Hay cajas apiladas en la esquina que todavía no has terminado de desempacar.
No porque no hayas tenido tiempo. Sino porque en algún lugar de tu corazón aún no has decidido quedarte.
El nuevo lugar es tuyo, sí. Tienes las llaves. Tu nombre está en la puerta. Pero cuando alguien te pregunta cómo estás, todavía dices «estoy adaptándome», como si adaptarte fuera una etapa que pronto va a terminar y no llevas ya meses diciéndolo. Llamas «allá» al lugar donde ya no vives. Dices «aquí» con una pequeña duda al final, como si la palabra todavía no te cupiera en la boca del todo.
Dormiste en ese colchón nuevo, sí. Pero soñaste con la cocina anterior. Con el olor que tenía esa casa. Con la rutina que conocías de memoria, aunque ya no era perfecta, aunque ya era tiempo de irse.
Eso es vivir de la maleta.
No es que no hayas dado el paso. Lo diste. Ya te fuiste. Ya dejaste lo que tenías que dejar, o lo que la vida te pidió que dejaras, aunque no hayas elegido del todo ese momento. Lo que pasa es que una cosa es cambiar de dirección y otra muy distinta es sentirte en casa en el lugar nuevo. Y tú todavía no aterrizas. Tienes un pie aquí y otro allá. Perteneces a los dos lados y a ninguno al mismo tiempo.
Y eso, aunque nadie lo diga en voz alta, cansa.
Porque no es solo una mudanza de cuatro paredes. Es una mudanza de identidad. La mujer que eras en ese lugar anterior, con esas rutinas, con esas personas cerca, con esa versión de tu vida, ya no es exactamente la misma que está parada aquí, en este cuarto nuevo, mirando cajas. Y la mujer que vas a ser en este lugar todavía no ha terminado de aparecer. Estás en el medio. Y en el medio no hay un lugar cómodo donde sentarse.
Hoy es Jueves Santo. Y esta noche, hace más de dos mil años, Jesús estaba exactamente en ese lugar.
No en la cruz todavía. No en la tumba. En el huerto de Getsemaní, con la frente en el suelo, sudando gotas de sangre, diciéndole al Padre: «Si es posible, que pase de mí esta copa.» Él sabía lo que venía. Sabía que tenía que cruzar. Pero todavía no había cruzado. Estaba en el medio, entre lo que había sido y lo que todavía no era, cargando el peso de ambos lados al mismo tiempo.
Y en ese lugar, lo que hizo no fue apresurarse ni paralizarse. Oró. Y luego dijo: «No sea como yo quiero, sino como tú.» No porque hubiera dejado de sentir el peso, sino porque eligió confiar en el que estaba al otro lado del proceso.
El silencio de Dios en ese huerto no era abandono. Era sostén.
A veces el lugar nuevo no se siente como hogar todavía porque tus raíces todavía están bajando. No hacia arriba todavía. Hacia abajo primero, buscando suelo firme, anclándose en algo que no se mueva aunque tú todavía no sepas bien dónde estás parada. Eso no es estar perdida. Es estar siendo plantada.
Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría. Salmos 30:5
El lugar nuevo va a oler a ti. Va a tener tu huella. Va a ser tuyo de una manera que el anterior nunca pudo ser, porque vas a haberlo construido desde quien eres ahora. Pero primero tienes que darle tiempo a las raíces.
He estado en ese lugar de no saber si pertenezco aquí o todavía allá. Y hoy quiero orar contigo antes de cualquier otra cosa.
Padre, hoy es Jueves Santo y esta noche recordamos a tu Hijo en Getsemaní, con el peso de dos mundos sobre sus hombros. Hoy te presento a esta mujer que conoce algo de ese peso: el de ya haber salido de un lugar sin haber llegado del todo al siguiente. Tú conoces el cansancio de ese limbo, las noches en que no sabe bien dónde está parada, la culpa de todavía echar de menos lo que quedó atrás. Dile hoy que sus raíces están bajando aunque ella no las vea. Que tú estás plantando algo en este nuevo suelo que va a dar fruto de una manera que el lugar anterior no podría haber dado. Suéltala del peso de tener que sentirse completa antes de estarlo. Como lo hiciste con tu Hijo en ese huerto, sostenla esta noche. En el nombre de Jesús.
Y si puedes, repite esto en voz alta:
Señor, hoy confieso que me ha costado más de lo que esperaba soltar lo que quedó atrás. No porque no quiera avanzar, sino porque era parte de mí. Hoy te entrego ese peso. Decido confiar en que tú estás plantando mis raíces en este lugar nuevo, aunque todavía no lo sienta como hogar. Tú eres mi hogar antes que cualquier dirección. En el nombre de Jesús, amén.
Cuando escribí Mujer Totalmente Nueva, dediqué el Día 15 a una mujer exactamente en este lugar. Lo llamé Florecerás. Y escribí esto pensando en ella: «Quizá te habías sentido como una planta seca abandonada en una maceta en algún rincón, pero ahora serás revivida.» Ese capítulo habla de algo que me tomó tiempo entender: que el florecimiento no empieza cuando aterrizas, empieza cuando decides plantar raíces aunque el suelo todavía te sea extraño. Son 30 días para acompañarte en ese proceso, desde donde estás ahora, con las cajas a medio desempacar y todo.
Si hoy vives de la maleta, esto fue escrito para ti.
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