La vergüenza pesa más cuando la cargas sola

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Pasó algo que no viste venir, y lo que más te pesa ya no es eso. Es la pregunta que te haces cuando nadie te oye: ¿cómo permití que esto sucediera? No tienes que seguir cargando sola con esa pregunta.

Puede haber sido un negocio en el que pusiste todo, una relación en la que confiaste, una decisión que en su momento parecía la correcta. No hace falta que lo digas. Desde entonces has hecho lo que casi todas hacemos. Cuando te preguntan cómo estás, dices que bien. Si la conversación se acerca a ese tema, la llevas para otro lado. Dejas de buscar a la amiga que notaría que algo no anda bien. Y si alguien te ofrece una mano, contestas rápido, casi sin pensarlo: no te preocupes, yo puedo.

Quizás guardas silencio por vergüenza, por miedo a lo que otros van a pensar, o porque estás tan metida en lo que salió mal y en lo que te reprochas que no te queda espacio para nada más. Puede que una parte de ti se sienta estúpida, estafada, engañada, de una ingenuidad total. Y otra, abandonada, desprotegida, sin saber cómo avanzar desde aquí.

Y debajo de todo eso está lo que más daño hace: lo que empezaste a creer de ti. Que en esta historia la tonta eres tú. Que si los demás supieran todo, ya no te verían igual. Que pedir ayuda sería darles la razón. Y la pregunta de si lo pudiste haber evitado se la hace casi todo el que pasa por algo así, y casi nunca tiene una respuesta que alivie. Por eso la llevas contigo sin decirla.

«Gracias, yo puedo»

Piensa en cuando llegas del súper con todas las bolsas. Alguien en la puerta te dice «déjame ayudarte», y tú le contestas que no, que tú puedes. Te acomodas otra bolsa en el brazo, subes la escalera con todo, te paras a medio camino para que no se te resbalen. Las asas se te marcan en los dedos. Llegas arriba con los brazos temblando, y nadie sabe cuánto pesaba aquello, porque no dejaste que nadie lo sostuviera ni un momento.

La vergüenza hace eso. No te impide seguir: trabajas, cumples, atiendes a los tuyos. Lo que te impide es bajar la guardia y dejar que alguien se acerque a levantarte los brazos. Y si lo piensas bien, el «yo puedo» casi nunca es por el peso. Es por lo que hay adentro de las bolsas. Si alguien te ayuda a subirlas, va a ver lo que llevas, y eso es justo lo que no quieres que nadie vea.

Pero las bolsas no pesan menos porque nadie las vea. Pesan más, y cada escalón se hace más largo. Y hay Alguien que ya sabe todo lo que llevas adentro, todo, y no se ha ido de la puerta.

Él sabe lo que es la vergüenza

Una de las cartas de la Biblia fue escrita a gente que había perdido mucho por seguir a Jesús. A algunos les quitaron sus bienes, a otros los humillaron en público, y varios de los suyos estaban presos. Estaban cansados, y a más de uno le daba vergüenza seguir. El que les escribe no les pide que se esfuercen más. Les habla de la cruz.

En ese tiempo, la cruz era el castigo más vergonzoso que existía, reservado para esclavos y criminales. Al condenado lo desnudaban y lo clavaban a la vista de todos, junto a un camino, y la gente que pasaba se burlaba. A esa gente avergonzada, el autor de la carta le escribió esto:

Hebreos 12:2 Esto lo hacemos al fijar la mirada en Jesús, el campeón que inicia y perfecciona nuestra fe. Debido al gozo que le esperaba, Jesús soportó la cruz, sin importarle la vergüenza que esta representaba. Ahora está sentado en el lugar de honor, junto al trono de Dios.

«Sin importarle la vergüenza» no quiere decir que no la sintió. Quiere decir que no dejó que la vergüenza decidiera por Él. La sintió entera, delante de todos, y pasó a través de ella. Por eso no está en la puerta juzgando lo que traes en las bolsas. Él sabe lo que es que todos vean lo que una no quería que se viera.

Y observa cómo termina el versículo. La vergüenza no se quedó con Él: ahora está sentado en el lugar de honor. Eso ya se cumplió. El que pasó por la vergüenza más grande que existía es el mismo que hoy está a tu lado en la escalera, con las manos abiertas.

Una bolsa, nada más

No tienes que contarle todo a todos. Empieza por una bolsa: una persona de confianza, una sola, y una parte de lo que pasó, no todo. Lo suficiente para que ya no estés subiendo sola.

Si todavía no tienes a nadie, empieza con Dios. Dile la pregunta como te sale: ¿cómo permití que esto sucediera? No la contestes, no te defiendas, no te regañes. Solo dísela. Él ya la ha escuchado muchas veces y no se escandaliza.

Y la próxima vez que alguien te diga «déjame ayudarte», aunque sea con algo pequeño, intenta decirle que sí. Con una sola bolsa que sueltes, ya subes distinto.

Que el Dios que sabe lo que llevas en cada bolsa te haga ver que confiar no te hizo tonta, y que lo que pasó no es lo único que Él sabe de ti.

Tuve que aprender a decir «sí, ayúdame». Por algo escribí una vez que la resistencia más fuerte en el proceso de sanidad de la vergüenza es la vergüenza misma: nos da vergüenza hasta admitir que necesitamos ayuda.

Si te has repetido esa pregunta hasta el cansancio, si dices «estoy bien» para que ya no te pregunten, si te da vergüenza hasta pensar en contarlo, pon las bolsas en el piso, aquí mismo, que voy a presentarte ante Él.

Padre, ella se quedó en la puerta con todo lo que no ha dejado que nadie le cargue. Tú sabes lo que pasó y conoces la pregunta que se repite cuando nadie la oye. No te pido que se la contestes. Te pido que deje de creer que es la tonta de esta historia. Tú sabes lo que es la vergüenza: la soportaste delante de todos y no te quedaste en ella. Ponle cerca a una persona de confianza a quien pueda darle una bolsa, y mientras tanto, que te las dé a ti. Que suba distinto. En el nombre de Jesús, amén.

Vas a volver a llegar a la puerta con las bolsas, y el «yo puedo» te va a salir solo, por costumbre. Eso no significa que no cambió nada. Soltarlas todas toma su tiempo, pero el versículo llama a Jesús el que inicia y perfecciona nuestra fe. Lo que Él empieza, lo termina. Y tú ya no subes sola.

El libro donde escribí de esto se llama De la Vergüenza a la Victoria. Su día quince, Vuela hacia tu libertad, empieza justo donde te deja esta carta: con la mujer que sabe que algo está mal en su vida y que, por más que lo intenta, no logra enderezarlo. Ahí hay una frase para leer despacio: «Ningún prisionero tiene la llave para abrir la puerta de la celda; sin embargo, Jesucristo está parado afuera». Cuando ya no te alcanzan los brazos, eso es lo que hace falta saber: que esa llave nunca te tocó cargarla a ti.

delaverguenzaalavictoria.com

Con amor y oraciones,
Magie de Cano





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