Ese domingo por la mañana, María Magdalena no fue al sepulcro a ver un milagro.
Fue a despedirse.
Fue porque era lo único que le quedaba por hacer. Había visto morir al único que la había mirado sin juzgarla. Y ahora iba a terminar de cerrar esa historia de la única manera que sabía — con más dolor, con más pérdida, con las manos vacías haciendo lo que las manos vacías hacen cuando no saben qué más hacer. Continuar Leyendo »
