Hoy quiero hablarle a tu corazón de madre. Ese corazón que a veces siente que se va a detener de la angustia cuando ves ciertas actitudes en tus hijos.
Sé que hay noches en las que no duermes esperando escuchar la llave en la puerta. Sé que hay momentos en los que miras a ese hijo o a esa hija —que antes era un niño dulce que corría a tus brazos— y sientes que estás viendo a un desconocido. Ves la rebeldía en sus ojos. Ves las malas amistades que lo rodean. Ves cómo el mundo, con sus ideas confusas y sus vicios, parece estar arrastrándolo lejos de todo lo que tú le enseñaste.
Es un dolor desgarrador, ¿verdad? Quizás es el dolor más grande que una mujer puede sentir. Te sientes culpable. Te preguntas: «¿Qué hice mal?», «¿En qué fallé?», «¿Por qué no me escuchan?».
Intentas hablar con ellos y parece que le hablas a una pared. Intentas aconsejarlos y te dicen que eres anticuada, que no entiendes nada. Y te sientes impotente. Sientes que tus manos son demasiado cortas para salvarlos, que tu voz es demasiado débil contra el ruido del mundo y que poco a poco se te están escapando de las manos.
Te veo secándote las lágrimas en la cocina para que no te vean llorar. Te veo doblando rodillas al lado de tu cama, cansada, con el corazón roto, pidiéndole a Dios un milagro que parece no llegar.
Quiero abrazarte fuerte y decirte esto: No es tu culpa. El mundo de hoy es agresivo, es feroz y está diseñado para robarse la identidad de nuestros hijos. Entiendo tu miedo. Entiendo tu desesperación. Es válido que sientas que ya no tienes fuerzas para pelear.
Pero, mamá… quiero recordarte algo que el dolor te ha hecho olvidar: Donde tus manos de madre no llegan, las manos de Dios sí alcanzan.
Tú no puedes estar en todas las fiestas, ni en todos los chats de WhatsApp, ni en cada lugar donde ellos van. Pero el Espíritu Santo sí puede. Y hay un poder que tú tienes, que es más fuerte que cualquier mala influencia, más fuerte que cualquier vicio y más fuerte que cualquier rebeldía: El poder de Una Madre de Rodillas.
Quizás hoy tus palabras rebotan en su corazón duro, pero tus oraciones están martillando en el Cielo. Ninguna lágrima que has derramado por tu hijo ha caído al suelo; todas han caído en la copa de Dios. Tú ves el presente oscuro, pero Dios ve el futuro glorioso.
No te rindas, mamá. Aunque hoy te cierren la puerta en la cara, aunque hoy te digan que te odian, aunque hoy parezca que están perdidos… Dios sigue trabajando. La historia de tus hijos no termina en este capítulo de rebeldía. Termina en victoria.
Oración de la Madre que Entrega la Carga
«Señor, hoy vengo como una madre cansada. Me duele el alma ver a mis hijos lejos de Ti. Siento miedo de que el mundo me los gane. Pero hoy, decido cambiar mi angustia por confianza. Reconozco que yo no puedo cambiarlos, pero Tú sí. Donde mis manos no llegan, envío Tu Espíritu Santo. Donde mis consejos no entran, que entre Tu voz. Cerco a mis hijos con vallado de fuego. Declaro que volverán del territorio del enemigo. Seca mis lágrimas de tristeza y cámbialas por lágrimas de guerra. No me rindo. Mis hijos son tuyos y Tú no pierdes batallas. En el nombre de Jesús, Amén.»
Amada, para pelear por tus hijos, necesitas estar fuerte tú primero. Una madre derrumbada no puede levantar a nadie.
En Una Madre de Rodillas, te enseño cómo recuperar tu autoridad espiritual y cómo orar de una manera que rompa cadenas, para que dejes de orar desde el miedo y empieces a orar desde la victoria. Tus hijos necesitan a esa guerrera.
Levanta tus brazos y fortalécete aquí: unamadrederodillas.com
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