Tenía diez años cuando mi familia se mudó de un pueblo pequeño a la ciudad.
Y no fue simplemente un cambio de dirección. Fue perder todo lo que conocía de un día para otro. Dejé a mis amigas de toda la vida. Dejé las calles que me sabía de memoria, los vecinos que me conocían por mi nombre desde que nací. Cambié el campo abierto por edificios que no terminaban, las caras conocidas por miles de desconocidas, el ritmo lento de un pueblo por la velocidad de una ciudad que no se detenía para que yo me adaptara. Continuar Leyendo »
