Cierra los ojos un momento y recuerda.
La calle de tierra, el grupo de niños corriendo sin rumbo fijo, las rodillas raspadas, los zapatos llenos de lodo. Alguien encontró un insecto enorme debajo de una piedra y todos se juntaron a verlo como si fuera el descubrimiento del siglo. No había plan, no había horario, no había adulto organizando el juego. Solo la tarde, la libertad y la promesa de que cuando las lámparas de la calle se encendieran, era hora de volver a casa. Continuar Leyendo »
