Conozco a alguien que llevaba décadas esperando algo que todavía no había llegado.
¿Te identificas?
En su caso no era amargura lo que la sostenía. Era otra cosa. Algo más difícil de nombrar y más difícil de mantener con el tiempo.
Imagínate: te casas joven. Construyes una vida con alguien. Siete años. Y de repente, eso que estabas construyendo termina. No porque lo eligieras. Sino porque la vida a veces hace eso, llega sin avisar y cambia todo lo que creías que tenías.
Ella quedó viuda.
Y en lugar de reconstruir su vida de otra manera, eligió quedarse en un solo lugar. Todos los días. Todos los años. Orando, ayunando, sin apartarse.
Nadie le había pedido que hiciera eso.
Simplemente no se fue.
Y cuando finalmente llegó el momento que había estado esperando, cuando todo lo que había creído por años se materializó frente a sus ojos, ella estaba ahí. No porque tuviera suerte. Sino porque nunca se había movido.
¿Te suena familiar ese lugar?
No el templo ni los ayunos ni los años específicos. Sino ese lugar donde llevas tiempo siendo fiel a algo que todavía no puedes ver. Donde has orado tanto que ya no sabes bien cómo empezar la oración. Donde hay días en que te preguntas si el momento que esperas ya pasó sin que te dieras cuenta. Si llegaste tarde. Si hay algo en ti que hace que las cosas tarden más de lo que deberían.
La pregunta que muchas mujeres no se atreven a hacer en voz alta: ¿y si mi momento ya pasó?
Esta mujer de la que te he estado hablando se llama Ana. Y si no la conoces, permíteme presentártela.
Era profetisa. Viuda desde joven, después de solo siete años de matrimonio. Tenía ochenta y cuatro años cuando el evangelio de Lucas la menciona. Y aunque en los tiempos bíblicos las personas vivían mucho más que hoy, eso no hace la espera más corta. La hace más larga. Porque si tenía toda la vida por delante, la fidelidad que eligió no era resignación de quien ya no tiene más opciones. Era la decisión consciente de alguien que podía haber hecho cualquier otra cosa con su tiempo, y eligió quedarse.
Y dice algo de ella que me detuvo la primera vez que lo leí: no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones. (Lucas 2:37)
No se apartaba.
Décadas de viudez. Años de oración sin ver la respuesta. Y sin embargo, ahí estaba. Todos los días. Sin moverse.
Y un día ordinario, en medio de una visita ordinaria al templo, una pareja joven entró con un bebé. Y Ana lo reconoció. Vio lo que nadie más en ese momento podía ver. Y el texto dice algo que me parece uno de los detalles más hermosos de todo el Nuevo Testamento: llegando en la misma hora, daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención. (Lucas 2:38)
Llegó en la misma hora. No tarde. No temprano. Exactamente a tiempo.
Décadas de fidelidad la pusieron exactamente donde tenía que estar, en el momento exacto en que tenía que estar ahí.
El libro de los Salmos dice algo que resuena diferente cuando piensas en Ana: «Aun en su vejez, darán fruto; siempre estarán saludables y frondosos.» (Salmo 92:14) No dijo que el fruto llegaría solo en la juventud. No dijo que los mejores años eran los primeros. Dijo: aun en su vejez.
Tu momento no pasó. Estás siendo preparada para él.
Y si hoy llevas el peso de sentir que has esperado demasiado, que has sido fiel durante demasiado tiempo sin ver resultados, que hay algo en ti que sigue mostrándose aunque nadie lo esté notando, quiero que te detengas un momento aquí. No para resolver la espera. Sino para darle un nombre diferente a lo que has estado viviendo.
No es tiempo perdido. Es preparación acumulada.
Oremos.
Padre, hoy vengo por la mujer que lleva años sin apartarse. Que ha sido fiel en silencio, sin reconocimiento, sin saber exactamente cuándo llegará el momento que espera. Que algunos días se pregunta si llegó tarde, si su momento ya pasó, si hay algo en ella que hace que las cosas tarden más. Hoy dile lo que le dijiste a Ana: que la fidelidad de los años no se desperdicia. Que cada oración, cada ayuno, cada día en que eligió quedarse cuando pudo haberse ido, la fue poniendo exactamente donde necesita estar. Que su momento no pasó. Que está siendo preparada para él. Y que cuando llegue, llegará en la hora exacta. En el nombre de Jesús, amén.
Esa fidelidad que llevas tiene un destino. Y hay un devocional que escribí para la mujer que está en el proceso de descubrirlo. Se llama Mujer Totalmente Nueva. Porque Ana no llegó a ese momento a pesar de los años que esperó. Llegó gracias a ellos.
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