Hubo un tiempo en que comunicarse con alguien que vivía lejos tomaba semanas.
Se escribía una carta, se esperaba que llegara, se esperaba la respuesta. Y en ese tiempo de espera había algo que hoy casi no existe: la paciencia de no saber. El mundo de nuestras abuelas funcionaba así. Y ellas lo consideraban normal porque era todo lo que conocían.
Nosotras crecimos en el medio. Vimos llegar el fax, el bíper, el primer teléfono celular del tamaño de un ladrillo. Continuar Leyendo »
