Para la madre que siente que está perdiendo a su hijo

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Para la madre que siente que está perdiendo a su hijo - Las Cartas de Magie

Hubo un tiempo en que las negociaciones eran simples.

Si el brócoli se convertía en arbolitos de un bosque diminuto, tal vez se comía uno. Si terminaba las verduras, habría una galleta al final. Las reglas del juego eran claras y tú conocías cada movimiento. Conocías sus miedos, sus caprichos, sus trucos. Sabías exactamente qué decir para hacerlo reír, para calmarlo, para convencerlo de que todo iba a estar bien.

Hoy ya no sabes qué decir.

En algún momento, sin que nadie te avisara, las reglas cambiaron. El hijo que cabía en tus brazos creció y con él creció también una distancia que no recuerdas haber sembrado. Hay silencios donde antes había conversaciones. Hay miradas que dicen «no me entiendes» donde antes había complicidad. Y tú te quedaste con los brazos llenos de un amor que él parece no querer recibir.

No es que sea un mal hijo. No es eso.

Es que algo cambió. Lo ves tomar decisiones y algo en tu interior se mueve. No es control, no es sobreprotección. Es esa intuición que Dios le dio a las madres, esa capacidad de ver antes de que sea evidente, de sentir antes de que haya pruebas. Tu instinto dice que algo no está bien. Que hay una dirección que no le conviene. Que si no pasa algo pronto, las consecuencias van a llegar solas.

Y lo más doloroso no es verlo alejarse de ti. Es verlo alejarse de Dios. Porque tú sabes lo que cuesta aprender ciertas cosas por el camino difícil. Tú pagaste precios que él no sabe. Y quisieras poder transferirle esa sabiduría, esa experiencia, ese conocimiento, pero él todavía no tiene oídos para escucharla.

Entonces te preguntas en silencio lo que ninguna madre quiere admitir en voz alta: ¿en qué momento dejé de ser su refugio para convertirme en el obstáculo?

Yo estuve ahí.

Hubo una temporada en que vi a una de mis hijas tomar un rumbo que me preocupó. No porque fuera una mala persona, sino porque como madre veía lo que ella todavía no podía ver. Intenté hablar. Intenté acercarme. Y hubo un momento en que entendí que mis palabras habían llegado al límite de lo que podían hacer. Que había una batalla que no se peleaba con conversaciones sino de rodillas.

Tomé una decisión. Cada mañana, cuando ella salía, yo entraba a su habitación. Ungía sus zapatos declarando que sus pies no caminarían fuera del propósito de Dios. Oraba sobre su ropa, sobre su cama, sobre cada objeto que ella había tocado. No esperé a que las consecuencias llegaran para actuar. Actué desde ese primer instinto, desde esa primera señal que Dios le da a las madres que están atentas.

Fueron 52 días de oración que no se sentían heroicos. Se sentían agotadores, silenciosos, a veces desesperantes. Pero el día 53, algo cambió.

No en ella primero. En mí.

En mi manera de mirarla. En mi manera de soltarla. En la paz que empecé a sentir al entender que yo podía poner sus pies en las manos de Dios aunque ella no lo supiera. Y con el tiempo, Dios movió lo que yo nunca hubiera podido mover con mis palabras.

«Reprime tu llanto, las lágrimas de tus ojos, pues tus obras tendrán su recompensa: tus hijos volverán del país enemigo.» Jeremías 31:16

Eso no es una promesa para cuando ya sea demasiado tarde. Es una promesa para ahora, para el primer momento en que tu instinto de madre te dice que algo no está bien. Ese instinto no es paranoia. Es una señal para arrodillarte antes de que las consecuencias lleguen solas.

No esperes al portazo. No esperes a la crisis. El momento en que algo se mueve dentro de ti es el momento de actuar. Y el arma más poderosa que tienes no es la conversación correcta ni la estrategia perfecta. Es la oración de una madre que se niega a soltar a su hijo al mundo sin haberlo puesto primero en manos de Dios.

Sé exactamente cómo se siente cargar esto. Y hoy no quiero dejarte ir sin orar juntas.

Padre, hoy vengo delante de ti por este hijo que siento que se me escapa entre los dedos. Tú lo conoces mejor que yo. Conoces cada decisión que está tomando, cada influencia que lo rodea, cada lugar al que va cuando yo no estoy. Yo no puedo seguirlo a todos lados. Pero tú sí. Hoy pongo sus pies en tus manos y declaro que no caminarán fuera de tu propósito. Que cada camino que tome te encuentre a ti esperándolo. Que tu voz sea más fuerte que cualquier otra voz que le habla hoy. Dame sabiduría para saber cuándo hablar y cuándo arrodillarme en silencio. Y donde yo no puedo llegar, llega tú primero. En el nombre de Jesús, amén.

He aprendido que una persona no puede escapar toda una vida de las oraciones perseverantes de una madre. Esas oraciones los persiguen. No los sueltan. Y si hoy tu instinto te dice que es momento de actuar, este libro fue escrito para darte las armas que necesitas.

Si hoy algo se movió en tu corazón y quieres aprender a pelear esta batalla de rodillas, escribí este libro para ti: unamadrederodillas.com

Las oraciones de una madre no tienen fecha de vencimiento.





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