Hay una plática con tus hijos que terminó sin que se entendieran, y desde entonces no se ha vuelto a tener. Yo creo que Dios está volviendo a ese lugar, y que lo que se torció entre ustedes no tiene por qué quedarse así.
Se fueron, o se fue alguno. De la casa, de la fe o solo de ti, y la distancia se instaló sin un día exacto en que empezó. Las visitas se volvieron cortas y amables: cómo va el trabajo, qué comieron, cómo anda el carro. En los cumpleaños y en las fechas de familia todo sale bien, porque nadie toca lo que importa. Hay relaciones que se fracturaron de una manera en que nunca debieron, y conversaciones que terminaron sin llegar a comprenderse. Algunas se quedaron sin resolver porque tuviste que encontrar la manera de seguir adelante y sobrevivir, aun sin respuestas ni reconciliación.
Y seguiste. Cumples con todo, y cuando alguien te pregunta por ellos dices que están bien. Pero una parte de ti se acostumbró a vivir en modo de supervivencia. Es como vivir una versión alternativa de tu propia vida, como si te hubieran desviado hacia un plan de emergencia, y ese plan de emergencia ya lleva años.
Y eso te enseñó a creer algo peor que la distancia. Que así quedó. Que lo que tienen ahora es lo que va a haber: una relación que funciona a medias, de saludos amables y temas seguros. Que ya no te duele, o que es mejor que no te duela, porque cuando dolía no podías con todo. Y a veces te visita la pregunta de si pudiste haberlo hecho distinto.
Ya sabes en qué frase se tuerce
La plática con tus hijos tiene un tramo donde siempre se tropieza. Sabes en qué frase se tuerce, en qué tono, con qué tema de hace años. Lo intentaste más de una vez y siempre terminó igual, así que aprendiste a rodearlo. Caminas de puntitas cuando la conversación se acerca, cambias de tema antes de llegar, o dejaste de caminar ese camino del todo y se quedaron hablando del clima. Eso es el modo de supervivencia, y no lo escogiste por frialdad: alguien tenía que seguir funcionando.
Tú te acostumbraste a esa distancia para poder seguir. Dios no se acostumbra a ella. Y lo que Él hace no es enseñarte a esquivar mejor las piedras. Él endereza el camino de vuelta.
El camino de vuelta lo endereza Él
Jeremías fue un profeta que vivió uno de los momentos más tristes de su pueblo. Lo derrotaron, y familias enteras fueron llevadas lejos, a Babilonia. En medio de todo eso, Dios no les pidió que se acostumbraran a vivir lejos. Les dijo que los iba a hacer volver, y cómo iba a ser el camino de regreso:
Jeremías 31:9 Con llanto en los ojos se fueron, pero yo los haré volver con gran misericordia; al volver, los llevaré por arroyos de aguas, por caminos rectos, para que no tropiecen.
En ese versículo, el que hace el trabajo es Dios. Ellos se fueron; Él los hace volver. No tienen que abrir el camino a la fuerza ni aprenderse dónde están las piedras: Él los lleva. Y el camino de vuelta tiene agua. Volver no es atravesar otro desierto.
Creo que eso es lo que Dios está haciendo con lo tuyo: está volviendo a esos lugares que se quedaron con un dolor sin resolver, y está enderezando lo que se torció a causa de los malentendidos y de las heridas del pasado. Está dando gracia para tener conversaciones que alguna vez parecieron imposibles. Hay vínculos que todavía llevan un propósito, y el tuyo con tus hijos es uno. Y creo que Dios va a redimir cosas que pensabas que simplemente se habían quedado como parte de tu historia.
No te toca esforzarte más
Esto no se trata de esforzarte más para que la relación vuelva a moverse, sino de abrir el corazón y permitir que Él te ayude a sentir de nuevo. Hoy no te toca arreglar nada, ni buscarlos, ni forzar la plática.
Lo que sí puedes hacer es abrirle a Dios el lugar exacto. Nombra delante de Él la conversación que se quedó a medias y la frase donde se torció, tal como se dijo, sin adornarla. Si te ayuda, escríbela.
Después dile lo que de verdad te duele, aunque te hayas acostumbrado a que no duela. Esa es la parte que más cuesta, porque dejar de sentir fue lo que te permitió seguir. Pero eso no lo haces sola: es Él quien te ayuda a sentir de nuevo.
Y pídele gracia para esa conversación que parecía imposible. No una fecha ni un guion: gracia. Quédate lista, sin apuro, para cuando Él la abra. El primer tramo recto puede ser una sola plática que no se tuerce.
Que el agua que Dios puso en el camino de los que volvían llegue también al tuyo, y te devuelva la capacidad de sentir. Que ese tramo que llevas años rodeando deje de ser el lugar donde siempre se tropieza, y que entre tú y tus hijos vuelva a haber camino.
En mi casa, Dios enderezó algo que llevaba muchos años torcido entre una de mis hijas y su papá. Yo no la busqué para hablar de eso; un día ella llegó a buscarme. Al principio no quería ni tocar el tema, y al final hubo perdón entre los dos y terminamos los tres abrazados.
Esto se lo llevo a Dios por ti, tramo por tramo, aunque ya sepas de memoria en qué frase se tuerce la plática con tus hijos.
Padre, pongo delante de ti a esta mamá y el camino entre ella y sus hijos. Tú conoces la plática que terminó sin que se entendieran y el tramo donde siempre se tuerce. Ella aprendió a rodearlo para poder seguir, y se acostumbró a no sentir. Endereza lo que se torció por malentendidos y por heridas de hace años. Devuélvele la capacidad de sentir, aunque al principio le duela. Dale gracia para una conversación que parecía imposible, y que esté lista cuando Tú la abras. Haz volver lo que se fue, por camino recto, y pon agua en ese camino. En el nombre de Jesús, amén.
Ese tramo no desaparece al decir amén. Quizás la próxima visita todavía tenga un tema que nadie toca, y tú vuelvas a medir cada frase antes de decirla. El día de ese tramo todavía no lo conoces. Pero a los que se fueron, Dios los hizo volver: décadas después, la Biblia dice que su regreso fue el cumplimiento de la palabra que Él había dado por medio de Jeremías. Ese Dios no se olvidó del camino entre tú y tus hijos. Él hace volver.
En Una Madre de Rodillas hay una guía de oración de veintiún días, y el día siete está escrito para la mamá que tiene hijos lejos. Se llama Los hijos pródigos siempre vuelven, y abre con el mismo capítulo de Jeremías, unos versos más adelante: ahí Dios ya no le habla al pueblo que se fue, le habla a una madre que sufre por sus hijos, y le dice que volverán. Ahí escribí que ellos son más hijos de Dios que nuestros. Es la parte de esta promesa que está dicha para ti como mamá.
Con amor y oraciones,
Magie de Cano
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