Padre Celestial, Dueño de los tiempos y las estaciones: Aquí estoy, Señor. Me detengo justo en la frontera. Estoy parada en el filo de este calendario, con un pie en lo que fue y otro en lo que será. Antes de dar el paso hacia el 2026, necesito desnudar mi alma delante de Ti. Tú sabes que no llego a este final de año intacta; llego con cicatrices, llego con polvo del camino y, si soy honesta, llego cansada.
Miro hacia atrás, a mi 2025, y no voy a fingir que fue fácil. Tú viste mis noches de insomnio. Tú viste las veces que me encerré en el baño a llorar para que nadie me oyera. Tú contaste cada lágrima que cayó sobre mi almohada cuando la preocupación económica me asfixiaba o cuando la soledad se sentía como un frío en los huesos. Viste las veces que mi fe flaqueó. Viste las traiciones que no esperaba y las decepciones que rompieron mi confianza. Viste esos momentos en el desierto donde me sentí como Agar, pensando que nadie me veía, pensando que era el fin. Hubo días en este 2025 donde quise tirar la toalla, donde el dolor fue más fuerte que mi esperanza y donde el miedo me gritó que nunca saldría de ahí.
Pero hoy levanto mi rostro y declaro: ¡Sobreviví! Porque Tú fuiste mi sustento. Porque cuando no tenía fuerzas, Tú fuiste mi fuerza. Porque la zarza ardía y no se consumía. Y ahora, Señor, parada frente al Jordán de este nuevo año, hago lo que hicieron las mujeres de fe: Me despojo.
No puedo cruzar al 2026 cargando cadáveres emocionales. En este momento, en el Nombre de Jesús, suelto el peso muerto del 2025. Suelto la culpa por los errores que cometí; ya no me definen. Suelto la amargura contra quienes me fallaron; les perdono y les libero, no porque lo merezcan, sino porque yo merezco caminar ligera. Suelto la etiqueta de «víctima». Suelto la mentalidad de escasez. Suelto el miedo al «qué pasará». Como Rut dejando Moab, decido que, aunque el pasado es familiar, no es mi destino. Me despido de mi dolor conocido para abrazar mi bendición desconocida.
Y ahora, Padre, levanto mis ojos hacia el horizonte del 2026. Veo una tierra nueva. Veo un año virgen, sin manchas, esperando ser escrito por Tu mano y la mía. Te entrego el 2026, Señor. Te entrego los 12 meses que vienen. Que no sean una repetición de mis luchas pasadas, sino el escenario de mis nuevas victorias. Donde en el 2025 hubo sequía, profetizo que en el 2026 habrá lluvia. Donde hubo enfermedad y diagnósticos de miedo, declaro sanidad y vigor. Donde hubo contienda y guerra en mi casa, establezco un cerco de paz y salvación. Donde hubo estancamiento, desato aceleración divina.
Señor, como Josué, me esfuerzo y soy valiente. No sé qué gigantes habrá en el 2026, pero sé que Tú eres más grande que ellos. No sé qué muros tendré que derribar, pero sé que Tu presencia irá conmigo. Consagro mi vida, mi familia, mis finanzas y mis sueños a Ti. Que este 2026 sea el año de la restitución. Que todo lo que el enemigo me robó en los años anteriores, me sea devuelto multiplicado. Que yo sea una mujer que no solo sobrevive, sino que florece. Cruzo el umbral ahora. Dejo atrás lo viejo y recibo lo nuevo. ¡Bienvenido, 2026, en el nombre de Jesús! Amén y amén.
Con amor y oraciones,
Magie de Cano
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