Escribe la visión, aunque hoy no tengas con qué cumplirla.

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Escribe la visión, aunque hoy no tengas con qué cumplirla. - Las Cartas de Magie

Hubo una época en la que como familia lo perdimos casi todo.

En medio de eso hice de un baño pequeño mi cuarto de oración. Lo pinté, y en la pared pegué recortes de revista.

Papel, tijera y una pared. Y te lo cuento porque tú sabes lo que es seguir sosteniendo algo de lo que ya nadie te pregunta.

Esos recortes no eran decoración.

Eran las cosas que ya no me atrevía a decir en voz alta, porque decirlas y luego mirar alrededor no cuadraba. Era más fácil pegarlas en una pared que nadie más veía.

Y a lo mejor tú tienes tu versión de esa pared.

Está en la última página de un cuaderno. Está en una nota del teléfono que ya ni abres. Está en una conversación que tuviste con Dios hace años y que no has vuelto a mencionarle a nadie, porque la primera vez que la contaste alguien se rio.

Porque a todas nos pasa que en algún momento levantamos la vista de la rutina y nos damos cuenta de que nos desviamos del camino.

Y lo que duele no es solo haberse desviado. Es que ya ni te acuerdas bien de qué era lo que querías.

Sabes cómo se llama tu trabajo. Sabes qué hay que resolver hoy y qué hay que resolver mañana. Pero si alguien te pregunta para qué estás aquí, para qué exactamente, se te queda la respuesta atorada.

Y hay otra cosa, más incómoda todavía, de la que casi no se habla.

Cuando por fin sabes qué fue lo que Dios puso en ti para hacer, resulta que eso cuesta.

Hubo un día en que me puse a pensar por qué mi vida era tan distinta a la de otras mujeres. Lo escribí tal cual: muchas veces no hay tiempo para ir a tomar un café con una amiga o irme de vacaciones a la playa.

Eso no se ve bonito escrito, pero es cierto. Y si tú estás cargando algo que Dios te dio, ya sabes de qué estoy hablando. Se te acortan las salidas. Se te acortan las conversaciones con gente que quieres. Hay días que otras pasan descansando y tú los pasas resolviendo, o de rodillas.

Por esos días llegó a mis manos algo sobre la vida de Kathryn Kuhlman, una mujer muy usada por Dios. Le preguntaron cuál había sido el precio de todo lo que Dios hizo a través de ella, y ella contestó que le había costado ser la mujer más solitaria de la tierra.

Cuando otros estaban en el cine, ella estaba en su cuarto orando. Ella sabía el costo y estaba dispuesta a pagarlo.

Y ahí entendí una cosa que hasta hoy me sostiene: vale la pena el sacrificio.

Ahora, esos recortes en la pared no eran un ejercicio de imaginación. Yo estaba obedeciendo algo bien concreto.

Dios le dijo a Habacuc: «Escribe la visión y grábala en tablas, para que corra el que la lea» (Habacuc 2:2).

No dijo piénsala. Dijo escríbela. Ponla donde se lea, ponla clara, porque quien va corriendo necesita poder leerla de una sola pasada sin detenerse.

Y sí, entre esos recortes había cosas que nos hacían falta y que en ese momento no teníamos. No te las voy a enumerar, porque tu lista no es la mía y esto nunca se trató de pegar fotos de cosas en una pared.

Se trata de poner por escrito, delante de Dios, lo que Él mismo puso en ti. Y de entregárselo ahí mismo, en el papel, antes de tener con qué.

Porque la visión no es tuya para cumplirla sola. Si lo fuera, ya la habrías cumplido. Escribirla no es hacerte cargo de todo: es reconocer en voz baja que quien la dio es el que la sostiene.

Dios también le dijo a Habacuc: «Pues la visión se realizará en el tiempo señalado; marcha hacia su cumplimiento y no dejará de cumplirse. Aunque parezca tardar, espérala; porque sin falta vendrá» (Habacuc 2:3).

Aunque parezca tardar. Fíjate que Dios mismo lo dice antes de que a ti se te ocurra reclamarlo. Él sabía perfectamente que iba a parecer que no venía.

Y esto es lo que quiero dejarte hoy, con las dos partes juntas, porque la primera es la que sostiene a la segunda:

Aunque no fue de la noche a la mañana, Dios cumplió cada uno de los anhelos de mi corazón.

Aunque no fue de la noche a la mañana. Hubo años en medio. Hubo meses en que esos recortes se veían ridículos pegados en esa pared, y aun así ahí se quedaron, porque yo no los había puesto para verlos cumplidos rápido, sino para no olvidar lo que Dios había dicho.

Y ahí sigue tu pared, sea cual sea, con las cosas puestas y nada cumplido todavía. No la quites. Entrégala.

Padre, tú conoces los sueños que hay en mi corazón, los que ya casi no menciono. Sabes cuánto me ha costado sostener lo que pusiste en mí, y sabes las cosas que he dejado de hacer por seguirte en esto. Hoy no vengo a pedirte que se cumpla rápido. Vengo a pedirte fuerzas para sostenerlo mientras tanto, y a devolverte la visión, porque es tuya y no mía. Redime el tiempo que siento perdido. Y ayúdame a no soltarlo cuando se vea ridículo seguir esperando. En el nombre de Jesús, amén.

Mañana esos papeles van a seguir pegados igual. No se van a mover solos.

Pero se avanza de un recorte a la vez, y hay temporadas enteras en las que lo único que uno hace es no quitarlos.

Por eso escribí Mujer Totalmente Nueva. Son treinta días donde Dios trabaja contigo lo que no cabe en un artículo, porque recuperar una visión que dejaste de mencionar no se hace en una sentada.

Yo te puedo contar lo que a mí me pasó. Un día entré a ese cuarto a hacer otra cosa, volteé a ver la pared, y me di cuenta de que lo que estaba pidiendo ahí ya no lo estaba pidiendo.

Ya lo estaba viviendo, y ni cuenta me había dado del momento exacto en que llegó.

mujertotalmentenueva.com

Con amor y oraciones,
Magie de Cano





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