Tenía diez años cuando mi familia se mudó de un pueblo pequeño a la ciudad.
Y no fue simplemente un cambio de dirección. Fue perder todo lo que conocía de un día para otro. Dejé a mis amigas de toda la vida. Dejé las calles que me sabía de memoria, los vecinos que me conocían por mi nombre desde que nací. Cambié el campo abierto por edificios que no terminaban, las caras conocidas por miles de desconocidas, el ritmo lento de un pueblo por la velocidad de una ciudad que no se detenía para que yo me adaptara.
Era un mundo completamente diferente. Y yo era solo una niña intentando entender cómo pararme en él.
Y en medio de esa adaptación, tímida, todavía aprendiendo a existir en ese lugar nuevo, empecé a recibir burlas constantes de mis compañeros sobre mi apariencia, mi cabello, mi actitud. Pero hubo una frase que me marcó más que cualquier otra. Mi maestra dijo, frente a toda la clase, que a mí no me daba la cabeza para estudiar. Y que ni mi nombre le gustaba.
Nadie verificó si eso era cierto.
Yo tampoco lo verifiqué. Simplemente lo creí.
Y desde ese día empecé a callar, a apartarme, a vivir pensando que no había nada bueno en mí. No porque fuera verdad. Sino porque alguien lo dijo en el momento exacto en que yo era más vulnerable, y yo, sin saberlo, hice un acuerdo con esa mentira.
Eso es la vergüenza.
No es simplemente una emoción incómoda que aparece y se va. Es una mentira que se instala en la mente, a veces porque alguien la puso ahí, a veces porque nosotras mismas la construimos en silencio. Y una vez que la creemos, empezamos a actuar como si fuera la verdad más sólida de nuestra vida. Tomamos decisiones basadas en ella. Evitamos oportunidades basadas en ella. Nos relacionamos con otros basadas en ella. Y lo más peligroso es que después de un tiempo, ya ni siquiera la reconocemos como mentira. Se convierte simplemente en quién creemos que somos.
¿Cuál es la tuya?
Tal vez no fue una maestra. Tal vez fue un comentario de tu madre que se quedó grabado más profundo de lo que ella imaginó. Tal vez fue una relación que terminó y te dejó la idea de que no eres suficiente. Tal vez fue algo que tú mismo te dijiste tantas veces en silencio que terminó sonando a verdad.
La Biblia es clara sobre quién está detrás de esas mentiras. Juan 8:44 dice que el enemigo es mentiroso desde el principio, que no hay verdad en él. Y su estrategia no es gritar mentiras obvias que rechazaríamos de inmediato. Es susurrar mentiras pequeñas en momentos de dolor, cuando estamos más vulnerables, cuando es más fácil que las aceptemos sin cuestionarlas.
Y una vez que las aceptamos, se construye algo en nuestra mente que la Biblia llama fortaleza.
2 Corintios 10:5 dice: «Destruimos argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevamos cautivo todo pensamiento para que obedezca a Cristo.» No dice que ignoremos los pensamientos negativos. Dice que los lleves cautivos. Que los enfrentes. Que los examines antes de dejar que sigan dictando tu vida.
Hay tres pasos que aprendí a hacer cuando finalmente identifiqué la mentira que llevaba cargando desde los diez años. El primero es reconocerla: pedirle a Dios que te muestre qué acuerdos has hecho que no son ciertos. El segundo es renunciar a ella, rechazarla activamente, negarte a seguir viviendo desde ahí. Y el tercero, el más importante, es reemplazarla. No basta con dejar un vacío donde estaba la mentira. Hay que llenarlo con lo que Dios realmente dice de ti.
Yo viví años pensando que no tenía cabeza para nada importante. Hoy sé que esa frase nunca fue sobre mi capacidad. Era sobre el dolor de quien la dijo, y yo simplemente estaba ahí cuando salió.
Y si hoy reconoces una mentira que has cargado, una frase que alguien dijo o que tú misma repetiste tantas veces que ya suena a verdad, quiero que te detengas aquí un momento. No para resolverlo todo de una vez. Sino para empezar a nombrarla en voz alta, frente a Dios, antes de seguir cargándola en silencio.
Oremos.
Padre, en el nombre de Jesús, me arrepiento por haber creído y aceptado como verdad algo que no venía de ti. Hoy renuncio a esa mentira que se instaló hace tanto tiempo y que he cargado como si fuera mi identidad. Te pido que me muestres con claridad qué acuerdos hice con el enemigo, en qué momento de dolor o vulnerabilidad los acepté. Rompe hoy esa fortaleza. Y donde había una mentira, plántame ahora tu verdad. Recuérdame quién dices que soy, no quién alguien dijo que era. En el nombre de Jesús, amén.
Esa oración no borra la mentira de tu memoria. Pero le quita el poder de seguir definiéndote. Y hay un proceso completo para reemplazar lo que has creído con lo que Dios realmente dice de ti. Escribí Mujer Totalmente Nueva para acompañar ese proceso, día a día. El día 13 de ese devocional se llama Desátame, Señor. Porque hay vínculos que solo se rompen cuando finalmente nombramos la mentira que los sostiene.
Recibe la palabra profética en tu correo electrónico.
