La jaula donde estás esperando también es una puerta

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La jaula donde estás esperando también es una puerta - Las Cartas de Magie

Llevas años en medio de algo que no termina, y ya no sabes si te está llevando a algún lado. Yo creo que sí. Y creo que el lugar donde hoy te sientes encerrada también tiene una puerta.

No es que no hayas hecho nada. Oraste, pediste consejo, cambiaste lo que te tocaba cambiar, lo volviste a intentar cuando ya no tenías ganas. Y cada vez que parecía que por fin ibas a salir, te topabas otra vez con lo mismo. Das una vuelta y ahí están los barrotes. Das otra y siguen ahí. Los meses se hicieron años, y hoy sientes que esos años se perdieron adentro contigo. Puede ser algo en tu casa, tu salud, una deuda, algo de tu pasado que no termina de cerrarse. Lo que sea, tiene la misma forma: ya no estás donde empezaste y todavía no llegas a donde creías que ibas.

Y lo que más cansa es la pregunta. ¿Cuándo? Te sale cuando oras, cuando alguien te pregunta cómo vas, cuando ves que a otra se le abrió justo lo que tú llevas años pidiendo.

Tampoco ayuda lo que te dicen desde afuera. Hay personas que te quieren y que no vieron lo que tú viste cuando Dios te habló. Solo ven los barrotes. Te dicen que ya es hora de aceptarlo, que no te sigas ilusionando, que a lo mejor entendiste mal. Y de tanto oírlo, un día te descubres pensando igual que ellas.

Ahí está el daño de verdad. No en los años, sino en lo que esos años te hicieron creer de ti. Que este es tu lugar y más vale acostumbrarte. Que si todavía no sales es porque algo en ti está mal. Y te empieza a dar vergüenza seguir esperando. Vergüenza de que te pregunten «¿y qué pasó con aquello?» y tener que decir que nada. Así que dejas de mencionarlo, dejas de acercarte a la puerta, y te quedas en el fondo de la jaula, donde nadie te pregunta nada.

La puerta está en la misma jaula

Cuando una pasa mucho tiempo adentro, se aprende los barrotes de memoria. Sabe cuántos son, cuáles están más gastados, por dónde entra un poco de luz. Y deja de mirar la puerta, porque ya la empujó muchas veces y no se abrió.

Pero una jaula no son solo barrotes. También tiene una puerta, y esa puerta no está en otro lado. Está en la misma jaula. No tienes que salirte de lo que estás viviendo para encontrarla: el mismo lugar que te ha tenido encerrada es por donde vas a salir.

Hace tiempo lo escribí para mujeres que estaban justo donde tú estás, y lo sigo creyendo: «Las jaulas que te han aprisionado, ahora se convertirán en una puerta de esperanza para entrar en tu destino.»

Eso quiere decir que lo que viviste ahí adentro no fue tiempo tirado. Dios ha estado trabajando en ti de maneras que desde adentro no se ven. Y aunque no lo sientas, vas por buen camino.

Cautivos de la esperanza

En la Biblia hay un profeta que se llamaba Zacarías, y le tocó hablarle a un pueblo que estaba justo en medio. Habían pasado setenta años desterrados en Babilonia. Algunos ya habían vuelto, pero a una Jerusalén en ruinas, con el templo por reconstruir y con muchos de los suyos todavía lejos.

En ese tiempo, una cisterna era un hoyo hondo excavado para guardar el agua de la lluvia. Cuando se quedaba seca, a veces la usaban para encerrar a alguien, porque de ahí nadie podía salir por su cuenta. A ese pueblo, que se sentía exactamente así, Dios le dijo:

Zacarías 9:11-12 En cuanto a ti, por la sangre de mi pacto contigo libraré de la cisterna seca a tus cautivos. Vuelvan a su fortaleza, cautivos de la esperanza, pues hoy mismo anuncio que les devolveré el doble.

Fíjate cómo los llama: cautivos de la esperanza. No les dice cautivos de sus errores ni cautivos del enemigo. Seguían encerrados, sí, pero lo que no los dejaba rendirse era que todavía esperaban algo de Dios.

Y no les dijo que forzaran la puerta. Les dijo que volvieran a su fortaleza, a su lugar seguro, que era Él mismo. Lo del doble se lo prometió a ellos, y yo no le voy a poner forma ni fecha a lo tuyo. Pero el Dios que le habló así a gente encerrada en medio de su historia es el mismo que te está oyendo a ti.

Cómo se espera adentro

En las ciudades antiguas había un vigilante en la muralla que se quedaba despierto toda la noche, cuidando. No sabía a qué hora exacta iba a amanecer, y no podía hacer que amaneciera más rápido. Pero sabía que iba a amanecer, así que no se iba de su puesto. Así se espera a Dios: sin saber la hora, pero sin irse.

Cuida lo que dices mientras estás adentro. La queja y la desesperación te dejan mirando solo los barrotes. No se trata de fingir que estás bien: decirle a Dios lo que te duele, con todas sus letras, no es queja, es oración. La queja es repetirte a ti misma que de aquí no se sale.

Y pregúntale a Dios qué está haciendo contigo ahí adentro, y ponte de su lado. A veces lo que se tiene que quedar en la jaula no eres tú. Es una manera vieja de reaccionar, una forma de pensar de ti misma que te ha detenido por años. Cuando Él te muestre algo así, no lo defiendas. Déjalo adentro cuando salgas.

Y si hoy no te alcanza para más, esperar así puede ser tan pequeño como decirle: todavía espero, y ya no me da vergüenza.

Aunque la puerta siga cerrada

Nadie te puede poner fecha, y yo tampoco te la voy a poner. Puede que mañana despiertes y los barrotes sigan donde estaban, y que la pregunta del cuándo te vuelva a salir. Eso no quiere decir que te quedaste para siempre. Quiere decir que sigues en medio, y en medio también está Dios.

Que el Dios que sacó a su pueblo de la cisterna seca te guarde mientras esperas, y que cuando la puerta se abra, la reconozcas.

Yo he tenido temporadas así, en las que me daba pena que me preguntaran cómo iba aquello que tanto había pedido. Y aprendí que Dios no se avergüenza de la que sigue esperando en Él.

Por eso, antes de despedirme, voy a orar por ti.

Señor, te presento a la mujer que está leyendo esto y que lleva mucho tiempo en medio. Tú conoces cada barrote que ella se sabe de memoria. Tú sabes cuántas veces te ha preguntado cuándo, y cuántas veces alguien le dijo que ya lo dejara. Quítale la vergüenza de seguir esperando. Enséñala a esperarte como el vigilante espera el alba, sin irse de su puesto. Guarda su boca de la queja y su corazón de la desesperación. Muéstrale lo que estás haciendo en ella, para que pueda cooperar contigo, y que lo viejo se quede adentro cuando salga. Haz de esta jaula una puerta de esperanza. En el nombre de Jesús, amén.

Lo del vigilante, la queja y cooperar con Dios lo saqué de un libro que escribí, De la Vergüenza a la Victoria. Es un devocional de treinta días para mujeres que sienten que algo de su pasado las define. El noveno día se llama La esperanza tiene pies, y de ahí es la frase de la jaula y también la oración con la que cierra, que puedes hacer tuya.

Si esta espera es la tuya, ese libro se escribió para acompañarte en medio de ella, un día a la vez.

delaverguenzaalavictoria.com

Con amor y oraciones,
Magie de Cano





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