Tú sabes cuál plato es. El que tiene la grieta en el borde y que igual sigues usando, porque todavía sirve.
Lo pones en la mesa con la grieta hacia abajo. Ya ni lo piensas. Es un movimiento de muñeca y listo.
Llevas años haciendo eso y nadie en tu casa se ha dado cuenta. Nadie te ha preguntado por qué ese plato siempre te toca a ti.
Y un día te quedas viéndolo un segundo de más, y entiendes que no es solo el plato.
Con tu vida haces exactamente lo mismo. Pones hacia arriba la parte que sirve, y hacia abajo la parte que se quebró.
Sostienes la casa. La ropa está limpia, hay comida, las cuentas se pagan, cada quien llega a donde tiene que llegar.
Te preguntan cómo estás y contestas que bien, gracias a Dios. Y no es mentira. Tampoco es toda la verdad.
Porque algo se te rompió hace tiempo. Una pérdida. Una decepción que tiene nombre. Una conversación que se salió de control y que todavía te duele. Un fracaso tuyo, de esos que ni en voz alta le has contado a Dios.
Y encima de eso está lo otro, que pesa más que lo primero: que se note. Que alguien te vea así.
Porque tú eres la que sostiene. A la que le hablan cuando algo se cae. La que siempre tiene una palabra para los demás.
Y una mujer que sostiene siente que no puede darse el lujo de verse rota.
Entonces el dolor se vuelve costumbre. Y secreto.
Nadie te enseñó eso con esas palabras. Se aprende sola. Es lo que el mundo te viene susurrando desde niña: no dejes que te vean rota.
Ese salmo que ya te sabes lo escribió alguien que iba huyendo para salvar la vida, no alguien que tenía todo resuelto. Y dejó dicho: «El Señor está cerca, para salvar a los que tienen el corazón hecho pedazos y han perdido la esperanza» (Salmos 34:18).
Cerca. No cerca de las que ya se recogieron solas. Cerca de las que están hechas pedazos ahorita.
Ahora, mira otra vez el plato, porque hay algo que voltearlo nunca ha hecho.
Voltearlo no cierra la grieta. Solo la administra. Y la vuelves a administrar cada vez que pones la mesa.
Funciona, en el sentido de que nadie la ve. Pero la grieta sigue ahí, y tú eres la única persona en el mundo que sabe exactamente dónde está.
Hay un arte japonés que se llama Kintsugi, que quiere decir empalme de oro. Cuando una pieza de cerámica se quiebra, no la tiran. Unen los pedazos con una resina que lleva polvo de oro.
La grieta no se borra. Se resalta. Queda una línea dorada atravesando la pieza, y esa línea es lo primero que uno ve.
Dios es el maestro de ese arte. Donde tú ves un montón de pedazos, Él ve materia prima. No elimina tus cicatrices: las transforma.
Y aquí está lo que a mí me detuvo cuando lo entendí, y por eso te lo repito despacio: una pieza de cerámica restaurada tiene más valor que una que nunca se rompió.
Más valor. No «casi como antes». No «por lo menos sirve». Más.
Todo este tiempo pensaste que escondías la grieta para conservar tu valor. Y resulta que la grieta reparada es justamente donde va a estar el oro.
Así que agarra el plato. No lo voltees.
Así, con la grieta hacia arriba, es como se entrega.
Amado Jesús, vengo sin voltear nada. Aquí están los fragmentos de mi corazón, por favor, sana y restaura todo. Tú sabes cuál es la grieta: la que llevo años poniendo hacia abajo para que nadie la vea, la que ya se me hizo costumbre y hasta se me hizo secreto. Estoy cansada de sostenerla escondida. No te pido que la borres. Te pido que la llenes tú. Ayúdame a creer que no me quieres menos por estar rota, que no me descartas, y que lo que hagas conmigo va a valer más que lo que yo venía cuidando. Aquí estoy, entera y quebrada, delante de ti. En el nombre de Jesús, amén.
Mañana el plato va a seguir en la alacena. Con su grieta. Nada de eso cambia por haber orado.
Lo que cambia es que ya no hace falta esconderlo de Dios. Con Él ya no tienes que hacer el movimiento de muñeca.
Con la gente todavía te va a costar, y está bien que te cueste. Eso no se resuelve en un día ni en un artículo.
Por eso escribí Mujer Totalmente Nueva. Son treinta días para dejar de administrar la grieta y empezar a entregarla, que es un trabajo más lento y más hondo de lo que cabe aquí.
Y a lo mejor un día, cuando estés poniendo la mesa, se te olvida voltearlo. Y no pasa nada. Porque para entonces vas a saber que esa grieta no te quita valor: es por donde se va a ver el oro.
Con amor y oraciones,
Magie de Cano
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