La tormenta no cambia lo que Dios siente por ti

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Después de lo que pasó, no sabes bien qué parte de ti sigue en pie, ni si Dios se quedó contigo. Lo que Él siente por ti no se movió, aunque hoy te cueste creerlo.

Tal vez empezó con algo que alguien dijo de ti y que se fue repitiendo. Tal vez fue una pérdida: un trabajo, una amistad de años, el lugar que tenías en tu familia o en tu iglesia. Tal vez fue que las personas que esperabas a tu lado se quedaron calladas, o se fueron, o se pusieron del otro lado. Y cuando más necesitabas que alguien te sostuviera los brazos, lo que te llegó fueron piedras. Lo único que sabes con certeza es que te golpeó, y que todavía no alcanzas a ver todo lo que se llevó.

Y aguantaste como pudiste. Te explicaste, callaste, y volviste a explicarte con otras palabras por si la primera vez no te habían entendido. Repasaste conversaciones enteras en tu cabeza, lo que dijiste, lo que debiste decir, lo que vas a responder si te lo vuelven a sacar. Y mientras tanto se te fue gastando la confianza sin que nadie lo notara: la confianza en la gente, y también la confianza en Dios.

Porque eso es lo que de verdad dolió, más que lo que dijeron: lo que terminaste creyendo. Que Dios te soltó la mano en el peor momento y que nadie está cuidando de ti. Que lo que se dijo de ti cambió la manera en que Él te mira, y que si hubieras sido distinta nada de esto habría pasado. Y que lo poco que quedó no alcanza para volver a empezar.

Sea lo que sea que se dijo, tuviera algo de cierto o no tuviera nada, lo que Dios siente por ti no depende de eso.

Lo que quedó en pie

Cuando pasa un temporal fuerte, nadie entra a su casa corriendo. Se entra despacio, mirando dónde se pone el pie. Hay agua en el piso, lodo en las esquinas, una mancha en la pared que marca hasta dónde llegó. Se va de cuarto en cuarto viendo qué se puede secar, qué hay que sacar y qué sigue en su lugar como si nada. Y por dentro va una pregunta que casi nadie dice en voz alta: ¿aguantará el piso?

Así estás tú: parada en medio de lo que quedó, contando daños, preguntándote qué vas a poder arreglar sola y por dónde se empieza.

Casi siempre uno empieza por lo que se ve: el techo, la pintura, las ventanas. Pero el que sabe de casas empieza por abajo, por lo que nadie mira y todo lo sostiene. Eso es lo que Dios dice que va a hacer.

Dios empieza por abajo

En el libro de Isaías, Dios le habla a Jerusalén cuando estaba en ruinas. A la ciudad la habían destruido y a su gente se la habían llevado lejos, y Dios le habla como se le habla a una mujer que se quedó sola. Donde en español dice «atormentada», el hebreo usa la palabra de la tempestad. Es una ciudad que pasó por una tormenta y que no encuentra quién la consuele. A esa ciudad, así como estaba, Dios le dijo:

Isaías 54:10-11 «Aunque cambien de lugar las montañas y se tambaleen las colinas, no cambiará mi fiel amor por ti ni vacilará mi pacto de paz», dice el Señor, que de ti se compadece. «¡Mira tú, ciudad afligida, atormentada y sin consuelo! ¡Te afirmaré con turquesas y te cimentaré con zafiros!»

Antes de hablar de reconstruir, Dios dice qué es lo que no se movió. Las montañas, que es lo más firme que uno conoce, pueden cambiar de lugar. Su amor por ti, no. Y a eso le llama pacto de paz: un compromiso que Él hizo y que Él mismo sostiene, aunque tú hoy no tengas fuerzas para sostener nada.

Después nombra la tormenta tal como fue. No le dice a la ciudad que no pasó nada ni que está exagerando. La llama afligida, atormentada, sin consuelo. Y entonces le promete cimentarla, y no con cualquier cosa: con zafiros, con turquesas, con lo más valioso que había, puesto abajo, donde nadie lo va a ver. Las piedras que Él pone no son las que te tiraron.

Lo que dijeron de ti no es el cimiento

Cuando a una la lastiman con palabras, lo primero que sale es defenderse, y se te puede ir toda la fuerza en buscar a quién contarle tu versión. La pregunta es si vas a buscar a Dios aun cuando sientas que tienes que defenderte.

Lo que puedes hacer hoy es pequeño. La próxima vez que te vengan las ganas de explicarte, llévaselo a Dios antes que a nadie, con todas las palabras que tienes guardadas para esas personas. Dile a Él lo que quisieras decirles a ellas, sin arreglarlo, tal como te sale. Y deja que sea Él quien responda por ti.

Esto no es quedarte callada cuando hay algo que de verdad tienes que aclarar. Es dejar de gastarte entera armando tu caso, porque lo que dijeron de ti no es lo que te sostiene. Lo que te sostiene lo pone Él.

No tienes que entender cómo lo va a hacer. Por hoy basta con que no sueltes lo primero que dice el versículo: su amor por ti no cambió.

Los cimientos no se ven desde arriba. Habrá días en que entres a ese cuarto y todavía huela a humedad, y vas a pensar que nada cambió. Una casa que se mojó por dentro tarda en secarse, y nadie sabe cuánto va a tardar la tuya. Lo que Él prometió sí está dicho: su amor no cambia, su pacto de paz no vacila, y Él te va a cimentar.

Y hay algo que Isaías no promete: que quienes hablaron de ti vayan a reconocer que se equivocaron, ni que te pidan perdón, ni que todo el mundo cambie de opinión sobre ti. La promesa es otra, y es más firme: que Dios no se movió de tu lado.

Que el Señor, que de ti se compadece, te dé descanso en medio de lo que quedó, y que un día pises firme sobre lo que hoy no alcanzas a ver.

Yo pasé por un tiempo de rechazo y de críticas en el que me costaba ver cuánto me amaba Dios. Lo que me sostuvo fue aprender a creer lo que Él decía de mí antes que lo que decían las personas.

No tienes que limpiar nada antes. Quédate donde estás, con el lodo y todo, y oremos.

Señor, aquí está ella, en medio de lo que quedó. Tú sabes lo que se dijo, lo que se perdió y quién no estuvo. Tú sabes cuántas veces ha repasado lo que quisiera responder. Dale descanso de tener que explicarse. Que lo que dijeron de ella no sea lo que ella crea de sí misma. Recuérdale que tu fiel amor no cambió y que tu pacto de paz no vacila. Pon tú los cimientos donde ella no alcanza a ver, y empieza por abajo. Y que pueda decirte, aunque sea bajito: tú me vas a reconstruir. En el nombre de Jesús, amén.

En De la Vergüenza a la Victoria, el día dieciséis se llama Tu redentor vive. Isaías le habla a una ciudad sin consuelo, y en ese día vas a encontrar a una mujer sin consuelo: María Magdalena, llorando frente a la tumba de Jesús, hasta que Él la llamó por su nombre. Ahí está también la promesa de que Dios guarda cada una de tus lágrimas.

delaverguenzaalavictoria.com

Con amor y oraciones,
Magie de Cano





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