¿Por qué a veces extrañamos lo que nos hacía daño?

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¿Por qué a veces extrañamos lo que nos hacía daño? - Las Cartas de Magie

Hablemos con el corazón en la mano un momento. Sé que hay días en este proceso de transformación en los que te sientes agotada. Has caminado mucho, has orado mucho, y sin embargo, miras a tu alrededor y parece que el paisaje no cambia. Sigues en el «medio».

Ya no eres la mujer que eras antes (gracias a Dios), pero tampoco has llegado a ser la mujer que sueñas ser. Estás en el desierto. Y tengo que validarte esto: El desierto asusta.

Asusta porque no hay mapas. Asusta porque a veces la provisión no se ve por ningún lado. Asusta porque el silencio es fuerte. Y es justo en esos momentos de vulnerabilidad, cuando cae la noche y el frío entra en los huesos, que nuestra mente nos juega una trampa muy humana y muy peligrosa: La Nostalgia Selectiva.

«Al menos allá sabía qué esperar…»

Cuando la incertidumbre del futuro nos abruma, el pasado empieza a verse extrañamente atractivo. No porque fuera bueno, sino porque era conocido.

Te sorprendes pensando: «Quizás no debí haber renunciado a ese trabajo… sí, me trataban mal, pero el cheque llegaba seguro cada quincena.» «Quizás fui muy dura al terminar esa relación… sí, lloraba casi todos los días, pero al menos tenía con quién cenar los domingos.»

¿Te ha pasado? A mí también. Es esa vocecita que nos susurra que la «seguridad» de la esclavitud es mejor que la inseguridad de la libertad.

La Trampa de la Memoria

Hay una historia en la Biblia que me conmueve porque es el espejo perfecto de nuestro corazón. Cuando el pueblo de Israel estaba en el desierto, cansado y con hambre, empezaron a llorar y dijeron: «¡Cómo extrañamos el pescado que comíamos gratis en Egipto! ¡Y los pepinos, las cebollas y los ajos!».

Me da tanta ternura y a la vez tanta tristeza leer eso. Su miedo era tan grande que borró el látigo de su memoria. Recordaban el sabor de la comida, pero olvidaron el dolor de la esclavitud. Olvidaron que ese pescado «gratis» les costaba la libertad de sus hijos.

Y nosotras, amada, hacemos lo mismo. Romantizamos lo que nos hacía daño solo porque tenemos miedo de confiar en que Dios tiene algo mejor adelante. Empezamos a extrañar las «cebollas» de Egipto (lo poco, lo tóxico, lo que nos hacía llorar) porque el maná del cielo nos exige fe diaria.

El Desierto no es tu Casa, es tu Escuela

Quiero abrazarte con estas palabras: No estás retrocediendo, estás en transición. Esa incomodidad que sientes hoy no es una señal de que te equivocaste al salir de tu «Egipto»; es la señal de que estás creciendo.

El desierto no es un lugar para quedarse a vivir, es un pasillo. Dios permite este tiempo no para castigarte, sino para sacar la mentalidad de esclava de tu corazón. Él te está enseñando que no necesitas las migajas del pasado, porque te estás dirigiendo a una tierra donde fluye leche y miel.

No permitas que el miedo te haga volver a tocar puertas que Dios ya cerró. No construyas una casa en el lugar de paso. Sécate las lágrimas, respira profundo y recuerda: Lo que te espera adelante es infinitamente mejor que lo que dejaste atrás.

¿Te sientes tentada a mirar atrás porque el camino se puso difícil?

El desierto es el lugar donde más necesitamos compañía y dirección, porque es donde la mente más nos ataca. En Mujer Totalmente Nueva, no solo te doy herramientas para sobrevivir el desierto, sino para que salgas de él con una identidad inquebrantable, lista para poseer tu tierra prometida.

No vuelvas atrás. Tu futuro te espera aquí: mujertotalmentenueva.com





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