Hay una palabra que no se me sale de la mente. Y creo que hoy es para ti: DESATAR. No acelerar, no empujar, no exigirte más de lo que ya has dado. Desatar. Este es un tiempo en el que Dios está cortando aquello que ha estado alrededor de tus pies, eso que te ha hecho caminar con una mano ocupada y subir cargando lo que nunca te tocó cargar.
Tú sabes de qué estoy hablando. Sabes exactamente qué es eso que te regresa siempre al mismo lugar, aunque avances. Das dos pasos y vuelves. Das otros dos y vuelves. Y has llegado a pensar que así eres tú, que esa es tu manera, que a ti te tocó la parte difícil del camino. Yo te digo hoy que eso no es cierto, y no lo digo a la ligera.
Y es que has estado peleando con una mano atada a la espalda. Has estado intentando subir al monte del Señor llevando equipaje, cadenas y cargas que el enemigo fue colocando despacio, un año encima del otro, sin que hubiera nunca un solo día en que doliera lo suficiente para parar todo y soltarlas. Así trabaja él: no con el golpe fuerte, sino con el nudo lento.
Pero este tiempo no se trata solamente de lo que dejas atrás. Se trata de que el Señor te libere de TODO lo que ha estado alrededor de tus pies, para que camines sin ataduras, completamente disponible para lo que Él tiene.
Ella no se enderezó sola
Hay una escena en el evangelio de Lucas que lo explica mejor que cualquier cosa que yo pueda decirte.
En el tiempo de Jesús, el pueblo entero se reunía una vez por semana, en el día de descanso, en el lugar donde se leían las Escrituras. Ahí entró una mujer que llevaba dieciocho años encorvada, sin poder enderezarse. Dieciocho años. Y lo que a mí me detiene de esa historia no es su espalda, es lo que el texto dice de sus ojos: ella no había visto más que el suelo. No podía levantar la mirada para ver su propio futuro, porque hacía muchísimo tiempo que no veía otra cosa que sus pies.
Llegó y se quedó atrás, procurando que nadie la notara, porque los lugares de adelante estaban apartados para la gente importante. Ella ya se había hecho a la idea de cuál era su sitio.
Lucas 13:10-13 Un sábado, Jesús estaba enseñando en una de las sinagogas y estaba allí una mujer que por causa de un espíritu llevaba dieciocho años enferma. Andaba encorvada y de ningún modo podía enderezarse. Cuando Jesús la vio, la llamó y dijo: Mujer, quedas libre de tu enfermedad. Al mismo tiempo, puso las manos sobre ella; al instante la mujer se enderezó y empezó a alabar a Dios.
Él estaba enseñando, con el lugar lleno de gente escuchándolo, y paró. Paró por la que estaba hasta atrás haciendo todo lo posible por que nadie la viera. Nadie le había puesto atención en dieciocho años, y en un instante Jesús la convirtió en la persona más importante de aquel lugar.
La palabra que Él usó allí, en el idioma original, es «apolyō», y se forma de dos partes: «apo», que significa de, y «lyō», que significa desatar. Desatar, absolver, soltar a un cautivo de sus ataduras, dejarlo ir libre. Jesús no le pidió que se esforzara más. Le dijo que quedaba suelta.
Y quiero que veas esto, porque aquí está todo: ella no se enderezó sola. No fue su actitud, no fue su disciplina, no fue una mejor confesión. Ella se acercó, y Él la enderezó. Lo único que le tocó a ella fue ir, acercarse y estar dispuesta a que la vieran.
¿Cómo colaboras con Dios en esto?
Ve a Isaías 52 y léelo completo, sin prisa. Este es un llamado a despertar a la plenitud del plan redentor de Dios para ti, y las instrucciones están allí, una por una.
Isaías 52:2 Sacúdete del polvo; levántate y siéntate, Jerusalem; suéltate de las ataduras de tu cuello, cautiva hija de Sión.
Sacúdete el polvo. Todo lo que se te pegó en el suelo mientras estuviste allí abajo, las palabras que te dijeron, las derrotas que sigues repasando, lo que otros decidieron que tú eras. Sacúdetelo, porque no se limpia solo y no se va con el tiempo.
Levántate y siéntate. Encuentra tu lugar de morada y ocúpalo. No el de atrás, no el que alguien más te asignó, no el que aceptaste porque te dio pena pedir otro. El tuyo.
Suéltate de las ataduras de tu cuello. Nómbralas delante de Él, una a una, en voz alta. El sí que diste sin querer darlo y que sigues cumpliendo años después. Aquello que le tocaba a alguien más y que nadie resolvió, así que se te quedó atado a ti. Lo que ya ni mencionas porque te da pena seguir mencionándolo. Aquello que al nombrarlo te dé paz, sigue siendo tuyo y está bien que lo lleves. Aquello que al nombrarlo te apriete el pecho, déjalo allí, y no te lo vuelvas a atar por miedo, ni por costumbre, ni porque alguien se va a molestar contigo.
Y ponte una nueva vestidura de victoria. No la vieja lavada: una nueva.
Ten mucho cuidado en estos días con aquello a lo que le dices que sí. Va a llegar algo que parece urgente y que parece tuyo, y ahí es donde más terreno se pierde: no cargando lo viejo, sino atándote a lo nuevo demasiado rápido, en la misma semana en que apenas te estabas soltando. Pregúntale a Él antes de levantarlo.
Levanta la vista
No vas a cortarlo todo hoy, y no te voy a prometer lo que no es. Lo que se ató de a poco se suelta de a poco, y mañana vas a amanecer con parte de eso todavía puesto. Pero hoy sí puedes hacer lo único que aquella mujer hizo: levantar la vista y acercarte.
Y acércate sin miedo a que te vean, porque esa fue la parte que a ella le costó. Aunque estés hasta atrás, aunque lleves años procurando que nadie te note, aunque todo el mundo esté mirando para otro lado, incluidos aquellos que hace mucho debieron haberte visto. Él la vio hasta atrás, detuvo lo que estaba haciendo y la llamó delante de todos. Eso mismo hace contigo.
Yo pasé años creyendo cosas de mí misma que nunca fueron verdad, y lo que me sacó de allí no fue esforzarme más, porque esforzándome ya estaba. Fue darme cuenta de que traía atadas cosas que nunca fueron mías.
Y por eso quiero orar por ti. No por la mujer que vas a ser cuando todo esto se resuelva, sino por la que está leyendo hoy, con eso todavía puesto alrededor de los pies.
Señor Jesús, vengo delante de Ti por la mujer que está leyendo esto y que ya se cansó de pedir lo mismo. Tú sabes qué la tiene atada y sabes desde cuándo, y sabes aquello que ella ya ni menciona porque le da pena seguir mencionándolo. Hoy te pido que cortes lo que la regresa siempre al mismo lugar aunque avance, y que donde se le ha pedido esfuerzo, Tú le des libertad. Y te pido algo sencillo para hoy: que levante la vista y se le devuelva la capacidad de imaginarse en otro lugar. Que recuerde que su sitio no es atrás. En el nombre de Jesús, amén.
Lo que te pedí que hicieras con Isaías 52 no se me ocurrió hoy. Es uno de los veintiún enfoques de oración que escribí en Mujer Totalmente Nueva, un libro de treinta días que salió de lo que Dios fue trabajando conmigo mientras me desataba a mí.
Te lo cuento por si quieres seguir. Hay cosas que no se sueltan en una sola lectura, y ahí está el acompañamiento para eso, para que cuando levantes la vista tengas con quién sostenerla.
Con amor y oraciones,
Magie de Cano
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