Lo que necesitas puede llegar por quien menos esperas

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Lo que te sostenía se está acabando, y hay una pregunta que te da pena decir en voz alta: ¿quién se va a acordar de mí? Creo que Dios se acuerda, y que lo que necesitas puede llegar por una mano que nunca habrías escogido.

Puede ser el dinero que antes alcanzaba y ahora no, un trabajo que se terminó, una salud que ya no responde como antes, una persona que siempre estaba y ya no está, o las fuerzas. Lo viste ir bajando poco a poco, y te quedaste mirando lo que quedaba con las mismas preguntas dándote vueltas: cómo vas a salir adelante, de dónde va a venir lo que necesitas.

Y mientras tanto hiciste lo que hace una mujer que no quiere preocupar a nadie. Estiraste lo que había. Cuando te preguntaron cómo estabas, dijiste que bien, gracias. Esperaste que una persona en particular se diera cuenta, y como no se dio, dejaste de esperar de nadie. Y fuiste guardando la necesidad donde nadie la viera, porque contarla te parecía casi peor que tenerla.

Y terminaste creyendo cosas que pesan más que lo que se acabó. Que a ti nadie te tiene presente. Y que necesitar es haber fallado, así que recibir ayuda te da vergüenza, aunque nunca lo hayas dicho con esas palabras.

Un plato tapado en tu puerta

Tal vez te ha pasado. Tocan la puerta y ahí está una vecina, una cuñada o una compañera con un plato tapado con un trapito, todavía tibio, diciendo que hizo de más. Tú no le contaste nada. Y sin embargo ahí está, como si alguien le hubiera dicho a qué puerta tocar.

Lo que sientes no es solo gratitud. Es también un poco de vergüenza, porque te sientes descubierta. Y es algo más: alguien se acordó de ti.

Lo que te sostenía se está acabando y te acostumbraste a decir que estás bien. Pero Dios se acuerda de ti, y lo que necesitas puede llegar por quien menos esperas.

El arroyo se secó, la palabra no

En la Biblia hay un profeta llamado Elías, del reino del norte de Israel, en tiempos del rey Acab, que había llevado al pueblo a adorar a un dios llamado Baal. Elías anunció que no iba a llover, y la lluvia se detuvo. Dios lo mandó a esconderse junto a un arroyo llamado Querit y le dijo que había mandado a los cuervos a darle de comer allí. Para el pueblo de Elías, el cuervo era un ave impura. Nadie lo habría escogido de mensajero. Dios sí:

1 Reyes 17:6 «Por la mañana y por la tarde los cuervos le llevaban pan y carne, y bebía agua del arroyo.»

Después, dice el texto, el arroyo se secó, porque no había llovido. Dios no impidió que se secara. Mandó a Elías a Sarepta, un pueblo fuera de Israel, donde una viuda estaba por cocinar lo último que tenía, un puñado de harina y un poco de aceite, para ella y su hijo. Ella le dio de comer primero a Elías, y la harina de la tinaja y el aceite del jarro no se acabaron, día tras día, hasta el día en que el Señor hizo llover. Eso dijo Dios, y eso hizo: la lluvia llegó.

El arroyo se secó, pero la palabra de Dios no se secó. La circunstancia cambió, pero la fidelidad de Dios no cambió. La fuente visible desapareció, pero la Fuente invisible permaneció.

Pensaste que el hecho de que el arroyo se secara significaba que la promesa también se estaba secando. No es así. Dios le tenía puesto día a esa lluvia, y la mandó. No sé qué día tiene puesto para lo tuyo, pero el que llevó la cuenta de esa tinaja no ha perdido la cuenta de tu casa. Creo que hay pan llegando adonde pensaste que ya no habría nada, y fuerzas llegando adonde pensaste que ya no ibas a poder más.

Deja que te llegue

Lo primero es levantar la vista del cauce. Nombra delante de Dios lo que se secó, sin hacerte la fuerte. Y mira también lo que no se secó: su palabra sigue diciendo lo mismo, y su fidelidad no se fue con el agua.

Lo segundo es soltar la puerta. Casi siempre una ya decidió por dónde tiene que llegar la ayuda, y mientras mira esa puerta, no ve la otra. La puerta puede no parecerse a la puerta que imaginaste. La ayuda puede venir de una manera que tú jamás habrías podido organizar por ti misma. El cielo no necesita tu permiso para moverse.

Lo tercero es lo que más cuesta: cuando llegue, recíbelo. Sin pedir perdón por haberlo necesitado ni salir corriendo a pagarlo. Elías no rechazó el pan porque venía de un ave que nadie quería. Lo comió. Necesitar no es fallar. Que te llegue algo que no pudiste organizar tú no te hace menos: te hace recordada. Y si alguien de confianza te pregunta cómo estás, dile la verdad.

Y cuando ya hayas recibido, puedes preguntarle a Dios: ¿para quién quieres que yo sea un cuervo? Una llamada puede ser provisión. Un plato puede ser provisión. Un abrazo puede ser provisión. La carta a los Hebreos le llama a compartir con quien pasa necesidad un sacrificio que agrada a Dios, no un trato para que te devuelvan. Es amor, nada más.

Por hoy no tienes que entender cómo va a llegar. Basta con no cerrarle la puerta a quien toque.

Que el Dios que no se olvidó de Elías junto a un arroyo seco te tenga presente por tu nombre, y que lo que Él te mande te encuentre con la puerta abierta.

Yo también estuve en un lugar donde lo que había se estaba acabando. Esto lo escribo para la mujer que hoy está ahí.

Hoy me toca a mí tocar tu puerta, y lo que traigo tapado es una oración. Si eres la que estira lo que hay, la que dice que está bien para que nadie se preocupe, la que se pregunta en silencio quién se va a acordar de ella, déjame orar por ti. No tienes que contestar nada.

Padre, aquí está ella. Tú ves lo que se le está acabando, y ves cuánto tiempo lo ha estirado sin decírselo a nadie. Tú te acordaste de Elías junto a un arroyo que se secaba, y le mandaste pan por donde nadie lo esperaba. Acuérdate de ella también. Que lo que le mandes le llegue, por la mano que tú escojas, y que cuando toquen a su puerta pueda abrir sin vergüenza. Quítale la idea de que necesitar es haber fallado. Y esa pregunta que no la deja, quién se va a acordar de ella, tómala tú, porque tú no te olvidas de ella. Que sepa hoy que tu palabra no se secó y que tu fidelidad no cambió. En el nombre de Jesús, amén.

El plato de hoy no resuelve la cuenta de todos los días, y vas a volver a mirar lo que se secó. La tinaja de aquella viuda tampoco se llenó de una vez: alcanzó día tras día, hasta que llovió.

En De la Vergüenza a la Victoria, el día veinticuatro se llama Gracia ilimitada. Es sobre lo que pasa cuando lo que tienes ya no te alcanza y aun así quieres sacarlo todo adelante con tus propias fuerzas. Ahí te cuento qué quiere decir la palabra gracia, y por qué la de Dios alcanza justo donde lo tuyo ya no.

delaverguenzaalavictoria.com

Con amor y oraciones,
Magie de Cano





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