¿Dónde está Dios cuando tu matrimonio duele?

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Un día estás buscando otra cosa en el ropero, unos papeles, una cobija, y al fondo de la última repisa aparece el álbum de tu boda. Tiene polvo encima. Hacía años que no lo abrías.

Te sientas en la orilla de la cama y pasas las páginas. Las fotos ya se pusieron amarillas en las esquinas. Ahí está el vestido, las flores, tus manos entre las de él frente al altar. Las fotos del «día más feliz de tu vida».

Y aunque hayan pasado tantos años, te acuerdas de todo. De cómo te temblaban las manos. De lo que dijiste ese día, y de lo que te dijeron a ti.

Por un momento te sale una sonrisa. Y luego te acuerdas del resto.

La foto no cambió. Siguen ahí los dos sonriendo, los invitados atrás, el pastel todavía entero. Lo que cambió fue todo lo demás.

Ese día se prometieron cosas. «En las buenas y en las malas.» «Hasta que la muerte nos separe.» Algunas de esas promesas todavía se cumplen. Pero hay otras que recuerdas, sobre todo, por cómo te las rompieron.

Tal vez ya casi no se hablan, solo se pasan los recados de la casa. Tal vez duermen en la misma cama y cada uno mira hacia su lado. Tal vez hubo un mensaje en el teléfono que no tenía que estar ahí, o una palabra que ya no se puede retirar. O tal vez no pasó nada grande: solo se fue enfriando, un día y otro, y ya no sabes en qué momento dejaron de mirarse.

Y te has hecho preguntas que no le has dicho a nadie. ¿En qué momento pasó esto? ¿Será que no escuché la voz de Dios? ¿Será que me equivoqué? ¿Dónde está Dios en todo esto?

Hay cosas que no se pueden hablar con nadie. Ni con tu mamá, ni con tus amigas, ni en la iglesia. Por vergüenza, por cuidarlo, por no dar de qué hablar. Entonces lo único que te queda es esa oración de antes de dormir, casi siempre con las mismas palabras: «Señor, que mañana sea diferente. Haz un milagro.»

Y llega el día siguiente, y se parece mucho a hoy.

Te voy a decir algo que yo también tuve que aprender. Cuando el matrimonio duele, casi todas llegamos como jueces. Con la lista en la mano: lo que él dijo, lo que él no hizo, lo que él tiene que cambiar. Y muchas veces tenemos razón.

Pero en ese lugar una se va cansando. Se va secando por dentro. Y sin darse cuenta deja de sentirse amada por nadie. Ni por él, ni por los demás, ni siquiera por Dios.

Y quiero decirte algo con toda claridad, porque no es lo mismo: si en tu casa hay golpes, amenazas o miedo, eso no es parte de lo que prometiste frente al altar. Dios no te pide que aguantes eso. Ponerte a salvo y buscar ayuda no es tirar la toalla, ni es fallarle a Dios.

Mira otra vez esa foto. Ahí sale él, sales tú, sale quien los casó, salen los invitados. Lo que la foto no alcanza a mostrar es que Dios también estaba ahí. Y que mucho antes de que tú dijeras «sí, acepto», Él ya te había dicho lo suyo:

«Con amor eterno te he amado; por eso te he prolongado mi fidelidad» (Jeremías 31:3).

Eterno. No dice «mientras tu matrimonio funcione», ni «mientras hagas todo bien». Las promesas del altar las hicieron dos personas, y las personas fallan. Esta la hizo Dios, y no se ha puesto amarilla.

Yo lo sé porque lo viví. Hace años estuve al borde del divorcio. Me acuerdo de estar estacionada frente a la escuela de mis hijos, llorando, diciéndole a Dios: «Si realmente me escuchas, dime cómo encuentro el camino de regreso a mi hogar.» En ese momento se acercó una mujer y me dio una tarjeta con un mensaje tan claro de parte de Dios: «Las cosas nunca van a cambiar hasta que tú no te sientas amada por mí.»

Fíjate que no decía «cambia tú». Tampoco decía «aguanta más». Decía «hasta que te sientas amada por mí». Yo le respondí: «Señor, quiero enamorarme de ti.» Y ahí empezó mi camino de regreso.

El cambio sí empieza en ti. Pero no empieza en que te esfuerces más, ni en que te calles más, ni en que logres cambiarlo a él. Empieza en dejarte amar por Dios otra vez.

Cuando una aprende a no sentir para que no duela, también deja de sentir el amor. Bloqueas el dolor y, sin querer, bloqueas todo lo demás. Por eso Dios no solo quiere que sepas que te ama. Quiere que lo dejes amarte.

Las personas pueden lastimarte, pueden rechazarte, pueden no darte el valor que tienes. Nada de eso cambia que eres absolutamente amada por Él. Dios no se ha ido de tu casa. Está en medio de lo que vives, y su fidelidad contigo no se ha terminado. Él sigue haciendo milagros, y empieza por ahí: por una mujer que vuelve a sentirse amada.

Esa foto no tienes que traérsela a Dios. Tráele a la mujer que sale en ella, la que dijo que sí con tanta esperanza. Y tráele también a la que eres hoy.

Quiero orar por ti. Si a ti también te rompieron promesas, si llevas tiempo hablando de esto solo con Dios antes de dormir, si ya no te acuerdas de la última vez que te sentiste amada, esta oración es para ti.

Padre, vengo por la mujer que está leyendo esto con el corazón cansado. Tú estabas en ese altar y estás en su casa hoy. Conoces las promesas que le rompieron y las lágrimas que nadie ha visto. Calma su ansiedad, sana lo que se lastimó y quítale el peso de cargarlo todo sola. Si está en peligro, dale valor y pon a su lado personas que la cuiden. Que hoy vuelva a sentirse amada por ti, con ese amor eterno que no se pone amarillo. Y que pueda decirte, como yo te dije un día: Señor, quiero enamorarme de ti. En el nombre de Jesús, amén.

El álbum va a volver a la última repisa del ropero. Lo que se prometió ese día no se borra, y lo que vino después tampoco. Pero ya no es lo único que dice quién eres.

Por eso escribí Mujer Totalmente Nueva. Son treinta días donde Dios trabaja contigo lo que no cabe en un artículo, y el segundo día se llama exactamente así: genuinamente amada.

Y tal vez un día vuelvas a ver esa foto y ya no te fijes solo en lo que te prometieron. Veas a una mujer a la que Dios ya amaba ese día, y a la que sigue amando hoy.

mujertotalmentenueva.com

Con amor y oraciones,
Magie de Cano.





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