Un día encontré a mi hijo en la cocina. A él le encanta cocinar, así que no era raro verlo ahí, pero lo que sí me llamó la atención fue que tenía los ojos completamente rojos. Con cara de concentración total, como si nada. Me acerqué y estaba picando cebolla. Y sin pensarlo mucho le dije: «Ya que estás en esas, échate una lloradita.»
Nos reímos los dos.
Porque hay algo verdadero en esa frase que va más allá del chiste. Continuar Leyendo »
