Llevas años orando por tus hijos, y ya casi nadie se entera. Cuando te preguntan cómo va, dices «ahí vamos» y cambias de tema. Yo creo que Dios ha escuchado cada una de esas oraciones, aunque las digas tan bajito que ni tú misma te oyes.
Quizás es por su salud, por su fe, por su matrimonio, por algo que los tiene atrapados o por decisiones que no entiendes. No hace falta decirlo. Tú sabes cómo se ora así: lavando los trastes, manejando, en la fila del banco, moviendo apenas los labios para que nadie te pregunte nada. Al principio lo contabas y pedías que oraran contigo. Pero las respuestas empezaron a doler: «¿todavía con eso?», «ya déjalo en paz», «estás exagerando», o esa mirada de lástima que pesa más que cualquier frase. Así que dejaste de contarlo. Y has dicho los mismos nombres delante de Dios tantas veces que hay días en que te da pena repetirlos, como si Él también se fuera a cansar de oírlos.
Y estás cansada de luchar. No cansada de tus hijos, cansada de sostener sola una pelea que nadie más parece notar. En ese cansancio se te fueron metiendo ideas que no son ciertas. Que lo que oras no cuenta, porque no se nota. Que la rara eres tú, la intensa, la que no encaja en ninguna conversación. Que si esto fuera de Dios ya habría pasado algo. Y una que casi no te atreves a pensar: que la fe se te está acabando, y que eso te hace menos.
Él te entiende aunque nadie más lo haga
Dios ha visto las lágrimas de cada oración que haces en secreto. Te ha visto en medio de la lucha, y también el día en que ya no pudiste más y te rendiste delante de Él. Sabe lo que te ha costado decirle que sí, y seguir diciéndoselo. Los demás no siempre entienden, y casi nunca es por falta de cariño. Pero Él te entiende aunque nadie más lo haga. Así que ya no tienes que andar con la etiqueta de la que no encaja. Con Él encajas.
Fíjate en lo que ha hecho tu boca todos estos años. Ha guardado. Ha dicho las oraciones en voz baja, ha dicho «ahí vamos» cuando por dentro no sabías ni qué contestar, ha callado lo que ya no quieres explicar. Es una boca cansada de pedir y de callar. Y en la Biblia hay un canto que habla de esa misma boca, pero llena de risa: la risa de quien recibe lo que tanto pidió y siente que está soñando.
Una boca llena de risa
Es uno de los cantos que el pueblo de Israel cantaba mientras subía a Jerusalén. Recuerda un regreso, probablemente el de las familias que habían pasado décadas lejos de su tierra, cautivas en Babilonia. Cuando Dios las hizo volver, les pareció que estaban soñando. No dieron discursos. Se rieron. Y fueron los pueblos de alrededor, los mismos que los habían visto derrotados, los que dijeron que Dios había hecho grandes cosas con ellos. Así lo cantaban:
Salmo 126:1-3 Cuando Jehová hiciere volver la cautividad de Sion, seremos como los que sueñan. Entonces nuestra boca se llenará de risa, y nuestra lengua de alabanza; entonces dirán entre las naciones: Grandes cosas ha hecho Jehová con éstos. Grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros; estaremos alegres.
El final está en pasado: «grandes cosas ha hecho». Este canto no lo escribió alguien que se imaginaba cómo iba a ser. Lo cantaba gente que ya lo había vivido, que un día estuvo lejos de casa, y que después no podía parar de reír.
La boca que hoy guarda tus oraciones es la misma boca de la que habla el salmo. Lo que hoy dices bajito, un día se va a contar con risa, y lo van a oír hasta los que hoy no entienden.
Lo poco que traes no es poco para Él
No te rindas ahora. Sigue orando, aunque sea lo mismo de siempre, y no te dé pena repetir sus nombres. Él no se cansa de escucharlos.
Entrégale lo que tengas hoy, sinceramente. Hay días en que solo te alcanza para decir sus nombres. Si hoy es eso, eso. Acuérdate del muchacho que le llevó a Jesús su comida: cinco panes y dos peces, en medio de miles de personas con hambre. Jesús no le pidió más de lo que traía. Lo tomó en sus manos y alcanzó para todos. Lo que pones sinceramente en las manos de Dios tiene un alcance que tú no puedes medir.
Después, escribe la etiqueta. Lo que te han dicho, o lo que tú misma te dices cuando nadie te oye: la exagerada, la intensa, la que no encaja. Escríbelo tal cual. Y al lado escribe que Él te entiende aunque nadie más lo haga. Léelo las veces que haga falta.
Y no midas lo que Dios está haciendo por lo que pasó esta semana.
Lo que dices en voz baja, Él lo escucha completo.
Que el Dios que te ha escuchado todos estos años te devuelva las fuerzas que se te han ido gastando, y que te quite la vergüenza de volver a decirle lo mismo. Que hoy te sientas entendida por Él, aunque nadie más te entienda.
Muchas mujeres me han dicho: «Magie, ora por mi necesidad porque Dios sí te escucha.» Y cada vez quisiera que supieran que Él las ha estado escuchando a ellas todo este tiempo. A ti también.
Por eso no voy a orar en tu lugar. Voy a orar contigo, en voz alta, por la que ora bajito para que nadie le pregunte, por la que se cansó de explicar, por la que ya perdió la cuenta de cuántas veces ha dicho los mismos nombres.
Padre, Tú escuchas a la mujer que lleva años orando por sus hijos en voz baja. Tú has visto cada lágrima de esas oraciones, aunque nadie más las conozca. Tú la entiendes cuando los demás no. Quítale la etiqueta de la que no encaja y dile otra vez que contigo sí encaja. Recibe lo poco que trae hoy, aunque solo sean los nombres de sus hijos, y haz con eso lo que solo Tú puedes hacer. Dale fuerzas para no rendirse ahora. Y un día llénale la boca de risa por sus hijos, para que cuente lo que hiciste. En el nombre de Jesús, amén.
Mañana vas a volver a orar bajito, y quizás lo mismo de hoy. No sé qué día te toca a ti el de la risa. Pero el salmo lo cantó gente que ya lo había vivido, y el que hizo grandes cosas con ellos es el mismo que te está escuchando a ti. Nada de lo que le dices en voz baja se le pierde.
En el capítulo dos de Una Madre de Rodillas está Ana, una mujer que oró años por un hijo que no llegaba, con Penina al lado burlándose de ella para irritarla. La Biblia dice que tenía amargura de alma. Ahí cuento cómo derramó su corazón delante de Dios y, antes de tener nada en las manos, comenzó a comer de nuevo y ya no estuvo triste. Por la fe celebró antes de ver su respuesta. Y cuento también lo que Dios hizo después con su boca: le quitó el gemido y puso en ella un canto de alabanza. Si hoy a ti la boca solo te alcanza para orar bajito, ahí vas a encontrar a una mujer que oró igual que tú.
Con amor y oraciones,
Magie de Cano
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