Mateo 27:60-61 José tomó el cuerpo y lo envolvió en un largo lienzo de lino limpio. Lo colocó en una tumba nueva, su propia tumba que había sido tallada en la roca. Luego hizo rodar una gran piedra para tapar la entrada y se fue.
Cuando el cuerpo de Jesús fue colocado en la tumba, una gran piedra fue rodada para cerrar la entrada. Fue un acto sencillo, pero cargado de un sentido de finalidad. El movimiento de la piedra marcó la conclusión de lo que había ocurrido. Lo que había sido visible ahora quedaba oculto. Lo que había estado activo ahora estaba en reposo.
La piedra hizo más que cerrar la tumba. Reforzó la idea de que la historia había llegado a su fin. Para quienes habían presenciado los acontecimientos que llevaron a ese momento, había poca razón para esperar algo más. La cruz había sido decisiva. El entierro estaba completo. La piedra se erguía como una confirmación silenciosa de que lo ocurrido no podía revertirse. Sin embargo, la presencia de la piedra, por más definitiva que parecía, no determinaba el resultado. Solo enmarcaba el momento.
Hay algo profundamente humano en la manera en que interpretamos situaciones como esta. Cuando algo queda sellado, cuando la evidencia parece completa y las circunstancias parecen irreversibles, tendemos a aceptar que no es posible ningún movimiento más. La piedra deja de ser solo un objeto y se convierte en una conclusión. Pero la narrativa de la redención nos invita a reconsiderar ese instinto.
La piedra era real. Era pesada. Fue colocada intencionalmente. Sin embargo, nunca tuvo el propósito de definir lo que sucedería después. Cumplía una función, pero no la que se asumía. Lo que parecía una barrera era, en realidad, una cobertura temporal sobre algo que aún no había sido revelado.
Esta es la tensión del momento. Nada, externamente, ha cambiado. La piedra permanece en su lugar. La tumba sigue sellada. Y sin embargo, todo lo necesario para lo que viene ya ha sido puesto en marcha. La obra de Dios no depende de lo que parece accesible o visible. Lo que Él ha iniciado continúa, aun cuando está oculto detrás de lo que parece inamovible. La piedra no detiene la historia, simplemente retrasa su manifestación.
Hay una fuerza silenciosa en esta verdad. Nos permite sostener momentos que parecen inconclusos sin apresurarnos a sacar conclusiones que no reflejan el panorama completo. Nos recuerda que lo que parece final no siempre es definitivo. Hay ocasiones en que la obra más importante está ocurriendo debajo de la superficie, más allá de lo que podemos ver de inmediato.
La piedra, en este sentido, se convierte en testigo más que en barrera. Da testimonio de que lo que a menudo percibimos como el final puede ser simplemente el momento antes de una revelación. Está al borde de la historia, no como su conclusión, sino como su umbral. Lo que ha sido sellado no permanecerá oculto. Lo que ha sido puesto detrás de la piedra no está perdido. Está esperando. Mañana comenzaremos a ver lo que ha estado oculto, a medida que el silencio empiece a ceder y las primeras señales de movimiento comiencen a aparecer. El camino continúa…El camino hacia la resurrección. (Pastor Scott Reece)
Lucas 24:1-2 NTV El primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado. Al llegar, se encontraron con que la piedra que cerraba el sepulcro había sido removida.
Lucas 24:12 NTV Pedro, sin embargo, se decidió, y echó a correr hacia el sepulcro. Al inclinarse a mirar, sólo vio los lienzos; así que regresó a casa lleno de asombro por lo que había sucedido.
Con amor y oraciones,
Magie de Cano
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