Tú sabes cuál arete es.
Está en el joyero, en la esquina donde no se revuelve con lo demás. Perdió a su par hace años y ahí sigue.
No te lo pones. No lo regalas. No lo tiras. Cada vez que abres el joyero lo ves, y cada vez vuelves a cerrar la tapa.
Ese arete no está ahí por descuido.
Está ahí porque es la prueba. La prueba de que sí lo tuviste, de que no te lo inventaste, de que eso que se acabó alguna vez fue tuyo de verdad.
Y también la prueba de que ya no está.
Hay cosas que uno guarda no porque las use, sino porque soltarlas se parece demasiado a aceptar que se acabó.
Y tú ya dijiste que lo superaste. Lo dijiste en voz alta, delante de gente, con la voz firme y sin temblar.
Pero hay una canción que te saltas. Hay una fecha que se te viene encima cada año sin que nadie te la recuerde. Hay un nombre que no dices, y cuando alguien más lo dice, tú te pones a buscar algo en la bolsa para no tener que contestar.
Hay fotos que están, pero en la carpeta que no se abre.
Y hay una cuenta que llevas en silencio, aunque a nadie se la muestres. Los años que pasaron. Lo que ya no se puede rehacer igual. Lo que se quedó a medias y no volvió a mencionarse.
En algún momento hiciste las paces con una idea que suena madura pero no lo es: «eso ya no se devuelve».
Eso no es madurez. Es cansancio. Es lo que uno se dice para dejar de esperar y que deje de doler al mismo tiempo.
Y desde ahí empezaste a vivir. Con cuidado, midiendo lo que entregas, sin hacerte demasiadas ilusiones, porque ya sabes cómo se siente que te quiten algo.
Hay una promesa que a mí me costó creer la primera vez, porque no parece escrita para alguien que ya perdió: «Disfrutarán de una doble honra en lugar de vergüenza y deshonra. Poseerán una doble porción de prosperidad en su tierra, y una alegría eterna será suya» (Isaías 61:7).
Fíjate bien en lo que dice. No dice que se te va a olvidar. Dice que se te va a devolver.
Y ese mismo capítulo dice cómo: diadema en lugar de ceniza, perfume de gozo en lugar de tristeza, un manto de alegría en lugar de un espíritu angustiado. Nada de eso es borrar. Todo eso es cambiar una cosa por otra.
Ahora mira otra vez ese arete que tienes guardado.
Sigue siendo oro. No se volvió menos oro porque el otro se perdió. No valía por ser dos, valía por ser lo que es.
Y tú tampoco valías por lo que estaba a la par tuya. Eso es lo que cuesta creer cuando lo que se fue era tan grande que se llevó tu nombre puesto.
Yo lo viví. Una madrugada Dios me dijo que me iba a devolver lo que la vida me robó, y poco después lo vi con mis propios ojos, y fue el doble.
Y quiero ser clara contigo, porque esto se malentiende rápido y hace daño cuando se malentiende.
No te estoy diciendo que te van a devolver la misma casa, la misma persona, el mismo año. Dios no firma ese contrato y yo no lo voy a firmar por Él.
Lo que Él promete devolver doble es la honra. El lugar. El valor que se te cayó cuando aquello se rompió y que desde entonces andas cargando de menos.
Perdimos demasiado, pero Él es Dios de restauración.
No eres tu pasado. Eres una mujer a la que la vida le quitó algo, que es una cosa muy distinta.
Y ese arete se puede levantar. Cabe en tu mano. No hace falta tirarlo a la basura para dejar de cargarlo como sentencia.
Padre, hoy vengo por la mujer que todavía guarda la prueba de lo que perdió. Tú sabes exactamente qué es y sabes cuánto le costó. Ella dejó de pedirte por eso hace tiempo, porque se convenció de que ya no se devuelve y le pareció más digno callarse. Señor, quítale de encima esa sentencia. No te pedimos que se le olvide. Te pedimos que le devuelvas la honra que se le quedó en el camino, y que le des paciencia para el tiempo que tome sanar por dentro. Que lo que le falta deje de ser lo que la define. En el nombre de Jesús, amén.
Cuando termines de orar, el arete va a seguir en el joyero.
La pérdida no se borra con una oración y yo no te voy a decir que sí. Sanar el corazón toma tiempo, y toma más del que uno quisiera.
Lo primero que cambia no es lo que te falta. Es lo que significa lo que te queda.
Por eso escribí Cita con tu Destino. Son las páginas donde se trabaja despacio lo que en un artículo apenas alcanza a nombrarse: cómo se cierra la puerta del pasado sin negar que existió, y cómo se camina hacia adelante sin ir mirando atrás.
Un día vas a abrir el joyero por costumbre, sin buscar nada, y te vas a dar cuenta de que ahí hay más de lo que había.
Y no vas a poder decir en qué momento dejaste de abrirlo para contar lo que falta.
Con amor y oraciones,
Magie de Cano
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