A veces pasa sin avisar.
Vas caminando por la calle y de reojo alcanzas a ver tu reflejo en la vitrina de una tienda. Y por un segundo, no te reconoces. Sabes que eres tú, obviamente. Pero algo no encaja entre la imagen que acabas de ver y la persona que sientes que eres por dentro.
O te encuentras una fotografía tuya de hace algunos años. Y aunque sabes que eres tú, hay algo en esa mujer que te parece lejano. Como si la conocieras pero no del todo.
O peor. Te escuchas decir algo, hacer algo, reaccionar de una manera. Y por dentro alguien dice: yo no era así. ¿Cuándo empecé a serlo?
Esos son los momentos incómodos de mirarse.
No los grandes eventos. No las crisis. Son esos instantes pequeños donde algo se desalinea entre quien crees que eres y quien realmente estás siendo. Y esos instantes duelen de una manera particular, porque no se los puedes contar a nadie. ¿Cómo explicas que no te reconoces cuando desde afuera todo parece igual?
Muchas mujeres viven así. En una versión de sí mismas que no eligieron del todo.
No porque hayan hecho algo malo. Sino porque el mundo, la gente que las rodea, las expectativas que se acumularon con los años, fueron esculpiendo una versión de ellas que no siempre corresponde a la original. Cada quien empujando en una dirección. Cada quien poniendo una etiqueta. Cada quien esperando una respuesta específica. Y en algún punto, sin darse cuenta, empezaron a responder desde ese personaje construido en lugar de desde ellas mismas.
Y llega un día en que ese personaje pesa. En que ya no sabes bien cuál eres tú y cuál es la versión que aprendiste a ser para sobrevivir.
Ese es el momento donde el reflejo en la ventana se convierte en pregunta.
Y la pregunta no es solo quién soy. Es más incómoda que eso.
Es: ¿cuándo dejé de ser yo? ¿Y quién es esta que ahora responde por mí? Porque hay una parte de ti que sabe perfectamente que la persona que ves en el reflejo, la que reacciona sin pensar, la que dice sí cuando quería decir no, la que sonríe en fotos donde por dentro estaba lejos, esa persona no es del todo tú. Pero tampoco puedes decir exactamente cuándo empezó a serlo.
No hubo un día. No hubo un momento. Fue lento. Fue gradual. Fue una respuesta más aquí, un pequeño ajuste allá, un pedazo silenciado de ti misma para no incomodar, otro pedazo modificado para caber, otro pedazo olvidado porque parecía que ya no importaba.
Y cuando volteaste a ver, la mujer en el reflejo era el resultado acumulado de todos esos ajustes.
Dios tiene algo que decir sobre eso.
El Salmo 139 lo pone de una manera que a mí me detuvo la primera vez que lo leí como si fuera nuevo: «Oh Jehová, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda.» (Salmo 139:1-4)
Léelo despacio. Porque lo que David está describiendo es exactamente el opuesto de lo que sientes cuando no te reconoces.
Cuando tú no puedes distinguir cuál eres tú, Él sí. Cuando tú no sabes por qué reaccionaste como reaccionaste, Él conocía el pensamiento antes de que se convirtiera en palabra. Cuando tú no puedes identificar cuál parte es la original y cuál es la aprendida, Él te ha escudriñado en ambos estados y no ha perdido de vista quién eres realmente.
Hay una diferencia enorme entre estar perdida y estar desalineada. La primera implica que no hay camino de regreso. La segunda implica que hay algo original al que se puede volver. Dios no te está pidiendo que te encuentres a ti misma haciendo un peregrinaje interior sola. Te está diciendo que Él conserva la memoria de quien realmente eres, incluso cuando tú la has olvidado.
Yo también estuve ahí.
Hubo temporadas de mi vida donde me miraba y no encontraba del todo a la mujer que sabía que Dios había puesto en mí. Me había ido acomodando, ajustando, respondiendo a lo que otros esperaban, hasta que un día me pregunté dónde había quedado la que yo era realmente. Y lo que aprendí, después de mucho tiempo, es que Dios no me estaba pidiendo que la encontrara sola. Me estaba diciendo que Él la había estado guardando todo ese tiempo.
Él hace lo mismo por ti.
Oremos.
Padre, hoy vengo por la mujer que se ha visto reflejada y no se ha reconocido. Que ha vivido tanto tiempo respondiendo a lo que otros esperan de ella que ya no sabe bien quién es cuando nadie está mirando. Tú sí lo sabes. Tú la has examinado y la conoces. Conoces su sentarse y su levantarse. Conoces las palabras antes de que ella pueda decirlas. Antes de las etiquetas, antes de las expectativas, antes de las heridas que la hicieron esconderse detrás de una versión más aceptable de sí misma, tú ya la conocías. Hoy reinicia su diseño. Devuélvele la memoria de quién es realmente. Quítale todo lo que se acomodó sobre ella y que no venía de ti. Y donde ella no pueda distinguir entre lo original y lo aprendido, sé tú la voz que la reoriente. En el nombre de Jesús, amén.
Esa oración no cambia el reflejo de la ventana de un día para otro. Pero sí cambia lo que empiezas a ver en él. Escribí Mujer Totalmente Nueva para la mujer que quiere empezar ese proceso de reencontrarse. El día 19 del devocional se llama Reiniciando el diseño. Porque hay una versión de ti que Dios diseñó desde antes de que nacieras. Y la próxima vez que veas tu reflejo en una ventana, quiero que empieces a mirarlo con otros ojos. Los suyos.
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