¿Sigues jugando a las escondidas con Dios?

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¿Sigues jugando a las escondidas con Dios? - Las Cartas de Magie

De niña, las escondidillas tenían una regla no escrita que nadie te enseñaba pero todos conocían.

Si te escondías demasiado bien, si encontrabas el rincón perfecto detrás del árbol más oscuro del patio, podía pasarte algo peor que perder. Podía pasarte que nadie te encontrara. Que el juego terminara sin que nadie supiera que todavía estabas ahí. Que al salir de tu escondite descubrieras que todos ya se habían ido a merendar, a sus casas, a otra cosa. Y tú seguías esperando que alguien llegara a buscarte.

No sé si te pasó alguna vez. A mí me pasó. Y lo que recuerdo no es el triunfo de haberme escondido bien. Recuerdo la vergüenza silenciosa de salir sola, sin que nadie notara que había estado ahí todo ese tiempo.

Muchas mujeres adultas siguen en ese rincón.

No porque quieran. Sino porque en algún momento de la vida aprendieron que esconderse era más seguro que ser vista. Que si no levantas la mano, no te equivocas en público. Que si no dices lo que piensas, nadie puede usarlo en tu contra. Que si te haces pequeña lo suficiente, el dolor no te encuentra tan fácil.

Y funcionó. Por un tiempo.

Pero el escondite que empezó como refugio se fue convirtiendo en costumbre. Y la costumbre en identidad. Y un día te diste cuenta de que ya no recuerdas cómo se siente ocupar el espacio que te pertenece. Que tienes opiniones que no dices, sueños que no nombras, y una versión de ti misma que lleva años esperando que alguien la invite a salir.

Y la parte que más duele no es estar escondida.

Es que dejaste de esperar que alguien viniera a buscarte.

Hay una mujer en el evangelio de Lucas que Jesús encuentra encorvada. Dieciocho años cargando esa postura. Dieciocho años sin poder enderezarse, sin ver el horizonte de frente, sin levantar la mirada. La Biblia no dice que ella lo llamó. Dice que Él la vio. Y en medio de la sinagoga, con todos mirando, Jesús le habla directamente: «Mujer, eres libre.» (Lucas 13:12) No le preguntó cuánto tiempo llevaba así. No le pidió que se esforzara más. La llamó, y ella salió del lugar donde había estado doblada.

Dios no necesita que te hayas escondido bien para encontrarte.

Pero sí necesita que salgas.

Señor, hoy vengo por esta mujer que lleva tiempo en su escondite. Que empezó a esconderse para protegerse y ya no recuerda el camino de regreso. Tú la ves. Sabes el rincón exacto donde está. Habla hoy más fuerte que el miedo que la tiene quieta. Dile que el juego no terminó sin ella. Que todavía hay espacio para ella en la mesa, en la conversación, en el propósito que escribiste para su vida. Dondequiera que ella esté encorvada, di hoy lo que dijiste en esa sinagoga: eres libre. Y danos a las dos el valor de salir. En el nombre de Jesús, amén.

Hay un libro que escribí para la mujer que lleva tiempo esperando en su rincón. No para la que ya sabe quién es y adónde va, sino para la que todavía no se atreve a salir porque tiene miedo de que nadie esté esperándola del otro lado. Treinta días, un paso a la vez, para volver a ocupar el espacio que siempre fue tuyo. El día 28 de ese devocional se llama exactamente así: Sal de tu escondite. Porque hay un momento en el proceso donde Dios deja de prepararte para salir y simplemente te dice: ya es tiempo. Se llama Mujer Totalmente Nueva, y si hoy algo de lo que leíste te suena conocido, creo que fue escrito para ti.

mujertotalmentenueva.com





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