Tú sabes lo que es abrir el refrigerador la noche antes de la cena y darte cuenta de que no alcanza. Haces cuentas, estiras lo que hay, y de alguna manera, alcanza.
Tú sabes también lo que es quedarte despierta con un hijo con fiebre, llamando al doctor que no contesta, viendo que casi no queda medicina en el frasco. Una noche que parece eterna. Y de alguna manera, a la mañana siguiente, todo vuelve a la normalidad.
Llevas años resolviendo así. No siempre es falta de dinero, ni de comida, ni de medicina. A veces es solo que algo se atraviesa y alguien tiene que resolverlo, y esa siempre eres tú.
Pero también conoces la otra noche. La que no se resuelve. En la que ya no hay manera.
Cuando las cuentas suben y los ingresos bajan. Cuando la enfermedad te toca a ti, no solo a tus hijos. Cuando enfrentas un divorcio. Cuando cada hijo te pide algo distinto el mismo día y ya no tienes con qué estirarte más.
Ahí es cuando quisiera esconderme en una cueva, porque siento que ya no soy capaz.
A mí también me ha pasado. Ha habido noches en que me he sentado a llorar, pidiéndole a Dios que renueve mis fuerzas, porque ya no encontraba de dónde sacar más.
Durante años pensé que ser buena madre era no llegar nunca a esa noche. Que si de verdad amaba a mis hijos, siempre me iba a alcanzar la fuerza.
La Palabra me enseñó algo distinto, en 2 Pedro 1:3: todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad me han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de Aquel que me llamó.
No tienes que fabricar la fuerza que te falta esa noche. Ya te la dieron. A veces solo hay que ir a buscarla de rodillas para acordarte de que está ahí.
Yo he aprendido a orar justo en esas noches, cuando ya no me queda ánimo ni para fingir que estoy bien. Y más de una vez lo he escuchado responder: mi gracia te basta, es suficiente para sostenerte en cualquier problema, porque mi fuerza se perfecciona en tu debilidad.
Si hoy estás en una de esas noches, ora conmigo.
Padre, vengo cansada, sin fuerzas para seguir cargando lo que traigo. Te entrego las cuentas que no cierran, la enfermedad que no se va, la carga de cada uno de mis hijos que hoy siento que no puedo sostener. Gracias porque tu fuerza no depende de la mía. Ayúdame a depender de ti sin vergüenza, y a recibir tu gracia como lo que es: suficiente. En el nombre de Jesús, amén.
La próxima vez que te toque una noche así, y te va a tocar, ya sabes que no depende solo de ti que de alguna manera se resuelva. Y tampoco tienes que vivirla sola.
De eso trata Una Madre de Rodillas: de lo que se sostiene cuando ya no tienes con qué resolverlo tú sola. Lo puedes encontrar en unamadrederodillas.com.
Con amor y oraciones,
Magie de Cano
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