Hay cosas que antes te movían y hoy ya no te dicen nada. Ya no quieres correr como corrías ni quieres lo mismo que querías, y no sabes explicar por qué. Yo creo que no te estás secando. Creo que Dios te está podando.
Seguiste haciendo todo como siempre. Te levantaste, cumpliste, fuiste a donde tenías que ir, oraste con las mismas palabras de siempre. Pero algo cambió adentro, y lo que antes hacías con gusto hoy te pesa. Te sientas a orar y no sale nada. Alguien te pregunta qué sigue y no sabes qué contestar. Te miras las manos y las sientes vacías, y te preguntas dónde quedó la claridad que tenías, cuál es el siguiente paso, por qué todo el mundo parece saber para dónde va menos tú. Puede ser tu trabajo, tu casa, una amistad, tu manera de buscar a Dios, o nada que puedas señalar con el dedo. Solo sabes que ya no eres la de antes y que todavía no sabes quién eres ahora.
Y lo más difícil no es el cansancio. Es lo que empiezas a creer por culpa de él. Que te quedaste atrás. Que lo mejor ya pasó. Que Dios te hizo a un lado, o que esto es un castigo por algo que no alcanzas a ver. Que a estas alturas ya no hay mucho que esperar. Y no lo dices en voz alta, porque se siente como falta de fe, así que lo guardas y sigues adelante como si nada.
Y la pregunta que no te atreves a hacerle a nadie es esta: ¿me estoy secando o me están podando? Porque desde afuera, y muchas veces desde adentro, las dos cosas se ven casi iguales.
Una palmera podada
En el desierto del Oriente Medio, donde casi nada crece, una de las pocas cosas que sí daba era la palmera datilera, la que da dátiles. El dátil es ese fruto pequeño y dulce que alimentaba a la gente en viajes largos y que se podía guardar por meses sin que se dañara. Una palmera era comida y era sustento para toda una familia.
Es un árbol que no se apura. Tarda años en dar su primer fruto, y cuando por fin empieza, sigue dando durante décadas. Sus raíces bajan tanto que encuentran agua donde casi nada más la encuentra. Por eso la Biblia dice de la gente que camina con Dios: «Aun en su vejez, darán fruto» (Salmo 92:14). Ese fruto no se acaba con los años. Piensa en las veces que te has dicho que lo mejor ya pasó, que llegaste tarde, que perdiste años que no vuelven. Esa frase no la dice este árbol.
Y aun así, quien lo cuida lo poda cada año. Le corta las hojas viejas, las secas y hasta algunas que todavía se ven verdes, hasta dejarlo casi pelado. Si pasaras por ahí sin saber, pensarías que a esa palmera la echaron a perder. Pero la fuerza que se iba en sostener hojas que ya habían dado lo que tenían que dar ahora se va al fruto.
Así se siente esto. Te sientes pelada. Lo que antes te daba sombra, lo que te hacía sentir que sabías lo que hacías, ya no está, y te quedaste a la vista de todos, sin con qué taparte.
Y lo que más duele es que no todo lo que se cortó era malo. Algunas de esas hojas estaban verdes. Eran cosas que querías, que hacías bien, que a lo mejor hasta le pediste a Dios. Solo que ya habían dado lo que tenían, y lo que viene necesita la fuerza que se les iba a ellas. Por eso extrañas cosas que ya no quieres, y no hay cómo explicarle eso a nadie.
Una hoja seca se cae sola y nadie viene por ella. Una hoja podada la corta alguien que conoce el árbol, que sabe dónde cortar y para qué. No te estoy diciendo que Dios te mandó lo que te dolió. Te digo que lo que quedó sin hojas no quedó abandonado, y que hay Alguien con las manos puestas en tu vida.
Y abajo, donde no se ve, nadie tocó nada. Las raíces siguen hondas y siguen vivas, y son las que sostienen a la palmera mientras arriba se acomoda todo. Ese tronco a la vista, sin una hoja de más, todavía tiene fruto por dar.
Dilo en voz alta
No tienes que sentirlo para decirlo. Dilo con tu propia voz, aunque te suene a que te lo estás diciendo para creértelo: no me estoy secando, Dios me está podando. Dios me ha formado y me ha podado para florecer. Dilo cuando esa voz que te dice que ya no vas a dar nada se ponga fuerte. No tiene la última palabra sobre ti.
Puede que mañana te levantes y sigas pelada, y que todavía no sepas cuál es el siguiente paso. Eso no quiere decir que algo salió mal. Nadie le pone fecha a una palmera, y el mismo que poda es el que cuida el árbol.
Yo he tenido temporadas en las que lo que antes me llenaba dejó de llenarme, y me asusté pensando que me estaba secando. Con el tiempo entendí que Dios estaba cortando hojas que ya habían dado lo que tenían, para que lo que venía tuviera fuerza.
Y como sé lo que pesa esa temporada, quiero orar por ti.
Padre, te presento a la mujer que está leyendo esto y que hoy no se reconoce. Lo que antes la llenaba ya no la llena, y tiene miedo de que eso signifique que se está secando o que Tú la hiciste a un lado. Quita de su mente la idea de que esto es un castigo. Cuida sus raíces mientras cortas lo que ya cumplió su tiempo, y llénala de Tu gracia para lo que viene. Que no crea que lo mejor ya pasó. En el nombre de Jesús, amén.
Lo que te invité a decirle a Dios sale del día quince de Mujer Totalmente Nueva, un libro de treinta días que escribí para las mujeres que ya no se reconocen. Ese día se llama Florecerás, y cierra con doce declaraciones como esa, para que las digas una por una cuando la pesadez apriete.
Ahí tienes compañía para esta temporada, que no se resuelve en una sola lectura. Una palmera podada no se apura, y tú tampoco tienes que apurarte.
Con amor y oraciones,
Magie de Cano
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