Soltar a tus hijos no es abandonarlos

Publicada el
Post soltar a tus hijos no es abandonarlos

Tus hijos ya deciden sin preguntarte: dónde viven, en qué trabajan, con quién andan, y tú sigues pendiente de todo como si todavía te tocara verlo todo. Creo que Dios te está pidiendo que los dejes en sus manos, y que eso no es dejar de cuidarlos.

A lo mejor se llevan bien. Pero tú no descansas. Revisas en el teléfono dónde están, te fijas si están en línea, te quedas despierta hasta saber que llegaron. Cuando los ves, les lees la cara para adivinar si están bien, y les das consejos que nadie te pidió. Y cada vez que alguno toma una decisión que te da miedo, sientes que tienes que hacer algo. Te estás aferrando a demasiadas cosas por miedo a perder el control, y estás agotada de vigilar lo que ya no está en tus manos.

Lo más difícil es lo que llegaste a creer. Que soltarlos sería abandonarlos. Que una buena madre no deja de vigilar nunca. Que si a alguno le pasa algo un día en que no estabas pendiente, la culpa va a ser tuya. Y, más callado, que lo que vales como mamá está en ser la que ve todo y resuelve todo. Todo eso es amor, pero amor con miedo.

Hasta donde alcanzan tus ojos

Cuando eran chiquitos, tus ojos tenían que estar en todo: en la escalera, en la calle, en la fiebre que subía. Ese era tu trabajo. Pero esa temporada terminó, y terminó porque ellos crecieron. Lo que cuidaste durante años ahora toca dejarlo ir, y no tienes que mirarlo con desánimo ni con sensación de derrota.

Tus ojos los siguen hasta donde pueden. Un punto en un mapa, el «en línea», la cara que les lees cuando los ves. Hasta ahí llegan. No llegan al trabajo donde ellos deciden, a los lugares donde andan, a la conversación que tienen a solas con alguien que tú no conoces. Y cada año es más grande el pedazo de su vida que no alcanzas a ver.

Pero hay unos ojos que sí alcanzan.

En la Biblia hay un rey de Judá llamado Asa que, frente a un ejército muchísimo más grande que el suyo, clamó a Dios, y Dios le dio la victoria. Años después, cuando el rey vecino empezó a cercarlo, Asa tuvo miedo y lo resolvió a su manera: sacó la plata y el oro del templo y se los mandó a otro rey para que se pusiera de su lado. Un profeta llamado Hanani fue a recordarle la vez en que había confiado en Dios, y le dijo esto:

2 Crónicas 16:9 Los ojos del Señor recorren toda la tierra para fortalecer a los que tienen el corazón totalmente comprometido con él.

Toda la tierra: no hay un solo lugar que quede fuera. Y fíjate para qué la recorren esos ojos: no para vigilar, sino para fortalecer. Los mismos que ven a tus hijos donde tú ya no alcanzas andan buscando corazones a quienes darles fuerza, y el tuyo es uno de ellos.

Ese corazón totalmente comprometido no es un corazón que nunca tiene miedo. Es el que, con miedo y todo, le dice que sí a Dios, aunque sea en algo pequeño. Soltar a tus hijos no es dejar de verlos. Es quitarles a tus ojos un trabajo que nunca les tocó, y dejar a tus hijos a la vista de quien sí lo ve todo.

Lo que te toca soltar y lo que no

Lleva delante de Dios una pregunta: Señor, ¿qué me toca soltar con mis hijos? Soltarlos no es dejar de amarlos, ni de hablarles, ni de orar por ellos, ni dejar tus responsabilidades porque ya te cansaste. Si alguno está en un peligro de verdad, no te toca quedarte quieta. Lo que se suelta es la necesidad de controlarlo todo, para confiar más en que Dios sabe guiarlos.

Después pon nombre a lo que estás vigilando. Escríbelo: la decisión que te da miedo, el punto en el mapa que revisas, la conversación que quieres tener con alguno de ellos para corregirlo. Y al lado escribe qué temes que pase si sueltas eso.

Luego entrégaselo a Dios con palabras: dile qué le dejas en sus manos.

Y creo que Dios te está llevando a una temporada nueva: no dejas de cuidar a tus hijos, aprendes a cuidarlos junto con Él. La próxima vez que sientas ganas de revisar, ora por ellos en ese momento. Es cambiar de lugar: en vez de vigilarlos tú, los pones delante de quien ya los está viendo.

Soltar no se hace una sola vez. Se hace hoy, con una cosa.

Que los ojos que recorren toda la tierra se detengan en ti, y que la fuerza que andan buscando dar te encuentre.

Hay una frase que yo le digo al Señor cuando oro por mis hijos: «Mi trabajo es orar por mis hijos, el trabajo tuyo es cuidarlos». Se la digo porque yo también he tenido que soltar a uno de ellos con mucho dolor, y necesito acordarme de a quién le toca cuidarlos.

Ahora le voy a hablar a Dios de ti. Si eres la que revisa una vez más aunque ya sabe que llegaron, la que siente que soltarlos sería fallarles, esta oración es tuya. Mientras oramos, deja que sea Él quien los vea.

Padre, aquí está esta mamá. Tú sabes cuántas veces ha revisado dónde están sus hijos, cuánto se ha quedado despierta esperando, cuánto ha leído en sus caras para saber si están bien. Quítale el miedo de que soltarlos sea abandonarlos. Tus ojos recorren toda la tierra para fortalecer: fortalécela a ella. Donde sus ojos ya no alcanzan, que descanse sabiendo que los tuyos sí. Muéstrale qué le toca soltar y qué no, y enséñale a cuidar a sus hijos junto contigo. Lo que hoy te deje en las manos, guárdalo tú. En el nombre de Jesús, amén.

Y ahora dilo tú, con tus palabras, sobre eso que escribiste: Señor, esto te lo dejo a ti.

Vas a volver a revisar el teléfono, y la próxima decisión que tome alguno de ellos te va a volver a dar miedo. Soltar se aprende de a poco. Pero tus hijos nunca van a estar fuera de la vista de Dios, ni hoy ni el día en que tú no alcances a ver nada. Eso no depende de que los sueltes bien. Depende de Él, y sus ojos recorren toda la tierra.

En Una Madre de Rodillas, el capítulo cinco se llama De pie en la brecha, y es sobre orar por los hijos cuando ya no sabes qué más hacer. Ahí cuento cuando una de mis hijas decidió irse a otro país, con una decisión que yo sabía que no era la de Dios para ella, y lo que hice: «Me aferré a las promesas de Dios y decidí soltarla en sus manos amorosas». La dejamos en el aeropuerto con mucho dolor, y no dejé de orar por ella un solo día. Y está Jocabed, la mamá de Moisés, que tuvo que poner a su hijo en una canasta, y con ella aprendí que cuando ponemos algo en las manos de Dios, Él lo guarda. También escribí: «Una persona no puede escapar toda una vida de las oraciones perseverantes y amorosas de una madre. Estas los persiguen y no los sueltan». Tú los sueltas a ellos. Tus oraciones, no.

unamadrederodillas.com

Con amor y oraciones,
Magie de Cano





Recibe la palabra profética en tu correo electrónico.