Para la madre que no sabe en qué momento perdió a sus hijos

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Para la madre que no sabe en qué momento perdió a sus hijos - Las Cartas de Magie

Cierra los ojos un momento y recuerda.

La calle de tierra, el grupo de niños corriendo sin rumbo fijo, las rodillas raspadas, los zapatos llenos de lodo. Alguien encontró un insecto enorme debajo de una piedra y todos se juntaron a verlo como si fuera el descubrimiento del siglo. No había plan, no había horario, no había adulto organizando el juego. Solo la tarde, la libertad y la promesa de que cuando las lámparas de la calle se encendieran, era hora de volver a casa.

Esa lámpara era la señal. No hacía falta que tu mamá saliera a buscarte. Tú sabías. Y regresabas sudada, despeinada, con algo de tierra en la ropa y una historia que contar en la cena.

Hoy esa escena casi no existe.

Y no es solo nostalgia. Es que algo cambió en el mundo, y con ello cambió algo en la manera en que nuestros hijos crecen. Las calles que antes eran el patio de juegos se volvieron un peligro real o al menos así lo sentimos. Entonces los resguardamos. Los metimos adentro. Los protegimos de lo que estaba afuera.

Y sin querer, sin planearlo, les abrimos la puerta a algo adentro.

Porque en algún momento entre el trabajo, las facturas, el cansancio acumulado y la lista interminable de cosas por resolver, el teléfono o la tableta se convirtieron en la solución más rápida. Quietos. Entretenidos. Sin peligro. Y nosotras podíamos respirar cinco minutos, que en realidad eran treinta, que en realidad eran dos horas, que en realidad se fueron convirtiendo en la rutina de cada tarde.

No te estoy señalando. Te estoy describiendo.

Porque eso no es una madre irresponsable. Eso es una madre agotada que estaba haciendo lo que podía con lo que tenía. Pero hay algo que muchas cargamos en silencio y que cuesta admitir: no sabemos bien en qué momento ocurrió. En qué momento la pantalla pasó de ser una distracción ocasional a ser el primer lugar al que nuestros hijos van cuando están aburridos, cuando están tristes, cuando quieren compañía.

Y lo más doloroso no es lo que están viendo. Es que ya no sabemos bien qué están viendo.

En Una Madre de Rodillas hay algo que escribí y que todavía me pesa cuando lo leo. Infinidad de madres repiten la misma frase: «La tecnología los ha perdido.» Y yo entiendo ese dolor. Pero la verdad que el Señor me mostró es más profunda y más incómoda. El problema no es la pantalla. El problema es que el enemigo encontró una puerta que nadie estaba cuidando. No porque seamos malas madres. Sino porque estábamos peleando en demasiados frentes a la vez y nadie nos enseñó que esa puerta también necesitaba guardia.

El enemigo no necesita patear puertas. Solo necesita que nadie esté parado en la entrada.

«Sed sobrias y velad, porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar.» 1 Pedro 5:8

Velar no es paranoia. Es maternidad espiritual. Es entender que la batalla por el corazón de nuestros hijos no se gana gritando contra una pantalla sino arrodillándose delante de Dios para pedirle sabiduría, discernimiento y estrategia. Porque esta guerra no se pelea con reglas solamente. Se pelea con oración.

Sé exactamente cómo se siente cargar esto. Y hoy no quiero dejarte ir sin orar juntas.

Padre, hoy vengo delante de ti con honestidad. Hubo momentos en que estaba tan cansada, tan ocupada, tan sumergida en mis propias batallas, que no vi lo que estaba pasando en el corazón de mis hijos. No lo hice con mala intención. Pero hoy reconozco que hubo puertas que dejé sin guardar. Te pido perdón y te pido sabiduría. Dame ojos para ver lo que ellos están viviendo por dentro, no solo lo que muestran por fuera. Dame estrategia para pelear esta batalla de rodillas y no solo con reglas. Cubre a mis hijos hoy, cada uno por nombre, con tu sangre y tu autoridad. Que ningún instrumento del enemigo tenga acceso a lo que tú escribiste sobre sus vidas. En el nombre de Jesús, amén.

He estado donde tú estás. Con esa misma sensación de que algo se escapó entre los dedos sin saber exactamente cuándo. Y aprendí que una madre que ora con estrategia no está reaccionando al síntoma, está atacando la raíz. Que la diferencia entre una madre preocupada y una madre guerrera no es el amor que tienen por sus hijos, porque las dos los aman con todo. La diferencia es saber dónde se pelea esta batalla.

Si hoy algo se movió en tu corazón y quieres aprender a pelear esta batalla de rodillas, escribí este libro para ti: unamadrederodillas.com

No estás tarde. Y no estás sola.





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