Soltaste algo que sabías que tenías que soltar, y desde entonces no ha pasado nada. Ni una respuesta, ni una señal, ni una palabra que te diga que vas bien. Tengo la certeza de que ese silencio no es el final de tu historia.
Puede haber sido un trabajo, una relación, una casa, una manera de vivir que ya no podías seguir sosteniendo. Te dolió, y aun así lo hiciste, porque aunque fue doloroso, sabías que era lo correcto. Pensabas que del otro lado ibas a encontrar algo, aunque fuera una pista. Lo que encontraste fueron días iguales, oraciones que se quedan en el aire y un cielo que no contesta. Sigues levantándote, sigues orando aunque ya sea más por costumbre que con ganas, y cada día revisas a ver si algo cambió. Te agarras de lo que alguna vez creíste que Dios te había prometido, y a veces se te resbala de las manos. Ha pasado demasiado tiempo. Se está volviendo demasiado difícil. Y a veces simplemente quieres rendirte.
Lo que más pesa no es el silencio. Es lo que el silencio te pone a pensar. Que si Dios no dice nada es porque no hay nada que decir. Que quizá lo entendiste mal. Y una pregunta que guardas porque da miedo oírla en voz alta: ¿y si me equivoqué al soltar?
La ventana todavía oscura
Hay días en que te levantas y la ventana sigue oscura. Afuera no se ve nada: ni la calle, ni el cielo, ni si va a llover. Y de todos modos te vistes y sales, porque hay cosas que no esperan a que se vea. Caminas sin saber bien qué vas a encontrar.
Así es lo que estás viviendo. Te levantas, buscas a Dios, y la ventana sigue igual. No hay nada afuera que te diga que algo se movió.
Hubo un día así en la historia más importante de todas. Entre el día en que mataron a Jesús y el día en que resucitó, hubo un día entero en medio. El viernes hubo ruido: la gente gritando, la tierra que tembló, las palabras de Jesús desde la cruz. El domingo hubo gritos de alegría cuando se supo que estaba vivo. Pero el sábado solo hubo silencio. Ni un sonido del cielo. Nadie oyó voces, nadie vio ángeles, nadie predicó nada. Solo silencio.
Ahí es donde muchas han estado por mucho tiempo. Y puede ser que tú también.
Cuando todavía estaba oscuro
Una de las mujeres que seguían a Jesús se llamaba María Magdalena. Él la había sanado, ella había caminado con Él por los pueblos, y ese viernes lo vio morir. Vio también dónde lo pusieron: un sepulcro cavado en la roca, tapado con una piedra grande. Hasta donde María sabía, Jesús estaba muerto. Todo había terminado. Y aun así, pasado ese sábado callado, se levantó y fue. No iba a ver un milagro. Iba a un sepulcro cerrado, porque era el único lugar donde sabía encontrarlo. El evangelio de Juan lo cuenta así:
Juan 20:1 Muy de mañana, el primer día de la semana, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que habían quitado la piedra de la entrada.
Quédate con esa frase chiquita: cuando todavía estaba oscuro. No había nada que indicara que algo había cambiado. María no salió porque hubiera visto algo. Salió sin ver nada, y fue.
Y cuando llegó, la piedra ya no estaba. Jesús había dicho varias veces que al tercer día iba a resucitar, y al tercer día resucitó. Dios cumplió exactamente lo que había dicho, en el día que había dicho, aunque el sábado nadie oyera nada. El silencio de ese día no quería decir que Dios se había ido. Quería decir que todavía no era domingo.
Porque es cuando todavía está oscuro que todo puede cambiar.
Ir aunque no se vea nada
No tienes que esperar a ver algo para moverte. Lo que puedes hacer hoy es más chiquito que eso, y se parece mucho a lo que hizo María.
Lo primero es decirte, en una sola frase, algo que sabes de Dios y que no depende de lo que estás viendo. Que es bueno. Que no miente. Que lo que empieza lo termina. Escríbelo y léelo cuando el silencio pese. Lo que sabes de quién es Él no cambió porque esta semana no lo sentiste.
Lo segundo es ir al lugar donde Él puede estar, aunque no sientas nada. María fue al sepulcro sin esperar nada. Tú puedes abrir la Biblia aunque las palabras se te queden planas, ir a la iglesia aunque salgas igual que como entraste, orar aunque sea para decirle que no lo oyes. Ir sin sentir también es buscarlo.
Y lo tercero es no sacar conclusiones a oscuras. Que te equivocaste, que Dios se fue, que ya no vale la pena: eso no se decide con la ventana oscura. Déjalo para después. Por hoy basta con vestirte y salir.
Ir de todos modos, aunque no veas nada, ya es fe.
Que el silencio de este día no te convenza de que es el último. A María también le tocó un sábado, y no fue el final de su historia.
Yo también he buscado a Dios sin oír nada, y he seguido yendo más por terquedad que por ganas. Lo que hoy sé es que, aunque yo no lo oyera, Él no se había ido a ningún lado.
No esperemos a que se vea algo. Si soltaste lo que sabías que tenías que soltar y desde entonces todo está callado, si te levantas cada día buscando una señal que no llega, si ya te dan ganas de rendirte, te pongo delante de Dios así como estás, con la ventana todavía oscura.
Señor, Tú sabes lo que ella soltó. Lo soltó porque sabía que tenía que hacerlo, y desde entonces no ha oído nada de Ti. Se levanta, te busca, y la ventana sigue oscura. No dejes que lo que hoy no ve le quite lo que sabe de Ti. Guárdala de decidir a oscuras que se equivocó o que Tú te fuiste. Dale fuerzas para ir de todos modos, como fue María, al lugar donde Tú estás. Sostenla en este silencio con la misma fidelidad con que cumpliste tu palabra al tercer día. En el nombre de Jesús, amén.
Es posible que te levantes otra vez y afuera siga sin verse nada, y que este silencio dure más de lo que quisieras. El día de lo tuyo lo tiene Dios, no yo. Lo que sí sé es que con María cumplió el suyo al pie de la letra, y que sigue siendo el mismo. El que guardó ese domingo mientras todos callaban está guardando también lo tuyo.
Lo que viene después de ir a oscuras está en el día veintisiete de De la Vergüenza a la Victoria, Brilla en la oscuridad. Ahí escribí que ninguna de las mujeres que aparecen en los Evangelios volvió a su vida de antes, y María Magdalena es una de ellas. Ahí está también la mujer de Proverbios cuya lámpara no se apaga, y lo que mantenía encendidas las lámparas del templo: aceite de oliva puro. Hoy te toca ir sin ver. Ese día te enseña a ser luz para otra que todavía no ve.
Con amor y oraciones,
Magie de Cano
Recibe la palabra profética en tu correo electrónico.
