¿Alguna vez has estado en medio de una crisis y ves que nadie quiere moverse?
Que todos ven el problema. Que todos saben lo que hay que hacer. Pero nadie da el primer paso.
Yo sí conozco a alguien que estuvo exactamente ahí.
Tenía una vida ocupada. Responsabilidades. Un hogar. Cosas que atender. Y sin embargo, era a ella a quien la gente buscaba cuando nadie más sabía qué hacer. Se sentaba bajo una palmera entre dos pueblos y desde ahí resolvía lo que nadie más podía resolver.
Hasta que llegó la crisis más grande.
Y volvió a pasar lo mismo: todo el mundo esperando que alguien se moviera. Esperando al líder. Al general. A cualquiera. Menos a ella.
¿Te suena familiar?
Hay mujeres que llevan años esperando que alguien más se levante. Que esperan al líder, al pastor, al esposo, al hijo, a cualquiera que tome la iniciativa que ellas claramente pueden ver pero que sienten que no les corresponde tomar. Que tienen la respuesta pero esperan que alguien más la diga primero. Que caminan con una convicción profunda que han aprendido a silenciar porque no quieren parecer demasiado.
Y mientras esperan, las aldeas siguen vacías.
Esta mujer de la que te he estado hablando, tal vez ya la conoces. Se llama Débora. Y si no la conoces, permíteme presentártela.
Era jueza, profetisa, esposa y estratega militar. La Biblia dice que se sentaba bajo una palmera entre Ramá y Betel, y que el pueblo de Israel subía a ella para que resolviera sus conflictos. No era un lugar de poder convencional. Era un árbol. Y desde ese árbol, ella sostenía a un pueblo entero.
Cuando llegó la crisis más grande, Débora convocó a Barac, el general del ejército. Le dijo que era tiempo de moverse, que Dios ya había entregado la victoria. Y entonces pasó algo que me parece uno de los momentos más reveladores de toda esa historia: Barac, el hombre con el ejército, el que tenía el entrenamiento y las armas y los soldados, le respondió: «Si tú vas conmigo, yo iré. Pero si tú no vas, yo tampoco voy.»
El general no quería moverse sin ella.
No porque ella fuera más valiente que él. Sino porque había algo en Débora que Barac reconocía aunque no supiera nombrarlo. Una autoridad que no venía de su cargo. Una claridad que no dependía de las circunstancias. Una seguridad que, según el libro de Jueces, no provenía de su intelecto sino de su intimidad con Dios.
Ella fue. Y ganaron.
No porque no tuviera miedo. Sino porque entendió algo que muchas mujeres tardan años en entender: que esperar a que otro se levante cuando tú eres la respuesta no es humildad. Es postergación.
Jueces 5:7 registra sus propias palabras: «Las aldeas quedaron abandonadas en Israel, hasta que yo Débora me levanté, me levanté como madre en Israel.»
Ella misma dijo: yo me levanté. Nadie la empujó. Nadie la nombró. Ella reconoció el momento y decidió moverse.
Hubo una temporada en mi vida donde atravesábamos un desierto como familia. Estábamos abatidos, pero buscando a Dios con insistencia. Recuerdo que estaba en un evento, orando con los ojos cerrados, cuando sentí la mano de alguien sobre la mía. Me preguntó cómo me llamaba. Le di mi nombre. Y sin pausa, sin dudar, él dijo: «No te llamas así. Tu nombre es Débora.»
Me quedé en silencio.
Tardé tiempo en entender lo que eso significaba. Pero lo que Dios me decía no era que yo era especial. Era que había una posición que me esperaba. Y que mientras yo esperaba sentirme lista, las aldeas seguían vacías.
Y si hoy reconoces algo de esto en ti, si hay un lugar en tu vida donde ves lo que nadie más parece ver, donde sientes que deberías moverte pero esperas que alguien más lo haga primero, quiero que sepas algo antes de que sigamos: el momento ya llegó. La palmera ya está ahí. La pregunta no es si estás lista. Es si vas a levantarte.
Oremos.
Padre, hoy vengo por la mujer que lleva la respuesta pero ha estado esperando que alguien más la diga. Que tiene una convicción profunda que ha aprendido a silenciar. Que camina con una claridad que no siempre sabe de dónde viene. Hoy dile que su nombre también es Débora. Que las aldeas que están vacías en su entorno no lo están porque nadie puede llenarlas, sino porque ella todavía no se ha levantado. Dale el valor de moverse. De abrir la boca. De tomar el lugar que lleva tiempo esperándola. Y donde el miedo le diga que no le corresponde, recuérdale que fue exactamente en ese árbol, bajo esa palmera, donde tú la pusiste. En el nombre de Jesús, amén.
Levantarse no es un momento. Es un proceso. Y hay un devocional que escribí para acompañar ese proceso, día a día, desde la mujer que espera hasta la mujer que se mueve. Se llama Mujer Totalmente Nueva. Porque Débora no nació siendo Débora. Llegó a serlo. Y tú también puedes.
Recibe la palabra profética en tu correo electrónico.
