De niña, las escondidillas tenían una regla no escrita que nadie te enseñaba pero todos conocían.
Si te escondías demasiado bien, si encontrabas el rincón perfecto detrás del árbol más oscuro del patio, podía pasarte algo peor que perder. Podía pasarte que nadie te encontrara. Que el juego terminara sin que nadie supiera que todavía estabas ahí. Que al salir de tu escondite descubrieras que todos ya se habían ido a merendar, a sus casas, a otra cosa. Continuar Leyendo »
