuando te sientas a orar.
Padre, hoy vengo por la mujer que lleva años resolviendo todo y ya no sabe cómo decir que está cansada. Tú ves lo que ella no cuenta: lo suyo que se quedó frío por atender a otros, las veces que dijo que estaba bien sin estarlo, la vergüenza que siente cada vez que necesita ayuda. Quítale ese peso. Que se apoye en ti sin sentir que está fallando, y que reciba tu consuelo como lo que es, el de una madre que se sienta a su lado. Renueva hoy sus fuerzas. En el nombre de Jesús, amén.
Cuando digas amén, la taza va a seguir fría. No pasa nada.
Quedarte ahí, sin vergüenza, ya es depender.
Por eso escribí Una Madre de Rodillas. No es un manual para que rindas más, es el acompañamiento para las temporadas en que ya no rindes y necesitas que alguien te sostenga a ti.
Un día te vas a volver a levantar, con la taza todavía fría en la mesa. Y eso ya no va a decir nada sobre si fuiste suficiente. Solo que no lo hiciste sola.
Te espero en unamadrederodillas.com.
Con amor y oraciones,
Magie de Cano
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