Cuando ya ves algo, pero todo sigue borroso

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Post cuando ya ves algo pero todo sigue borroso

Ves lo suficiente para saber que algo cambió, y no lo suficiente para saber qué sigue. Pero ver a medias, creo yo, ya es ver.

Puede ser lo que viene con tu trabajo, con una relación, con algo que sentiste de parte de Dios hace años y no sabes cómo seguir, o con lo que te toca después de que algo terminó. Sabes que ya no estás donde estabas antes. Pero tampoco estás donde quisieras estar, y en medio nada se ve nítido. Preguntaste. Oraste. Pediste consejo, y te dieron tres distintos. Probaste una cosa, luego otra. Esperaste una señal. Y mientras tanto te llenaste de ocupaciones, porque quedarte quieta se sentía peor: andas ocupada todo el día y aun así sientes que no avanzas, que no rindes, que nada te llena. Quieres hacer lo que Dios quiere. Lo que no sabes es qué es. Y alrededor ves mujeres que parecen tenerlo todo claro, que saben qué quieren, adónde van y qué les dijo Dios, y lo cuentan con una seguridad que a ti te deja peor.

De tanto mirar sin distinguir, empezaste a creer cosas de ti. Que si no ves claro es porque no oyes a Dios, o porque te falta fe, o porque algo hiciste mal. Y debajo hay una idea más dura, que ni a ti misma te has dicho en voz alta: que Dios empezó algo contigo y se quedó a medias.

Como cuando no tienes puestos los lentes

Si usas lentes, conoces ese rato. Todavía no te los has puesto y el mundo es otro. La gente es bultos. Las caras son manchas de color. Alguien se mueve al otro lado del cuarto y no sabes quién es hasta que habla. Distingues formas, sabes que hay algo, que se mueve, que está ahí. Pero no puedes leer nada ni reconocer a nadie.

Y nota lo que no haces en ese momento. No decides que te quedaste ciega. No te sientas a llorar porque todo está borroso. Sabes que ves; lo que te falta es enfocar. Así que te acercas, entrecierras los ojos, tanteas la mesa hasta que das con ellos.

Eso que hoy ves de tu vida, manchas que se mueven, formas que no terminas de distinguir, no es ceguera. Es vista a medias. Y una vista a medias es una vista que todavía no ha terminado.

Árboles que caminan

En el evangelio de Marcos hay un hombre ciego al que unas personas le llevan a Jesús, en un pueblo que se llamaba Betsaida, y le ruegan que lo toque. Jesús lo toma de la mano y lo saca del pueblo. Le pone saliva en los ojos, le pone las manos encima y le pregunta si ve algo. Lo que el hombre contesta es de las cosas más honestas que alguien le ha dicho a Jesús:

Marcos 8:24-25 El hombre alzó los ojos y dijo: «Veo gente; parecen árboles que caminan». Entonces le puso de nuevo las manos sobre los ojos, y el ciego fue curado; recobró la vista y comenzó a ver todo con claridad.

Ya no estaba ciego. Veía colores, formas, algo que se movía. Pero todo estaba borroso, y no lo escondió. No dijo que veía perfecto para no quedar mal, ni para que nadie pensara que algo había salido mal. Dijo lo que veía: gente que parecía árboles.

Y Jesús no lo dejó así. No lo regañó por ver a medias ni le dijo que le faltaba fe. Le volvió a poner las manos encima. Es la única sanidad de los evangelios que se cuenta en dos tiempos, y quedó escrita para que sepamos que el primer toque no fue un error. Lo que Jesús empezó con ese hombre, lo terminó.

No tienes que verlo todo para hacer algo hoy. Busca un rato sin interrupciones. Cierra la puerta, guarda el teléfono, y siéntate con papel y lápiz. Hazle a Dios las preguntas que traes, tal como te salen. Después divide la hoja en dos. De un lado escribe lo que sí ves claro, aunque sea poco: que esto ya no es para ti, que no quieres volver a lo de antes, que te toca cuidarte, lo que sea. Del otro lado escribe lo que sigue borroso. No te asustes si una columna sale mucho más llena que la otra.

Luego escoge lo más chiquito de lo que sí ves, y hazlo, por insignificante que parezca. Una llamada, una conversación, dejar algo, empezar algo.

Con una sola cosa clara alcanza para hoy.

Cuando vuelvas a mirar, quizá todavía veas manchas. Todavía puede faltar para que lo tuyo se enfoque, y no sé de qué manera te lo va a mostrar Dios. Lo que sí sé es que Jesús no dejó a aquel hombre a medias, y no ha cambiado desde entonces. El que empezó contigo no es de los que dejan las cosas a la mitad.

Que el Dios que volvió a poner sus manos sobre aquel hombre te deje hoy esta verdad: ver borroso es haber empezado a ver. No estás ciega, y no te quedaste a medias.

Yo he vivido eso de ver a medias. Cuando Dios empezó a mostrarme algo para mi vida, lo primero que le dije fue: «¿Yo?, no soy líder, esto no es para mí, yo no tengo esa capacidad». Veía algo, pero no alcanzaba a distinguirme a mí en eso.

Mientras das con tus lentes, no necesitas hablarle a Dios con palabras nítidas. Se lo puedes decir tal como se te ve. Si sabes que algo cambió y no distingues qué sigue, si andas ocupada y aun así sientes que no avanzas, si te has preguntado si Dios se quedó a medias contigo, esto se lo llevo a Él pensando en ti.

Señor, ella ve a medias. Tú sabes qué cambió en su vida y qué es lo que todavía no alcanza a distinguir. Tú conoces las preguntas que te ha hecho y las veces que ha pensado que te quedaste a medias con ella. Aparta de ella esa idea. Que no confunda ver borroso con no oírte. Dale un rato quieto contigo, y muéstrale la cosa pequeña que sí puede hacer hoy. Y así como hiciste con aquel hombre, pon otra vez tus manos sobre sus ojos y termina lo que empezaste. En el nombre de Jesús, amén.

La vista tiene su propio día en De la Vergüenza a la Victoria: el veintiocho, Ojos de mariposa. Ahí cuento algo que aprendí de las mariposas: la oruga no ve, camina de manera sensorial, todo lo hace por lo que siente; y cuando se convierte en mariposa desarrolla una vista que le da la capacidad de enfocar. Ese día es sobre la diferencia entre ver y estar enfocada, y cierra pidiéndole a Dios una visión para tu vida. Mientras tanto, las manchas que ves hoy no son ceguera. Son el primer toque.

delaverguenzaalavictoria.com

Con amor y oraciones,
Magie de Cano





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