Hay un momento en que una deja de pedirle a Dios que las cosas cambien y empieza a pedirle solo que no empeoren. Si ya llegaste ahí, quiero que sepas que lo que te rodea no es todo lo que hay.
Ya no haces planes, haces cuentas: cuánto alcanza lo que queda, cuánto puede durar un silencio antes de que sea para siempre. Puede ser un resultado que no termina de llegar, una cuenta que no cuadra, alguien que dejó de hablarte hace meses. Lo que sea, lo tienes alrededor todo el día, y ya ni lo tienes que ver para saber que sigue ahí.
Al principio orabas por una salida. Después pediste fuerzas para aguantar. Ahora casi no oras por eso, porque ya se lo dijiste todo a Dios y nada se movió. No dejaste de creer en Él. Dejaste de esperar algo distinto, y te sentaste a esperar lo que ya parece seguro.
Y tanto tiempo sentada ahí te enseñó cosas que no son ciertas: que lo que ves es todo lo que hay, que si algo fuera a cambiar ya habría cambiado, que da lo mismo moverte que quedarte quieta. Y que ilusionarte otra vez te va a costar más de lo que te queda. Eso te ha hecho más daño que lo que te rodea.
Del otro lado del muro
La Biblia cuenta de una ciudad que se llamaba Samaria. El ejército de los sirios acampó alrededor, y nadie podía entrar ni salir. No entraba comida. El hambre se puso tan grave que lo poco que había se vendía carísimo, y desde el muro la gente veía todos los días lo mismo: las tiendas, los caballos, los soldados del otro lado.
En medio de eso, el profeta Eliseo dijo: «Oíd la palabra del Señor. Así dice el Señor: «Mañana como a esta hora en la puerta de Samaria, una medida de flor de harina se venderá a un siclo»». Nada lo respaldaba: el campamento seguía ahí. Pero Dios le acababa de poner fecha al hambre.
Afuera de la puerta, entre el muro y el campamento, había cuatro hombres enfermos de lepra. Por su enfermedad no los dejaban vivir con los demás. Un día se preguntaron uno al otro por qué seguían ahí sentados esperando la muerte. Si entraban a la ciudad, se morían de hambre, y si se quedaban, también. Así que decidieron entregarse a los sirios: si les perdonaban la vida, bien, y si no, de todos modos iban a morir.
No iban con fe. Iban a rendirse.
Lo que ellos no sabían es que Dios ya había hecho algo del otro lado. Había hecho que los sirios oyeran un estruendo de carros y caballos, como de un ejército enorme que venía contra ellos, y salieron huyendo. Dejaron las tiendas, los caballos, los burros y la comida, todo tal como estaba. Cuando los cuatro llegaron, no había nadie. Los que menos esperaban fueron los primeros en verlo.
Ahora piensa en la gente de adentro. Veían todos los días que estaban rodeados, pero no podían ver que el campamento ya estaba vacío. Cuando los cuatro fueron a avisar, el rey pensó que los sirios se habían escondido para agarrarlos. Llevaban tanto tiempo esperando lo peor que hasta la buena noticia les sonó a trampa. Mandaron a unos hombres a caballo a ver, y era cierto.
Lo que te rodea es lo único que alcanzas a ver desde adentro. Del otro lado hay cosas que no te llegan. Que no lo veas no quiere decir que no esté pasando nada. Los cuatro tampoco lo sabían: lo supieron al llegar, no antes. Y al día siguiente, a la puerta de Samaria, la harina se vendía al precio exacto, tal como el Señor lo había dicho.
Ir a ver
Los cuatro no se levantaron porque se sintieran valientes, sino porque quedarse sentados tampoco les iba a dar nada.
Piensa en ese paso que llevas tiempo sin dar porque para qué. El sobre que no has abierto, la llamada que no has hecho, la pregunta que dejaste de hacer. Hoy ve a ver. No porque estés segura de que va a salir bien, sino porque desde adentro no se ve.
Ir a ver no es lo que vacía el campamento. Eso no les tocó a los cuatro, ni te toca a ti: ellos solo llegaron a ver lo que Dios ya había hecho.
Para dar ese paso no tienes que creer que todo se va a arreglar. Ellos iban esperando lo peor, y eso les alcanzó para levantarse.
Dios le puso fecha al hambre de Samaria y la cumplió a la hora que dijo. Yo no sé qué día tiene puesto para lo tuyo, pero el Dios que tenía esa hora no ha perdido la cuenta de la tuya.
Cuando vayas a ver, es probable que el miedo te acompañe hasta el último paso. Los cuatro caminaron todo el trecho esperando que los mataran. Y lo más seguro es que mañana sigas viendo las mismas tiendas desde el muro, y que una parte de ti siga haciendo cuentas. Eso no te descalifica. Así llegaron ellos.
Que Dios esté obrando donde tú no alcanzas a ver, y que te dé fuerzas para levantarte, aunque sea temblando.
Ese primer paso puede ser este mismo: levantarte un momento del lugar donde te sentaste y hablar con Él. Oremos.
Señor, tú conoces lo que rodea a la mujer que está leyendo esto, y sabes cuánto tiempo lleva viéndolo. Sabes que dejó de pedirte que cambiara y que ahora solo te pide que no empeore. Tú ves lo que ella no alcanza a ver desde adentro. Dale fuerzas para levantarse del lugar donde se sentó a esperar lo peor, aunque se levante con miedo. Acompáñala en cada paso, hasta el último. Y cuando llegue, que lo que encuentre le recuerde que tú ya estabas obrando del otro lado. En el nombre de Jesús, amén.
Los cuatro no son los únicos en la Biblia que estaban afuera y se movieron sin saber qué iban a encontrar. Hay una mujer que llevaba doce años enferma, que había gastado todo lo que tenía en médicos y cada día estaba peor, y que por su enfermedad vivía apartada de la gente. Se abrió paso entre una multitud, con miedo y con vergüenza, para tocar a Jesús. Y Él le dijo hija.
Su historia está en De la Vergüenza a la Victoria, en el día que se llama Persigue tu milagro. Ahí se cuenta lo que le costó llegar hasta Él, y al final trae cosas concretas para pedirle a Dios. Una es que te muestre lo que todavía no estás viendo. Otra, que te diga qué promesas son para hoy y cuáles son para más adelante.
Si hoy te levantas a ir a ver, ella te puede acompañar en lo que sigue.
Con amor y oraciones,
Magie de Cano
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