Hace poco estaba en una cena, y alguien en la mesa se subió la manga para enseñar una cicatriz.
Al ratito todos estaban enseñando la suya. Tú sabes cómo es.
Tú también sacas las tuyas. La de la rodilla, de cuando te caíste de niña. La del dedo, del día que cortabas algo con prisa y se te fue el cuchillo.
Hay una que quedó con forma de corazón, y esa hasta la presumes. Hay otras que ya casi no se ven, y tienes que buscarlas para poder enseñarlas.
Y hay una que no sacas. Esa se queda tapada mientras te ríes con los demás.
Ninguna la escogiste. Ni la forma, ni el lugar, ni el día. Y aun así parece que la forma decide cuál enseñas y cuál escondes.
A veces la que más tapas ni siquiera está en la piel.
Está en lo que te hicieron. En lo que te dijeron. En lo que te quitaron cuando no tenías cómo defenderte.
Puede que haya sido hace treinta años o hace dos. Puede que fueras una niña, o una mujer grande que nunca lo vio venir. Puede que fuera alguien de afuera o alguien de tu propia casa.
Esa no se cuenta en la mesa. Esa no tiene anécdota.
Y tú sabes todo lo que haces para que no se vea.
Te ríes antes de que alguien pregunte. Cambias el tema. Te haces la fuerte, la ocupada, la que siempre está bien. Dices «eso ya lo superé» tantas veces que hasta tú te lo crees un rato.
Hay días en que algo pequeño la roza. Una canción, un olor, una frase dicha en el mismo tono de aquella vez. Y otra vez estás ahí, como si no hubiera pasado el tiempo.
Y lo que más pesa no es la marca. Es la idea de que si alguien la viera, ya no te vería igual.
Que eso es lo que eres.
No te voy a decir que eso es poca cosa, porque no lo es. Hay heridas que cambian cómo te vistes, cómo entras a un cuarto, cómo respondes cuando alguien te abraza.
En la Biblia hay una mujer que sabe de esto. Se llamaba Tamar, era hija del rey David, una princesa. Y fue ultrajada por su medio hermano.
Fíjate en lo primero que hizo después:
«Entonces Tamar se puso ceniza sobre la cabeza, rasgó el vestido de manga larga que llevaba puesto, y se fue gritando con las manos sobre la cabeza.» 2 Samuel 13:19
En ese tiempo la ceniza era señal de luto, de dolor, de humillación.
Lo que le hicieron no fue culpa suya. Y aun así, la que salió cubierta de ceniza fue ella.
Así es la vergüenza. Le cae encima a la que salió herida.
La marca que se queda
Quiero que sepas esto: la marca se queda, y no te hace menos. Cuenta lo que te pasó. No cuenta quién eres.
Dios no te conoce por la marca. Te llama por tu nombre, porque eres suya.
Y aquí está lo que Tamar nos enseña sin decirlo: la ceniza no es la herida. Tampoco es la cicatriz. La ceniza es lo que te pones encima para que nadie la vea.
La risa a tiempo. El tema cambiado. El «ya lo superé». Todo eso es ceniza.
Tiene sentido que te la hayas puesto. Cuando algo duele así, lo único que una quiere es que nadie mire. Pero la ceniza pesa. Y con los años ya ni sientes que la traes puesta.
Fíjate también en esto: la de la rodilla no es más bonita que la que tapas, y la enseñas sin pensarlo. No es la forma la que decide cuál escondes. Lo decide la vergüenza.
Y Dios no quiere que te veas con los ojos de la vergüenza. Quiere que te veas como Él te ve: valorada, amada y escogida.
Corona en vez de cenizas
Hay un versículo que muchas nos sabemos casi de memoria. Hoy léelo despacio, porque dice algo muy exacto:
«Me ha enviado a darles una corona en vez de cenizas, aceite de alegría en vez de luto, traje de fiesta en vez de espíritu de desaliento. Serán llamados robles de justicia, plantío del Señor, para mostrar su gloria.» Isaías 61:3
No dice que la marca va a cambiar de forma. No dice que el recuerdo se va a borrar. Dice que te va a quitar la ceniza y te va a poner una corona.
Eso es lo que Dios promete, y lo que Él promete lo cumple. Corona en vez de cenizas. Aceite de alegría en vez de luto. Y serán llamados robles de justicia.
Así que no tienes que esperar a que la cicatriz desaparezca para acercarte a Él. Lo que le entregas es la ceniza. La cicatriz puede venir contigo, tal como está.
Yo no necesito saber cuál es la tuya. Él ya la conoce, y conoce cada capa de lo que le has puesto encima.
Padre, vengo por la mujer que está leyendo esto con una marca que casi nadie le ha visto. Tú sabes lo que le hicieron, lo que le dijeron y lo que le quitaron, aunque nunca lo haya contado. Y sabes todo lo que se ha puesto encima para que no se note. Lo que pasó, tú lo viste. Hoy te traemos lo que ella le puso encima. Quítale esa ceniza y ponle tu corona en su lugar. Que se vea como tú la ves: valorada, amada y escogida. Llámala por su nombre, Señor, porque es tuya. En el nombre de Jesús, amén.
La cicatriz va a seguir ahí cuando termines de leer. No te voy a decir otra cosa.
Lo que cambia es lo que tiene encima.
Y la ceniza no se quita de un solo golpe. Se fue poniendo capa por capa, y Dios la va quitando con paciencia, cada vez que se la entregas.
Por eso escribí De la Vergüenza a la Victoria. Son treinta días donde Dios trabaja contigo lo que no cabe en un artículo, y uno de ellos se llama justamente así: belleza en lugar de ceniza.
Él ya prometió quitarte la ceniza. Y cuando lo haga, vas a poder contar tus cicatrices, la de la rodilla, la del dedo, la que tiene forma de corazón, y no te vas a saltar ninguna.
La que tapabas va a tener la misma forma de siempre. Lo que ya no va a tener es ceniza encima.
Con amor y oraciones,
Magie de Cano
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