Sé de alguien cuya historia me detuve a releer la primera vez que la encontré.
Era huérfana. Criada por un primo que la adoptó como hija propia. Sin apellido poderoso, sin nadie que la calificara para el lugar donde terminó. Y sin embargo terminó en un palacio.
Pero eso no es lo más impresionante de su historia.
Lo más impresionante es lo que hizo cuando todo dependía de ella.
Había una regla en ese palacio: nadie entraba al rey sin ser llamado. Nadie. La ley era clara y las consecuencias también. Pero había algo que solo ella podía hacer. Y tenía que decidir si lo hacía o no.
Conocía el riesgo. Lo entendía perfectamente. No era ingenuidad lo que la movió. Era otra cosa.
¿Te suena familiar ese momento?
No el palacio ni el rey ni la ley antigua. Sino ese momento específico en el que sabes que hay algo que solo tú puedes hacer. Que hay una puerta frente a ti. Una conversación pendiente, una decisión postergada, un paso que llevas tiempo sin dar. Y que el miedo no es que no sepas qué hacer, sino que sabes exactamente qué hacer y eso es precisamente lo que lo hace tan difícil.
El problema no es la ignorancia. Es el umbral.
Hay mujeres que llevan meses, a veces años, paradas frente a una puerta que saben que deben cruzar. Una puerta que tiene su nombre. No la de otra persona, la de ellas. Y que sin embargo no han cruzado porque esperan sentir algo diferente antes de dar el paso. Más seguridad. Más certeza. Más señales de que el momento es el correcto.
Pero la seguridad no llegó antes del paso. Llegó después.
Esta mujer de la que te hablo se llama Ester. Y lo que dijo antes de entrar al rey no fue una declaración de valentía. Fue una declaración de rendición: «Si perezco, que perezca.» (Ester 4:16) No era temeridad. Era la decisión de una mujer que entendió que hay cosas más grandes que el miedo que siente.
Ella no entró porque dejó de tener miedo. Entró porque decidió que el miedo no iba a ser la última palabra.
Y el rey extendió el cetro.
Pero eso no lo sabía antes de dar el paso.
Hay una frase que escribí en este devocional que no puedo dejar de pensar cuando estoy frente a algo que me da miedo: sé valiente aunque aún no lo seas. Porque la valentía no es la ausencia del miedo. Es dar el paso mientras el miedo todavía está ahí. Y hay mujeres que están esperando que el miedo desaparezca antes de moverse, sin saber que el movimiento es lo que hace que el miedo pierda su poder.
Y si hoy estás parada frente a una puerta, si hay algo que llevas tiempo sin hacer porque esperas sentirte lista, quiero que sepas algo antes de que sigamos: la preparación que estás esperando ya llegó. El problema no es que no estés lista. Es que todavía no has dado el paso.
Hay Alguien que ya extendió el cetro. Solo falta que entres.
Oremos.
Padre, hoy vengo por la mujer que está parada en el umbral. Que sabe exactamente qué tiene que hacer y que lleva tiempo sin hacerlo porque espera sentirse lista. Hoy dile que la valentía no es la ausencia del miedo sino la decisión de moverse a pesar de él. Que el cetro ya está extendido. Que la puerta que tiene frente a ella tiene su nombre. Dale hoy el empuje que necesita para dar ese primer paso. Y donde el miedo hable más fuerte que tu voz, habla tú más fuerte que el miedo. En el nombre de Jesús, amén.
Esa oración no es el final del proceso. Es el primer paso dentro de él. Escribí Mujer Totalmente Nueva para la mujer que está lista para cruzar el umbral pero necesita acompañamiento en el camino. El Día 20 de ese devocional se llama exactamente así: Sé valiente aunque aún no lo seas. Porque hay una diferencia entre esperar la valentía y decidir actuar antes de que llegue.
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